Día 8: Fatehpur Sikri

Fatehpur Sikri, la Antigua Capital
“You trained her well”

Nos despertamos muy pronto, pues a las 6h sale el tren que nos llevará a Agra, la ciudad del Taj Mahal. Uno de nosotros tiene el billete confirmado mientras que el otro está en la primera posición de la waitlist, lo cual no nos preocupa en absoluto. Y efectivamente, sin problemas, subimos al tren para afrontar el trayecto de 5h que tenemos por delante. Yo aprovecho para dormir mientras dejamos atrás Jaipur, pensando en cómo será ver por primera vez en persona un monumento que he visto tantas veces en fotos.

Cierro los ojos y en un segundo estamos en Agra. A los pocos minutos de circular por la ciudad, ya hay tres cosas que nos llaman la atención:

  1. El alto porcentaje de población musulmana que vemos por las calles, ellos fácilmente distinguibles por la túnica y el tocado de un blanco impecable, y  las mujeres por el velo o incluso el terrible burka negro.
  2. El gran número de búfalos que, contrariamente a la mayoría de las vacas, se encuentran agrupados en manadas y a menudo dándose un baño (parecen algo más listos incluso que sus primas sagradas).
  3. La enorme cantidad de moscas que, y aunque probablemente sea una opinión personal, tengo la sensación de que hay por todas partes en mayor número que en Rajasthan.

Mujer con velo en Taj Ganj, el barrio mulsulmán de Agra.

Tengo un nombre apuntado, el Kamal hotel, muy cerca de la entrada sur del Taj Mahal. Esa zona está llena de hoteles y guest houses, así que al ver que el precio Kamal no nos convence por lo que ofrece, damos una vuelta para comparar habitaciones y precios. Nos damos cuenta enseguida de que la proximidad del Taj sube las tarifas, y finalmente nos quedamos en el Sai Palace (3/117, Chowk Kagzi, Tajganj) que, tras regatear mucho, nos ofrece una habitación mediocre por 800 rupias. Solemos interpretar siempre la misma escena: Oriol habla con ellos en inglés y me consulta a mi en catalán. Yo hago caras de desaprobación, muy estudiadas, discuto o le hago signos para irnos. A veces funciona muy bien, otras no tanto, como es el caso.

Cuando Oriol baja con los pasaportes para hacer el check-in habitual, el tipo le suelta un “You trained her well”, lo cual me resulta muy ofensivo. Desde nuestra cama podemos ver el Taj, pero para ello es necesario abrir la ventana y permitir que todo aquel que pase por delante de la habitación nos vea a nosotros. Así que poco lo veremos, me temo.

Salimos a preguntar precios para la excursión a Fatehpur Sikri que tenemos prevista por la tarde. A pesar de que sabemos que hay un autobús, no conocemos los horarios así que, como no vamos sobrados de tiempo, preferimos ir en coche para evitar el riesgo de quedarnos tirados en una parada y perder la tarde esperando. Después de comparar algunas ofertas, la mejor que encontramos es de un coche sin aire acondicionado, ida y vuelta por 800 rupias. Son las 13h: acordamos salir a las 14h para que podamos comer algo. Tenemos poco tiempo, así que subimos a la terraza más próxima, la del Taj Café, y pedimos distintos platos de pollo y zumos de fruta por 280 rupias. Tardan un montón en servirnos, lo que nos obliga a malcomer a toda prisa para llegar a nuestra cita.

Mujeres charlando durante un trayecto en camión.

El trayecto dura aproximadamente una hora, y el chófer nos deja delante de una oficina turística, a cierta distancia de Fatehpur, con la excusa de que los coches no pueden subir hasta la antigua ciudad porque contaminan. En la oficina intentan sacarnos 500 rupias por llevarnos, incluyendo una visita guiada así como los servicios exclusivos de “espantar a los indios que se os acerquen” y “custodiar vuestros zapatos”. Les decimos que nos apañamos y, bajo la mirada atónita de los de la oficina y de nuestro chófer, que por lo visto se quedará sin comisión, nos alejamos con la cabeza bien alta, pactamos con un tuc tuc la subida y la bajada y desaparecemos de su vista.

En pocos minutos llegamos a la puerta principal. Erigida por el emperador Akbar entre 1571y 1585, en honor a Salim Chihsti, famoso santo sufí de la orden chisti, Fatehpur Sikri fue la capital mogol durante 14 años cuando fue súbitamente abandonada, dicen, por la falta de agua. La ciudad amurallada fue saqueada, pero su estado de conservación es bueno gracias a lord Curzon, legendario protector del patrimonio artístico.

Noria rudimentaria movida por fuerza humana.

La entrada al complejo sagrado supone uno de los momentos de más agobio de todo el viaje. Lo primero con lo que topamos es Jami Masjid, una gran mezquita abierta que sirvió como modelo a varias mezquitas mogoles y donde yace la tumba y ermita del popular Sheikj Salim Chishti. Junto a la muralla, en la parte exterior, hay montada una especie de feria de pueblo extremadamente rudimentaria, con barcos pirata y norias de dudosa seguridad, sin motor, movidas por hombres que ejercen de hámsters en su interior. Aunque sin duda los niños parecen disfrutar muchísimo con ello.

Tras investigar un poco deducimos que nos encontramos en la recta final del ramadán, lo que explica la gran cantidad de musulmanes que hay por todas partes. Además, la tumba del santo atrae a multitud de visitantes que buscan que se obre un milagro, especialmente mujeres sin hijos, así que suponemos que la suma de los dos factores son responsables de la multitud que encontramos y del ambiente festivo.

Decenas de niños muy pequeños se acercan para pedirnos rupias, y cientos de ojos siguen todos y cada uno de nuestros pasos. Bastante agobiados, nos apartamos a un rincón más tranquilo para quitarnos las zapatillas, pero los niños nos siguen. Nos dedicamos a leer la guía intentando parecer personas muy aburridas, esperando a que se cansen de nosotros. De pronto, aparece una pareja de turistas más blancuchos y rubios que nos otros, y los niños se lanzan sobre ellos cual manada de lobos sobre un par de inocentes cervatillos. Es el momento: aprovechamos que dejan de prestarnos atención durante unos segundos para meter las zapatillas discretamente en la mochila. Y a pesar del sofocante calor, me veo obligada a enfundarme dentro del pantalón largo antes de entrar en la mezquita. Normas de la casa.

Interior abarrotado de la mezquita Jami Masjid.

El panorama del interior del recinto es aún peor que el exterior. La gente ha acampado dentro, y parece llevar días viviendo allí: hay hombres, mujeres y niños por todas partes, en todos los rincones, sentados (en el suelo o en sillas), estirados, charlando, comiendo, durmiendo, rezando… Lo cual, evidentemente, genera una serie de olores y de suciedad que no favorecen en absoluto al monumento. El suelo arde sin piedad bajo nuestros pies descalzos, y procuramos buscar la sombra para aliviar el escozor, lo cual resulta complicado porque es donde está instalada la gente. La gran cantidad de niños pidiendo, de basura amontonada, de moscas sobrevolando la basura, de humedad y de ojos curiosos siguiéndonos allá donde vamos hace que no tardemos en querer escapar de allí, sudados, agobiados y con ganas de escondernos en un agujero oscuro y fresco para que dejen de mirarnos. Una lástima que no cuiden mejor un monumento histórico tan espectacular.

Ya fuera de ese infierno, paseamos entre las ruinas de la antigua capital, afortunadamente ya con más tranquilidad y menos gente. Como no podemos evitar a los grupos de hombres ni a sus descarados móviles, decidimos intentar hacerles caso omiso e ir a lo nuestro, a pesar de que a menudo se dediquen a seguirnos. Vemos el minarete Hiran Minar, y lo que queda de los edificios principales del complejo palaciego imperial, que se dividía claramente entre espacios públicos y dependencias reales privadas. El color rojizo omnipresente tan característico de la ciudad viene dado la arenisca roja del lugar, muy apreciada por Akbar.

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Casi sin buscarlo, llegamos a las puertas de las dependencias reales, que es la zona mejor conservada y cuidada, y cuyo acceso hay que pagar. Lo que a ellos les cuesta 10 rupias, a nosotros nos vale 250 rupias por cabeza. Nos parece caro, Oriol está especialmente cansado y yo sigo agobiada, pero ya que hemos llegado hasta aquí, pagamos.

Dado nuestro estado, la visita será breve, suficiente para hacernos una idea de cómo era aquello y para disfrutar de la visión de edificios como el Diwan-i-Khas, la Turkish Sultana’s House o el Panch Mahal, entre otros. No nos entretenemos demasiado, y en poco rato decidimos dar por finalizada la visita e ir en busca de nuestro tuctuquero que, a pesar de no haber parado de subir y bajar gente durante las más de dos horas que hemos estado en Fatehpur, encontramos esperándonos exactamente donde nos ha dejado.

El trayecto de vuelta a Agra nos permite ver las zonas más rurales: mujeres transportando bultos imposibles en la cabeza, niños corriendo por el campo, hombres y mujeres cosechando o cuidando de los animales… También vemos las ya habituales motos con cuatro o cinco personas o los buses con gente en el tejado.

Campo.

Llegamos a las 18:30h a Agra: aún hay luz así decidimos ir a ver el Taj Mahal desde fuera, mientras se pone el sol. No sabemos muy bien cómo, encontramos un camino que seguimos hasta llegar a la orilla del río desde la cual puede verse perfectamente la parte posterior del monumento. Debe de ser un lugar conocido porque no estamos solos: indios y extranjeros se agrupan para ver este ángulo menos conocido del Taj.

Allí conocemos a tres japonesas que nos proponen compartir una barca para poder ver la puesta de sol desde el centro del río. Sin embargo, tras unas cuantas discusiones no conseguimos llegar a un acuerdo con unos barqueros con pocas ganas de trabajar que ya habían dado por finalizada su jornada. Piden mucho dinero y como ni ellas ni nosotros estamos dispuestos a pagarlo, vemos desde la orilla cómo anochece.

Vista trasera del Taj Mahal.

Decidimos que ha llegado el momento de regresar al hotel cuando los mosquitos empiezan a ponerse agresivos (noche + agua = locura máxima), a pesar de llevar las pulseras. Cenamos normalito por 360 rupias en la terraza del hotel, rodeados de grandes lagartijas que corretean por las paredes y con vistas sobre la figura del Taj, recortada suavemente en la oscuridad. Ya tenemos ganas de verlo bien, con calma, a la luz del día. Ya queda menos…

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