Día 14: Varanasi

Varanasi, la Ciudad de la Muerte
You tink you are very smart but I see you!”

Por la mañana sigo encontrándome mal, así que, muy a mi pesar, tendremos que seguir tomándonos el último día en Varanasi con calma. Al mediodía cogemos un tuc tuc hacia el Manikarnika Ghat. El conductor es un tipo algo loco que canta su propia banda sonora, y nos enseña una libreta llena de dedicatorias de turistas escritas en distintos idiomas, explicándonos con entusiasmo lo bien que se lo habían pasado con él. A pesar de sus insistencias, no tenemos interés en alquilarle durante todo el día tal y como nos sugiere.

Llegar al ghat resulta toda una odisea. El hombre nos deja relativamente lejos, afirmando que no le es posible acercarse más y que deberemos cubrir el último trecho a pie. Sin tener muy clara la dirección a seguir, en un callejón nos encontramos con un montón de gente haciendo cola con pequeños recipientes en la mano. Nos preguntamos si habrá un punto especialmente sagrado del Ganges del cual toda esa gente quiere conseguir un poco de agua. Seguimos una de las colas en sentido contrario, la compuesta principalmente por mujeres (muchas de ellas con la raíz del cabello pintada de rojo). Es interminable, y serpentea por los estrechos callejones de la ciudad. Resulta tan increíblemente larga que no llegamos a encontrar su final. Esa gente; hombres, mujeres y niños, pasará todo su día allí, haciendo cola, pues encima de larga no parece avanzar con demasiada rapidez.

Parte de la interminable cola de mujeres.

Tras pedir algunas indicaciones, parece que por fin vamos en la dirección correcta. Comenzamos a acercarnos a nuestro objetivo, el Manikarnika Ghat, uno de los ghat más antiguos de Varanasi y lugar principal de las cremaciones. Las piras funerarias arden día y noche todos los días del año, y la cremación en este lugar garantiza la entrada directa a la liberación del ciclo de la reencarnación, según la creencia hindú.

De pronto, comenzamos a ver comercios con pilas y pilas de madera, a diestro y siniestro, y el olor a quemado empieza a hacerse muy evidente, invadiendo poco a poco nuestros pulmones. Comienza el espectáculo. No sé muy bien cómo, alguien nos arrastra hasta una plataforma elevada llena de pilas de madera en las cuales están teniendo lugar las cremaciones. Más adelante leeré que los buscavidas te suben al balcón para luego pedirte “subvenciones” para la madera de la cremación, llegándose a poner violentos si te niegas alegando respeto a los muertos y a sus familias. Pero por supuesto, no teníamos idea de ello. Los cuerpos están envueltos con una tela blanca, como si fueran momias, y se intuyen perfectamente. El ambiente es irrespirable. Se oyen chasquidos: intento percibir si hay alguno más fuerte que el resto, lo que indicaría que el cráneo ha explotado. Oriol lleva la réflex colgando del cuello y no puede evitar el impulso de apretar discretamente el botoncito. Yo me asomo y hago una foto hacia abajo, a la orilla del río, en ese momento sin fijarme que hay cuerpos tapados con telas naranjas.

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De repente, alguien me coge muy fuerte del brazo. “No photos!” me grita el propietario del brazo. En una milésima de segundo, Oriol se coloca entre él y yo. Pero aparece otro tipo que se echa encima de mi novio, y le suelta un “You tink you are very smart but I can see you! With your finger!”. Yo recupero mi brazo de un tirón, y al poco rato el tío pierde el interés en mi y se centra en Oriol, que es quién lleva la mochila y probablemente las rupias.

Aprovechando la confusión, empiezo a dirigirme hacia las escaleras mientras oigo algo como “You have to pay respect, and pay money to the families of the dead! They are very angry with you!”. Bueno, es evidente de lo que se trata. Grito un “¡Yo voy tirando!” mientras detrás de mí siguen amenazando violentamente a Oriol. Empiezo a correr, asegurándome de reojo que me va siguiendo. Pero los otros tíos también. Me meto en los callejones alejándome del humo y veo como de uno de los hombres desiste, pero el otro sigue persiguiéndonos gritando y lanzando amenazas. Oriol me alcanza y finalmente conseguimos darle esquinazo.

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Decidimos que queremos ver más, queremos verlo todo de hecho, sin cámaras por supuesto. No es plan de ir enfadando al personal. Lo haremos por el agua, allí seguro que no pueden alcanzarnos los matones.

Llegamos a un ghat cercano, y comenzamos a negociar con varios barqueros. Se creen que somos nuevos, porque nos piden una fortuna. De pronto, llega un grupo de siete hombres indios bien vestidos que en seguida se pone de acuerdo con uno de los barqueros y suben a una barca destartalada a motor que debe tener 3.000 años. Los siete hombres bien vestidos parecen muy interesados en nosotros, así que el barquero los contenta y nos ofrece el mismo precio que a ellos para que aceptemos acompañarles. Los hombres están exultantes por compartir barca con nosotros, y se hacen fotos de grupo con Oriol. Están especialmente interesados en él, le hacen un montón de preguntas y le cuentan que están haciendo ruta por India. Una de ellos está firmemente decidido en ser amigo su amigo, y oigo como le cuenta que tiene viñedos y hace vino.

En la barca hay un par de niños que se dedican a imprimir las fotos que van haciendo con una máquina que debería estar en un museo, y luego las plastifican y nos las enseñan. No tenemos muy claro si quieren regalárnoslas, vendérnoslas o qué. El misterio se aclara cuando nos las quitan de las manos y las guardan en una cajita con otras fotos: ¡las coleccionan! Y hoy somos su trofeo.

Grupo de indios cruzando parte del Ganges a pie.

De pronto, los siete hombres bien vestidos se quitan los zapatos y los pantalones. Ante nuestra mirada atónita, se meten en el agua en calzoncillos y camisa, con pantalones y zapatos en la mano. El agua les llega hasta las rodillas, y los hombres cruzan el resto del poco profundo río mientras nos dicen adiós, efusivamente, a Mitch Bucanan y a nosotros. En ese momento, por si la estampa no fuera lo suficientemente surrealista, un grupo de pescadores pasa por delante tirando de sus redes: no quiero saber lo que pillan con esas redes, ¡no quiero saberlo! Al otro lado del río les espera un coche que les llevará a Katmandú.

Aún sin comprender demasiado bien lo que acaba de pasar, regresamos para ver las cremaciones desde el río, que de hecho era el propósito de este paseo. En la barca quedan Mitch, un par de trabajadores de Mitch y los dos niños coleccionistas. Bucanan, al que le hacemos mucha gracia y no para de reírse de nosotros, nos da permiso para hacerle algunas fotos al Manikarnika Ghat, a pesar de las quejas de sus compañeros. Pero cuando comenzamos a acercarnos, enseguida guardamos las cámaras en la mochila para evitar problemas.

Cremaciones en el Manikarnika Ghat.

Desde la barca podemos presenciar todo el ritual. Los familiares del difunto lo llevan en hombros, encima de una tabla de madera y cubierto por coloridas telas (la mayoría naranjas), hasta el río. Lo sumergen completamente en el agua sagrada, luego lo sacan y lo dejan secar en la orilla, junto a tantos otros. Una vez seco, lo suben hasta el balcón de las cremaciones que tan bien conocemos y lo colocan en medio de una pila de madera. Nosotros no lo vimos pero, según he leído, un familiar, habitualmente el hijo primogénito, inicia la hoguera introduciendo una antorcha ardiendo en la boca. La cremación completa puede llegar a durar hasta dos horas, aunque demasiado a menudo la leña se termina antes y la cremación queda a medias. Los restos (afortunadamente, los que vimos nosotros eran todo cenizas) son recogidas en un gran recipiente plano y llevados hasta el río. Un hombre medio sumergido se encarga de lavar dichas cenizas cuidadosamente con el agua sagrada, esparciéndolas poco a poco por el agua para que se las vaya llevando la corriente. Lo hace con tan sumo cuidado que Oriol tiene la teoría de que busca si ha sobrevivido algún objeto valioso.

Una vez vista toda la ceremonia seguimos navegando, y topamos con un grupo de familiares de algún difunto bañándose en el gran Scindia Ghat. Todos los varones, inclusive los niños, van rapados (las mujeres no, aunque he visto alguna mujer que sí iba rapada), y resulta fácil identificar al primogénito porque va vestido de blanco. Viendo a las mujeres lavándose alegremente el pelo me da por pensar en el sati. Afortunadamente, esta práctica fue abolida y no tenemos que presenciar como obligan a ninguna viuda a lanzarse a la pira de su difunto esposo. Pero no sé si el destino que les espera es mucho mejor: las viudas siguen aún siendo estigmatizadas y consideradas un mal augurio para las mujeres casadas, estando obligadas a identificarse como tales de por vida con saris blancos. Contrariamente a los hombres, pierden todas sus posesiones y derechos, tienen que volver a casa de sus padres y les resulta prácticamente imposible casarse de nuevo..

Familiares de un fallecido en el Scindia Ghat.

La excursión en barco me ha mareado mucho, así que decidimos regresar al hotel para descansar hasta la hora de irse. Hay mil cosas por ver, pero teniendo en cuenta mi estado nos encontramos sumamente satisfechos de todas las fascinantes experiencias vividas en esos tres días. Cuando volvamos a Orchha y a Khajuraho, sin duda regresaremos a Varanasi para ver más aún, una ciudad con una aventura en cada rincón y una escena extraordinaria mires donde mires.

Sobre las 17h cogemos un taxi, conducido por un tipo que circula como un loco (qué novedad), que mastica y escupe mucho Ghuthka (disgusting), que dice tener una novia de Barcelona (qué coincidencia) y que va de gracioso (quiere propina). Nos propone conducir su vehículo, oferta que por supuesto rechazamos porque creemos que no sobreviviríamos a ello. Nos dice que “If you want to drive in India, you need 3 things: good horn, good break, good luck”. Y tras estar a punto de palmarla diez veces, llegamos por fin al aeropuerto.

Una vez pasados los mil controles (algo muy exagerado), cogemos un avión minúsculo casualmente junto con un montón de catalanes. Llegamos al Aeropuerto Doméstico de Nueva Delhi a las 21h, pero aún no ha llegado el momento de visitar la capital. Tenemos otro vuelo a la mañana siguiente para ir a Amritsar, desde la terminal 3 del Aeropuerto Indhira Ghandi, así que decidimos buscar un hotel por los alrededores. Las opciones son escasas, así que no nos queda más remedio que aceptar que nos timen si queremos evitar quedarnos tirados en la minúscula sala de espera del aeropuerto con la que topamos el primer día (tampoco estamos en las mismas condiciones). Un taxista nos lleva al Airport Hotel, donde nos piden 5.000 rupias. Sin dignarnos a responder a tal insulto cogemos nuestras mochilas para salir por la puerta que acabamos de atravesar. Y por arte de magia comienza a bajar el precio. Cuanto más nos acercamos a la puerta de salida, más baja la cifra. Al final, se queda en 2.000, con el desayuno y el transporte al aeropuerto incluidos. La habitación es lamentable. Está limpia y tiene tele, pero es pequeña y claustrofóbica, no tiene ventana y las camas están separadas. Sin duda la peor relación calidad-precio que encontraremos, pero necesitamos dormir, nuestro vuelo sale muy pronto y no tenemos muchas opciones. Y los del hotel lo saben. Pero lo más gracioso es que hacen un gran esfuerzo para cuadrar la cuenta. En el papelito rosa que nos entregan puede leerse: 2.600 (Rate) – 980 (Discount) + 120 (Service Tax) + 260 (Luxury Tax) = Two Thousand Rupees Only. Y se quedan tan anchos. Así que pagamos las 2.000 rupias a desgana por dormir unas horas en un zulo.

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