Día 12: Varanasi

Varanasi, la Ciudad de la Vida
“You don’t want to know”

Oriol y yo estamos en camarotes distintos. Él se despierta relativamente pronto pero se apiada de mí y me deja dormir, apurando hasta que ya estamos llegando a Vanarasi. Me mudo a su camarote, y me cuenta que sus tres acompañantes han abandonado el tren durante la noche y el espacio es ahora ocupado por un militar. Sentado encima de una de las camas inferiores, le acompaña algo parecido a un kalashnikov, que ha depositado tranquilamente a su lado, casualmente, apuntándonos directamente. Le comento a Oriol “Podría apuntarse el ombligo no?” y el militar, que comprende el catalán, lo mueve para orientarlo hacia la pared articulando el habitual “sory” de los indios (que la verdad es que nos hace mucha gracia).

Al parecer (aún no estoy segura de si lo entendimos bien), en el camarote de al lado hay un alcalde que ha subido en mitad de la noche y él es su guardaespaldas. Es bastante simpático, aunque apenas habla inglés y cuesta comunicarnos. Intenta explicarnos que hay un festival al que vale la pena ir, pero no conseguimos entendernos y, al llegar a Varanasi, le llaman. El hombrecillo se levanta de un salto, da unos pasos hacia la puerta para irse, frena, se da un golpe en la frente con la mano (vale, aquí estoy dramatizando), vuelve sobre sus pasos, coge su metralleta vieja y se va.

Esto es lo que sucede en una ciudad cuando no hay contenedores.

El tuc tuc al que hemos subido nada más salir de la estación tarda un buen rato en llegar hasta el Asi Ghat. Mientras atravesamos la ciudad vemos auténticos vertederos en mitad de la calle, y comenzamos a desarrollar una teoría científica llamada “traslado de porquería”. Vemos escobas pero nunca recogerdores. Vemos a gente barriendo pero a nadie recogiendo. Y así, la mierda se va moviendo de un lugar a otro hasta que encuentra su sitio que no molesta a nadie y allí se instala. Y a ese punto va llegando toda, acumulándose, hasta que se fabrica un auténtico vertedero que sirve de fuente de alimentación a vacas, perros, monos, cerdos, ratas, moscas y cosas probablemente peores. Y desprende un olor que… va no os digo más, no quiero estropearos la sorpresa.

Por 80 rupias, el tuc tuc cruza la ciudad entera hasta llegar al hotel que tengo apuntado: el Haifa. Nos piden 1.500 rupias por una habitación del primer piso con aire acondicionado correcta. Nos parece caro así que decidimos ir a ver un par más de opciones cercanas, con lo que comprobamos que todos piden lo mismo. Varanasi debe ser una ciudad “cara”. Volvemos al Hotel Haifa (B. 1/107, Assi Ghat) y regateamos hasta las 1.200 rupias. La habitación nos sigue pareciendo algo cara a pesar de tener AC, agua caliente, luz natural y televisión, pero Oriol sigue sin estar bien y no tenemos fuerzas de seguir andando arriba y abajo con las mochilas a cuestas. Desayunamos en el mismo restaurante del hotel (vamos a lo seguro y pedimos el desayuno continental). Nos instalamos en la habitación y decidimos tomarnos el día con mucha calma, ya que estaremos 3 días en la ciudad.

Los índices de toxicidad del agua del Ganges son altísimos.

Varanasi es la ciudad de Siva, el más importante de los doce lugares en los que dios se enterró y luego se proyectó hacia el cielo en un pilar de luz. Los casi 90 ghats que bordean el río Ganges a lo largo de más de 6 km definen la vida y la identidad de Varanasi. Un ghat es una escalinata que conduce hasta una zona con agua; en el caso de Varanasi, por su puesto, hasta el Río Ganges.

Ese día nos limitamos a recorrer tranquilamente los ghats más cercanos y los callejones que los rodean. Aunque Varanasi cuenta con más de 700 templos, ninguno es tan sagrado como el río en sí. El Ganges es venerado como la diosa Ganga, con poder para expiar los pecados, y los hinduistas se bañan en él para preparar el alma para el último viaje a la liberación. En todos los ghats se puede presenciar a gente (a veces incluso enjabonada de la cabeza a los pies) sumergiéndose, lavándose el pelo y los dientes, lavando la ropa, haciendo gárgaras o llevando acabo reverencias de forma repetida, una y otra vez, como si fueran rituales.

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No hace falta ser un lince para ver que el color marrón de este río no es normal. De hecho, la contaminación del Ganges se ha disparado los últimos años, no sólo por los restos humanos y animales (en distintos estadios de “solidez”), sino también por las aguas residuales y los desperdicios de las fábricas. Por si acaso, nosotros preferimos no tocar el agua.

Ese día nos sentamos en las escaleras del Asi Ghat para mirar el río. Me quedo mirándolo fijamente a ver si consigo ver algún resto de cadáver flotando. Se intuyen cosas bajo el agua, pero no llegan a emerger para que pueda ver de qué se trata. Una compañera del trabajo me contó una vez que cuando estuvo en Varanasi alquiló una barca cuyos remos, de vez en cuando, chocaban con “cosas misteriosas” bajo el agua. Cuando le preguntó al remero con qué chocaban los remos, este le respondió: “you don’t want to know”. Al parecer, no todo el mundo tiene dinero suficiente para pagar la cantidad de leña necesaria  para incinerar por completo un cadáver.

Cenamos pronto en el mismo hotel y caemos rendidos en nuestra cama. Pero esa noche tengo sueños extraños y febriles llenos de vacas. De todos los colores, tamaños y formas: blancas, grises, marrones, negras… grandes, pequeñas, gigantes… con cuernos, sin cuernos… cuernos blancos, grises, azules… cuernos pequeños, curvados, torcidos, asimétricos, enormes…

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