Día 11: Orchha

Orchha, el Pueblo Monumental
“Because there are less mosquitoes in the road

El día 10 lo pasamos en el hotel, con Oriol enfermo, lo cual nos obliga a hacer un cambio de planes. Teníamos previsto pasar por Khajuraho antes de llegar a Vanarasi, pero nos vemos obligados a cancelar los billetes Jhansi-Khajuraho y Khajuraho-Varanasi y comprarlos para el tren directo Jhansi-Varanasi. Si cancelas un billete con tiempo te devuelven gran parte de su importe.

Un poco de información en relación al Belly Delhi o como queráis llamarlo. Se trata famosa “diarrea del viajero”, y es algo difícil de evitar. Os lo dicen un par de personas con estómagos de hierro que encima son extremadamente cautelosas con el agua y los alimentos. No os vamos a dar los datos típicos porque para eso ya está Internet. Os vamos a narrar nuestra experiencia, por si puede ser de utilidad a alguien.

Fuente pública.

La enfermedad puede aparecer en cualquier momento del viaje; en nuestro caso apareció en la segunda semana, aunque cada uno lo padeció de una forma distinta. Y eso que, insisto, fuimos muy cuidadosos con el agua y la comida (agua siempre embotellada incluso para lavarnos los dientes, nada de alimentos crudos o en puestos callejeros, ducha con la boca cerrada, etc.). Tuvimos fiebre, vómitos, dolor abdominal, descomposición, dolor en las extremidades, mareos… Y por supuesto, malestar y debilidad general. El principal problema es que la falta de acceso a un médico nos obligó a tomar nuestras propias decisiones. El tratamiento que seguimos fue el reposo (en la medida de lo posible, pues “debíamos” seguir avanzando), la dieta astrigente (también en la medida de lo posible –arroz, pollo a la plancha, pan blanco tostado-) y el suero casero que fabricamos, pues no llevábamos el medicamento en sobres ni se nos ocurrió que pudieran tenerlo en farmacias (un litro de agua con dos cucharadas soperas de azúcar, media cucharadita de sal y el zumo de un limón –de bicarbonato no encontramos-) y medicamentos (el antidiarreico por un lado y el antitérmico/analgésico para la fiebre y el dolor por el otro).

Evidentemente, siempre que sea posible es necesario acudir a un médico, o incluso a un hospital si la situación fuera grave. En nuestro caso, no consultamos con un doctor hasta días después, y a pesar de todo lo que nos recetó lo cierto es que hasta meses después de regresar a Barcelona no conseguimos volver a ser los de siempre. Espero que esa parte del viaje no la compartáis, pues fue extremadamente dura.

Templo de Chaturbhuj.

El día 11 nos lo tomamos con muchísima calma, pues Oriol aún está delicado. Salimos un rato a pasear por este fascinante pueblo, que, lamentablemente, no podremos acabar de disfrutar. Nos consolamos con un “ya volveremos… y aprovecharemos para ver Khajurao también…”.

Fundada en 1531, en Orchha hoy solo quedan palacios y templos en ruinas, y los pocos instantes que conseguimos salir a pasear ya nos permiten hacernos una idea de la espectacularidad de este tranquilo lugar. En una de nuestras excursiones cerca del hotel paramos a comer en el restaurante Betwa, justo antes del río con el mismo nombre. La comida es buena, nos sienta bien y nos cuesta poco más de 300 rupias.

Al final del día pagamos la cuenta del hotel, de 2.650 rupias: 3 días (800×3 – 300 = 2.100 rupias -el descuento de 300 rupias se debe a que en este último día el aire acondicionado no funcionaba-), servicio de lavandería (160 rupias) y distintas comidas (430 rupias). Olvidan cobrarnos las 40 rupias que descuadran. Aunque el inglés no es su fuerte, el trato has sido muy correcto, ayudándonos en nuestra difícil situación en la medida de lo que podían. Eso si, la higiene del hotel es mejorable, destacando un problema con unas moscas que se colaron, no sabemos cómo, en nuestra habitación y me convirtieron en un hábil ninjas caza-moscas.

Jahangiri Mahal (foto de internet)

El taxi hacia Jhansi que nos pide el hotel nos cuesta 400 rupias: comparamos distintas opciones y no conseguimos que bajen el precio, ni siquiera insistiendo en que habíamos venido por 300. De camino a la estación, nos encontramos con una manada de casi 100 vacas durmiendo en la carretera. Le preguntamos al taxista a qué se debe, teniendo en cuenta que están rodeadas de campo. ¿Por qué prefieren dormir sobre el duro asfalto? “Because there are less mosquitoes in the road”, es su respuesta.

En la taquilla de información de la estación nos dicen que la lista de pasajeros ya está cerrada, y que nosotros no estamos en ella. Nos hemos quedado en las posiciones 2 y 3 de la waiting list. Lo que nos faltaba después de estos dos días tan difíciles… ¿Y ahora qué? Nos dicen que nos devolverán el dinero automáticamente, que no nos preocupemos. Pero lo que nos preocupa es que no queremos perder un día entero en Jhansi, y que no hay otra manera fácil de hacer los más de 500 km que nos separan de Varanasi. Una vez más, compramos los billetes más baratos, por 114 rupias cada una, y subimos en un tren en el que la mayoría de gente ya duerme, sabiendo el riesgo que corremos. Nos presentamos en la oficina del revisor para que nos indique dónde queden camas libres. Pero la suerte no nos acompaña: nos dice que no queda ninguna en las categorías con aire acondicionado. El tren ya está en marcha, y tenemos por delante 12 horas de trayecto. Y lo cierto es que no estamos en nuestro mejor momento físico, como para dormir de cualquier manera.

El jefe, bastante grosero, comienza a impacientarse: “You can not stay here. You have to go to your wagon. Or leave the train”. Y nos manda a uno de sus bulldogs para que nos muestre nuestros aposentos. Saltamos de vagón en vagón hasta llegar al último con aire acondicionado. Al final de todo, aparece una persiana metálica amarilla, como la de los comercios, con un gran candado: hemos llegado a los vagones sin aire acondicionado. El bulldog saca una gran llave, abre el candado, sube la persiana, y aparece un panorama desolador. Algo parecido a un campo de concentración, con cientos de ojos mirando, aparece ante nosotros. Me quedo blanca. “Yo no entro aquí!!” grito entre lágrimas. Me doy la vuelta, entro de nuevo en el vagón de tercera con AC, que me parece el mejor lugar del mundo, y me siento en el suelo, reventada y hambrienta, con dolor de estómago, deseando estar dentro de mi cama en Barcelona. El bulldog, viendo que allí no entraremos de forma voluntaria, cierra de nuevo la persiana y se va, dejándonos solos con nuestra desesperación.

Hora de comer en Orchha.

Pasados unos minutos, un hombre compasivo que, al parecer, no tiene sueño porque ni siquiera está estirado nos invita a sentarnos en la parte inferior de su cama, cosa que aceptamos sin dudar (mejor que estar en el suelo…). Nos quedamos allí, en silencio, esperando resignados a que decidan qué hacer con nosotros: echarnos del tren o meternos en el campo de concentración.

Al cabo de un buen rato, llega otro bulldog, y ladra en un inglés poco comprensible “Come”. Nos levantamos los dos. “No, you stay”, me suelta. Estoy demasiado cansada para discutir sobre temas machistas, así que obedezco y me “acomodo” de nuevo junto con las mochilas. Mientras espero, oigo como alguien da golpes a la persiana desde dentro. Intento no irlo. Recuerdo haber oído que cuando hay incendios la gente muere en los trenes indios porque no tiene forma de escapar.

Por fin, tras un tiempo que me parece interminable, aparece Oriol. “Vamos”, me dice. “¿A dónde?” pregunto sin saber si quiero saber la respuesta. “A primera clase”. Han aparecido, misteriosamente, dos camas libres en primera. No puedo creerme el giro de nuestra suerte: hemos pagado con gusto 2.939 rupias más, y esta noche duermo las 11 horas más profundas y apacibles de toda el viaje.

Aprovecho este capítulo cortito para hablar sobre algo que para nosotros fue fundamental: los trenes. O, al menos, sobre nuestra experiencia con ellos y los trayectos nocturnos que hicimos. Las fotos que tengo no son ninguna maravilla, así que lo ilustro con imágenes que he encontrado por internet, que tampoco son nada del otro mundo, pero ayudan a hacerse una idea.

Tal y como he dicho en algún momento de la historia, existen dos categorías: con aire acondicionado (AC) y sin aire acondicionado (non AC). Nosotros solo viajamos en la primera, y lo cierto es que no me entraron demasiadas ganas de probar la segunda viendo lo que había tras la persiana amarilla. Existen varias clases dentro de la categoría AC (la C debería ser de “congelador”, por cierto), aunque solo tres de las que puedo hablar:

Air-conditioned 3-tier (AC3)

La tercera clase (AC 3 Tier) tiene compartimentos en un lado del pasillo y literas en el otro. Cada compartimento está separado del pasillo por una cortina vieja y marrón, y tiene dos literas triples, una frente a la otra. En la foto podéis ver una de las literas triples sin sábanas. Al otro lado del pasillo no hay compartimento: están directamente las literas, que son dobles y cada una (de forma individual) se separa también de la zona de paso con cortinas viejas y marrones. Por la noche reparten una almohada, un par de sábanas limpias y una manta áspera para cada uno. En estos vagones encontramos mayoritariamente a indios bien vestidos (hombres por un lado y grupos de mujeres por el otro), muchos orientales y algún mochilero occidental.

Air-conditioned 2-tier (AC2)

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La segunda clase (AC 2 Tier) es igual que la anterior pero algo más cara y con compartimentos para cuatro personas y no de seis. Es decir, con dos literas dobles dentro de los compartimentos (y por lo tanto algo más de espacio) en lugar de literas triples. Siempre que hemos tenido la ocasión de hacerlo hemos escogido esta categoría, excepto cuando estaba llena o cuando el tren no disponía de vagón con segunda clase: en estos casos escogíamos la muy decente tercera clase. Reparten lo mismo que en la anterior: una almohada, un par de sábanas y una manta. El perfil de pasajero también es el mismo que el AC 3..

Air-conditioned first class (AC1).

La primera clase (AC 1) es substancialmente más cara que la anterior. Para que os hagáis una idea, un trayecto que cueste 1.200 rupias en tercera puede costar 1.900 en segunda y 3.100 en primera. Los vagones de primera clase solo tienen compartimentos a un lado del pasillo, siendo estos más espaciosos que en las categorías inferiores. Asimismo, los compartimentos están separados por puertas correderas del pasillo, en lugar de cortinas. Están más limpios, las camas son más cómodas y mullidas y tienen “pijaditas”, como más lugares donde dejar los objetos personales, cerrojo, iluminación individual y, para mí, lo más importante: unas buenas almohadas y una especie de edredón que te protege del excesivo aire acondicionado. Los pasajeros aquí son más selectos: vimos principalmente indios varones adinerados (incluso instituciones y altos cargos) y parejas de occidentales mayores que nosotros.

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En fin, nosotros cogimos la primera clase en una ocasión porque no teníamos alternativa, pero las otras dos son más que suficientes. Recomendaría la primera a aquellos que hayan planteado un viaje con ciertas comodidades generales o a los que no les importe gastarse algo más de dinero. O, al menos, cuando tengáis por delante un trayecto nocturno muy largo y llevéis bastante tralla encima: al fin y al cabo, esa noche os estaréis ahorrando el hotel. Estas son las únicas clases en las que viajamos, pero si queréis una información más detallada sobre todas las que hay podéis visitar esta página web, bastante completa por cierto: www.seat61.com/India.

¿Cómo reservarlos? A nosotros nos fue muy bien la página www.erail.in para escoger el tren adecuado para cada trayecto, aunque para comprarlos tuvimos que utilizar www.cleartrip.com/trains, a pesar de que fue una odisea darnos de alta. En el link anterior (seat61) encontraréis también instrucciones detalladas sobre cómo los extranjeros podemos darnos de alta en la página y poder así reservar los billetes: os recomiendo seguirlos paso a paso y prestar especial atención para no equivocaros, pues yo lo hice y tuve que volver a comenzar con el pasaporte de Oriol.

Más cosas: si compráis los billetes con suficiente antelación, es probable que obtengáis “confirmed tickets”. Si no lo hacéis, o tenéis la mala suerte de caer en trenes muy concurridos incluso siendo previsores, entraréis en la lista de espera, y se os asignarán “waitlisted tickets”. Para que os hagáis una idea, nosotros los compramos con más de un mes de antelación y en tres de los ocho trayectos había al menos uno de nosotros con billete sin confirmar. Si el número de waitlisted que se os asigna es bajo, no tenéis por qué preocuparos pues lo más probable es que os confirmen sin problemas. Chequead vuestro mail un par de días antes para ver si os ha llegado el aviso, o revisad vuestro “status PNR” para ver cuantas posiciones habéis escalado.

La llegada de algunos trenes provocan auténticas estampidas en los andenes.

Si vuestros números son más altos (diría que a partir del 8), pueden pasar dos cosas: que tengáis suerte y os confirmen (es decir, que os asignen camas), o que cierren la lista de pasajeros confirmados sin que hayáis podido entrar en ella. En este caso, os devolverán automáticamente el dinero, y tendréis las siguientes opciones:

  1. Buscar otro tren que os encaje, en otra hora u otro día (aunque es probable que también esté bastante lleno).
  2. Buscar un medio de transporte alternativo (taxi, coche o incluso avión).
  3. Lo que hicimos nosotros: arriesgaros. Es decir, comprar el billete más barato para ese trayecto para poder al menos subir al tren, montaros en los vagones con AC y, una vez allí, buscar al encargado para pedir que revise si ha quedado alguna cama libre. Y una vez llegados a este punto pueden pasar dos cosas:
    • Si alguien no se ha presentado: perfecto, os darán su cama y solo tendréis que pagar la diferencia de precio, que variará por supuesto en función de la clase a la que esta cama pertenezca.
    • Si no quedan camas libres y ya estáis dentro del tren en marcha de noche: que alguien se apiade de vosotros porque o bien conseguís esconderos en algún rincón sin que os vean, o os intentarán meter en la Sleepers Class o incluso echaros del tren.

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