Día 7: Jaipur

Jaipur, la Ciudad Rosa
I make you happy? Now make me happy

Por segundo día consecutivo, a penas dormimos 5 horas de un tirón: esta vez ni siquiera son las 5h de la mañana cuando nos despertamos. Es aún de noche, y somnolientos pedimos a un tuctuquero que nos lleve al Pearl Hotel. Nos dice que está lleno, pero desconfiamos y vamos igualmente. Efectivamente, está lleno. Nos asegura que el Sunder Palace, otro nombre que tenemos apuntado, también lo estará, y nos recomienda uno cercano, según él “el mejor”. Aceptamos darle una oportunidad y lo vemos. Nos parece caro por lo que ofrece, y vemos al tuctuquero tan insistente en llevarnos a sus lugares que decidimos quitárnoslo de encima: sabemos que es probable que su sola presencia encarezca la habitación.

Tras caminar sin rumbo, a oscuras por una zona residencial, limpia pero desierta, damos con el H.R. Palace, situado en D 157A, Kabir Marg, Bani Park. Tiene pinta de caro, pero no vemos nada más cerca así que decidimos probar. Nos enseñan una habitación enorme y fabulosa situada en la planta baja, sin mucha luz natural pero con el baño más grande, moderno, limpio y espectacular que veremos en todo el viaje. Conseguimos que nos la dejen por 1.000 rupias: realmente necesitamos algo así tras dos noches seguidas de trenes nocturnos. No es demasiado céntrico, pero tiene ordenadores con acceso a Internet y servicio de lavandería.

Desconfiad de los monos, especialmente si lleváis comida encima.

Jaipur fue fundada en 1728 por el majarás Sawai Jai Singh II, gobernante de Amber, que trasladó la capital a la nueva ciudad de Jaipur. Conocida también por la Ciudad Rosa por el color salmón de sus edificios más emblemáticos, es el resultado del uso del estuco rosado utilizado para imitar la arenisca: según tengo entendido, para ellos este es el color de la hospitalidad y de la suerte. Esta ciudad simétrica es, en la actualidad, la capital del Rajastán, y está rodeada por una muralla con diez puertas.

Teníamos previsto visitar el fuerte de Ámber esa mañana, pero necesitamos dormir. Sopesamos las opciones: ya hemos visto muchos fuertes en Rajastán, y decidimos que no podemos arriesgarnos a arrastrar ese cansancio a estas alturas del viaje, así que renunciamos a Ámber. Dormimos una horas como reyes en nuestra fabulosa cama, nos duchamos como príncipes en nuestro fabuloso baño, encargamos una colada y salimos con ganas a por un tuc tuc. Durante el trayecto nos damos cuenta de que Jaipur es más grande y “más ciudad” que las anteriores que hemos visto. Tardamos un rato, pero por fin llegamos a nuestra primera parada: el Hawa Mahal (“Palacio de los Vientos”). Compramos por 150 rupias cada uno una entrada para estudiantes que incluye el acceso a distintos monumentos de la ciudad. La entrada nos revela que los monumentos suelen abrir sobre las 9 (hora arriba, hora abajo) y cerrar entre 17h y 18h.

Hawa Mahal.

Erigido en 1799 por Swai Pratap Singh, se trata de un edificio de cinco plantas con una fachada rosa muy ornamentada, hoy emblema de la ciudad. Con una composición de ventanas y balcones barroca y escalonada, este edificio consagrado a Krishna construido a base de cal y argamasa se proyectó de tal manera para que las damas recluidas en el harén pudieran observar qué sucedía en la calle sin ser vistas. Los monos, auténticos amos de esta ciudad, nos animan la visita del patio interior con sus brincos y gritos.

.

.

Nuestra segunda parada no queda lejos, atravesamos el bazar Badi Chaupar, pasamos por delante de la Tripolia Gate y llegamos a Jantar Mantar paseando tranquilamente. De los cinco observatorios que construyó Sawai Jai Singh II, el de Jaipur es el mayor y mejor conservado. Jai Singh, entusiasta astrónomo, estaba siempre al tanto de los progresos en la astronomía mundial. El observatorio, construido entre 1728 y 1734, se compone de 16 enormes instrumentos de piedra y metal, algunos utilizados todavía para calcular las temperaturas que se alcanzarán en verano, la fecha de llegada, la duración e intensidad del monzón y la posibilidad de inundaciones y hambrunas.

 Entramos con el pase comprado en el Hawa Mahal. Se trata de un lugar diferente, curioso y agradable. No teníamos muy claro si ir o no, pero lo cierto es que vale la pena. Resultan especialmente impresionantes el Samrat Yantra, un reloj de sol de 23 m de alto que pronostica las expectativas anuales de cosecha (Jai Singh creía que cuanto más grandes eran los instrumentos, mayor era su precisión), y el Ram Yantra, un instrumento compuesto por dos estructuras idénticas de piedra con varias columnas que soportan el mismo número de lápidas horizontales, la lectura del cual determina el arco celeste desde el horizonte al cénit, así como la altitud del sol.

Jantar Mantar.

Al salir, nos topamos con un gran tópico: nuestros primeros encantadores de cobras, algo que pensábamos que encontraríamos con más frecuencia. Las tres serpientes se mueven erguidas, hipnotizadas por el sonido que emiten las flautas de sus dos amos. Tan pronto dejan de tocar, dos de las cobras se lanzan a la carrera intentando escapar, pero uno de los flautistas las agarra sin problemas y las mete de nuevo en su cesto. La tercera cobra no intenta huir, se gira para hacer frente a su amo y lo ataca repetidas veces. Pero poco daño le harán sus mordeduras si a la pobre le han arrancado sus colmillos, haciéndola totalmente inofensiva.

Paseamos un rato por la zona en busca de un lugar donde comer, pero no encontramos nada. Nos llama la atención el gran número de hombres con miembros amputados pidiendo limosna. Cogemos un tuc tuc y pedimos que nos lleve a un hotel en el que, según tengo entendido, se come bien.

Los populares encantadores de cobras son un gran atractivo para los turistas occidentales.

El tío para al lado de un lago, y nos señala un monumento que hay en medio gritando: “Hotel, hotel!”. Bajamos algo confusos, y en un abrir y cerrar de ojos desaparece, dejándonos con cara de tontos. Evidentemente, nos ha llevado donde le ha dado la gana. Más adelante descubriremos que ese edificio es un lugar conocido llamado Jal Mahal (“Palacio del Lago”), aunque no vemos barcos ni ningún medio de transporte parecido par acceder a él, así que comenzamos a caminar bordeando el lago, con la esperanza de encontrar algún lugar para comer. Nos cruzamos con muchísimos niños pequeños pidiendo limosna.

 Tras un buen rato caminando, finalmente topamos con un templo rodeado de vegetación. Al lado vemos una carpa bajo la cual se concentra un numeroso grupo de personas, charlando, sentados descalzos, divididos en dos grupos: hombres y mujeres. Las mujeres van desapareciendo discretamente entre la vegetación para regresar al cabo de unos minutos. Y lo mejor de todo: justo enfrente de ellos aparece un restaurante llamado Raam. Comemos por 300 rupias un veg pulao, veg noodle soop, allo jeera y lassi. ¿Se nota que es vegetariano? Al terminar, el camarero nos suelta: “I make you happy? Now make me happy”, lo cual nos resulta bastante incómodo y agresivo. Nos marchamos sin dejar propina.

Los niños suelen estar encantados de ser objetivo de las cámaras.

Con el estómago lleno, y para justificar un poco los últimos acontecimientos, visitamos tranquilamente los jardines del templo por 50 rupias, con sus árboles, su hierba cuidada, sus fuentes y sus parejas de enamorados. Decidimos que nuestra próxima parada será el templo Galtaji, comúnmente llamado Templo de los Monos. Parece ser que queda algo lejos, y nos dicen que un bus pasa por delante. A cada persona a la que le preguntamos por el bus, lanza un grito y aparecen 50 taxistas, tuctuqueros, o incluso motoristas ofreciéndose para llevarnos. Tras media hora peleándonos con hordas de gente intentando convencernos de que no existe bus, consiguen su propósito: desistimos. Pero nuestro orgullo prevalece, así que nos acercamos a la calle y paramos, ante decenas de miradas de horror, a un tuc tuc que pasa por allí y no se ha enterado de nada. Pactamos un buen precio por ir, esperarnos y devolvernos al hotel.

 En la entrada, junto a la enorme puerta rosa, nos saluda efusivamente el conductor que nos ha recogido en la estación por la mañana (y del cual nos deshicimos), y cuando le devolvemos el saludo explica con orgullo a sus colegas que nos ha llevado esta mañana. O eso deducimos. Más adelante nos enteraremos de que hay dos templos de los monos, y que a nosotros nos han llevado al más pequeño y desconocido. Viendo imágenes del otro creo que también nos habría encantado… Pero sin duda este significa una experiencia que vale la pena ver, no solo por la curiosidad que supone ver tantísimo monos, sino también por las fantásticas vistas de la ciudad rosa que nos ofrece, aunque la verdad es que muy rosa no nos parece esa ciudad…

Hombre meditando en el camino al Templo de los Monos.

El pequeño templo (o lo que queda de él), se encuentra situado en lo alto de en una montañita. Para acceder a él hay que recorrer un sinuoso camino lleno de gente (especialmente locales), vacas, cabras y animales varios pero, sobre todo, invadido por monos. Es necesario ser muy cuidadoso porque hay algunos con muy mal genio que no dudarán en atacar si te acercas demasiado a ellos. Vemos machos enormes, parejas pasándolo bien, crías pegadas a sus madres, jóvenes intentando despegarse de ellas, grupitos rodeando a algún humano insensato con comida… un catálogo completo.

Cuando por fin llegamos a lo alto, en el pequeño templo solo encontramos a una señora que vive en él y parece que se ocupa también de su mantenimiento. Disfrutamos, completamente solos (excepto por la mujer) de unas vistas de la ciudad realmente espectaculares. Vemos algún que otro turista en compañía de niños: estos se ofrecen como guías (cosa incomprensible pues solo hay un camino) y como protectores contra los monos.

.

.

Ya de camino al hotel, la luz comienza a atenuarse. Nos apetece mucho llegar a nuestra fantástica habitación y descansar. Una vez allí también aprovechamos para navegar un rato por Internet, dar señales de vida a nuestras familias, hacer copias de seguridad de las fotos, recoger la ropa limpia y… ¡falta parte de mi ropa interior! Tras reclamar, aparece un cliente del hotel occidental joven y me entrega tímidamente una de las prendas perdidas, que debe de haber encontrado mezclada con su ropa. Los del hotel me llaman cuando aparece la otra prenda perdida, pero no es mía. Discutimos con ellos y acabamos mal. Lástima, punto negativo para ellos, con lo bien que estaban puntuando… Y me duermo enfadada. Al menos seguimos teniendo el mejor baño de la India.

.

← Día anterior                                                                                                                                                                                      Día siguiente →

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s