Día 6: Jodhpur

Jaisalmer, la Ciudad Azul
Kissing is against the law!

Llegamos congelados a Jodhpur pasadas las 5h. ¿No saben utilizar un aire acondicionado como es debido? El motivo por el cual no visitamos Jodhpur antes que Jaisalmer guarda relación con los horarios de tren. Teníamos dos opciones:

Opción A: Jodhpur – Jaisalmer – Jaipur
Opción B: Jodhpur (de paso) – Jaisalmer – Jodhpur – Jaipur

Básicamente, todo se reduce al hecho de que el tren nocturno Jaisalmer-Jaipur sale a las 17h, lo cual nos habría hecho perder medio día de Jaisalmer. En la opción B (la escogida), es cierto que añadimos un trayecto más de tren, pero al menos todos los desplazamientos son íntegramente nocturnos, permitiéndonos aprovechar completamente las horas diurnas.

Dicen que el color azul del que están pintadas muchas casas de Jodhpur ahuyenta el calor y a los mosquitos. Queda claro que con los monos no funciona tan bien.

Fundada en 1459 por Rao Jodha, la ciudad de Jodhpur está estratégicamente situada en la ruta comercial a Asia, lo que, como le sucedió a Jaisalmer, la convirtió en un floreciente centro de comercio. La que hoy es la segunda ciudad más grande del estado destaca por su excepcional fuerte de Mehrangarh y se caracteriza por el color de sus casas. Los brahmanes fueron los primeros en pintar sus viviendas de azul, aunque muy pronto el color fue adoptado por las otras castas porque se decía que ahuyentaba al calor y a los mosquitos.

Aquí también tengo un par de nombres apuntados: cogemos un tuc tuc hasta la Heaven Guesthouse. No pasaremos la noche en Jodhpur, pero creemos que es importante tener un lugar sencillo en el que dejar nuestras cosas, donde poder descansar y ducharnos. En la recepción hay un par de colchones con hombres somnolientos sentados encima, y un par de mochileros esperando en un rincón. Tras un rato esperando que alguien nos atienda y viendo que nadie tiene intención de decirnos nada, preguntamos a uno de los señores sentados en el colchón si puede enseñarnos una habitación, a lo que responde sin ni siquiera mirarnos que tardarán como mínimo una hora en poder enseñárnosla, y que antes van los otros mochileros. Aquí os quedáis. Y vamos a por la siguiente guesthouse.

Afortunadamente, no es tan habitual como podemos pensar ver elefantes. Nosotros almenos solo vimos uno.

Nos cruzamos con el único elefante que veremos en todo el viaje, de lo cual me alegro enormemente: los elefantes son animales demasiado inteligentes y sensibles como para que los humanos los utilicemos como vehículos o animales de carga. Y tras deambular durante media hora por las laberínticas calles de Jodhpur, damos por fin con la poco accesible Cosy Guesthouse. Se nos ve cansados; entre el viaje en tren, el madrugón y ahora el paseíto de subida con las mochilas a cuestas no lucimos nuestro mejor aspecto. El tipo de la guesthouse lo nota: no hay hoteles cerca y los tuc tuc no llegan hasta allí, así que es poco probable que nos marchemos. Un error que tampoco sabríamos cómo haber evitado.

Oriol El Negociador, está especialmente cansado, y no conseguimos que la habitación sucia y pequeña baje de las 550 rupias. Para pasar el día vale, pero no la recomiendo en absoluto para mucho más, especialmente por su ubicación. Dormimos un par de horas y subimos al tejado a desayunar: al menos las vistas son fantásticas (alguna cosa buena tenía que tener), con la ciudad azul a nuestros pies. Vemos a los niños haciendo volar sus cometas desde sus tejados, y allá donde miramos hay monos hiperactivos saltando de casa en casa. Y por supuesto, vemos el magnífico fuerte, aparentemente muy cerca del hotel. Tomamos un desayuno continental que nos carga las pilas por completo: tostada con Nutella, tortilla, cornflakes y café. Y salimos a perdernos por las calles azules.

Por la mañana, niños y jóvenes suben a las azoteas para hacer volar sus cometas.

Mientras paseamos por el bazar Sadar comienza a llover, y decidimos que definitivamente necesitamos unos chubasqueros. En el bazar hay de todo, o casi, pero ni rastro de nada que pueda protegernos de la lluvia. Después de preguntar a varios comerciantes, uno nos indica que en no sé qué calle seguro que los encontramos. Y da comienzo un juego de pistas en el que iremos saltando de un lugar al otro bajo la lluvia en función de las distintas indicaciones que nos vayan dando: deducimos que la mayoría son inventadas, pues nadie tiene nada parecido a un chubasquero. A penas vemos algún paraguas poco práctico.

Finalmente, llegamos a una tienda algo más amplia que el resto, con 15 trabajadores parados sin hacer nada ante la falta de clientela. ¡Y tienen chubasqueros! ¡Decenas de chubasqueros! Los 15 trabajadores se vuelcan para servirnos, y tras probarnos mil cosas inútiles, horribles o las dos cosas, finalmente nos traen un par de piezas normales. El jefe, que no se mueve de nuestro lado y afirma con orgullo haber viajado a España, se extraña al ver que mostramos interés por lo más funcional y menos estrambótico que tiene. Tras un durísimo regateo y amenazas con quedarnos con un paraguas baratito, Oriol consigue que el precio inicial de 2.400 rupias baje hasta las 1.000. Por los dos chubasqueros. Orgullosos, salimos de la tienda: Oriol con su chubasquero verde lima y yo con el mío transparente. Y de pronto, milagrosamente, deja de llover. Y nos quedamos con cara de tontos, con nuestros nuevos y flamantes chubasqueros puestos y la gente mirándonos como si fuéramos alienígenas.

Tienda regentada por musulmanes.

Cogemos un tuc tuc que nos lleva hasta la puerta de entrada al fuerte de Mehrangarh. La posición privilegiada de esta majestuosa fortaleza, situada en lo alto de un peñasco de 125 m de altura, nos ofrece unas vistas únicas de la ciudad, especialmente por el efecto que causan centenares de casas pintadas del mismo color. Constatamos que probablemente se trate de uno de los lugares con más visitantes del Rajasthan, con bastantes occidentales pero, sobre todo, con muchísimos indios.

La entrada nos cuesta 250 rupias por cabeza con el carné de estudiantes, e incluye una audioguía muy completa e interesante (no tienen catalán y el acento del español es latinoamericano, por supuesto). Al principio lo oímos todo, pero como tampoco podemos pasarnos la vida entera allí, al cabo de un rato solo escuchamos lo que realmente nos interesa.

Fuerte de Mehrangarh.

La construcción de este fuerte comenzó en 1459 durante el reinado del fundador de la ciudad, Rao Jodha. Sin embargo, la mayor parte de la estructura existente es del período de Jaswant Singh (1638-1678). Rudyard Kipling describió las inexpugnables murallas como “obra de ángeles, hadas y gigantes”, unas murallas que sin duda contrastan con los exquisitos palacios del interior.

El interior del Phool Mahal (“Palacio de las Flores”), la imagen que aparece en las entradas de cartón que nos dan, es especialmente hermosos, decorado con bellas pinturas, columnas y ricos dorados. Erigido entre 1730 y 1750, este palacio se utilizaba para recepciones reales. No cuesta mucho imaginarse a un maharajá tumbado cómodamente encima de las alfombras y los cojines, siendo abanicado por hermosas y exóticas mujeres mientras es observado y adorado por sus súbditos.

Phool Mahal.

Desde una ventana de uno de los palacio, distinguimos a lo lejos dos siluetas que nos llaman la atención. Se trata de dos palacios que nos encantaría ver, aunque probablemente deberemos escoger: el Umaid Bhavan y el Jaswant Thada.

Los grupos de chicos que pasean también por el fuerte se me hacen especialmente pesados durante esta visita. Son muy descarados, se nos quedan mirando sin pestañear, cotillean por encima de nuestro hombro para intentar ver qué leemos o qué hemos fotografiado, intentan escuchar nuestras conversaciones y nos siguen allá dónde vamos. Y no solo eso, lo peor es que nos fotografían sin cesar con sus móviles, y algunos incluso hacen vídeos, especialmente a las chicas occidentales. Las mujeres son muchísimo más discretas, mirándonos de reojo con cierta timidez y curiosidad.

En cualquier caso, no puedo evitar reírme al ver a los hombres cogidos de la mano, con los dedos entrelazados o conectados de la punta de los deditos, pensando en la cara que pondrían si supieran las connotaciones que tiene aquello en nuestra sociedad (donde los hombres no suelen cogerse de la mano a menos que no les una una relación sentimental), teniendo en cuenta que la homosexualidad es algo mal visto en la India.

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El fuerte es grande y su visita nos ocupa una parte importante de la mañana. Al salir, preguntamos por la Torre del Reloj, que marca más o menos lo que sería el centro de la ciudad, y nos van indicando (siempre con un “todo recto hacia abajo”) asegurando que no está lejos. Y caminando y caminando nos pateamos media ciudad.

Pero durante este trayecto presenciamos una de las escenas más tiernas del viaje. Un ruido de risas y chapoteos llama nuestra atención, y nos atrae hasta una especie de callejón escondido y muy estrecho que está inundado (probablemente por las intensas lluvias de los últimos días) y se ha convertido en piscina improvisada.

Mujeres, niños y niñas ríen sin parar mientras se bañan vestidos. Al vernos, intentan mojarnos y nos llaman para que nos unamos a ellos. Los niños son como peces, saltando desde gran altura y buceando con gran agilidad. Las niñas son más prudentes, y algunas llevan una gran lata vacía atada a la espalda a modo de burbujita. Pero sin duda es algo a lo que no están acostumbrados y que les causa una inmensa felicidad. Nos quedamos mirándolos, riendo con ellos, disfrutando de ese momento tan especial para ellos, ¡y para nosotros! Y nos damos cuenta de que en el fondo, a pesar de las abismales diferencias culturales que aparentemente nos separan, no somos tan diferentes.

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Cuando (con cierta dificultad) conseguimos desengancharnos de esta fantástica escena, nos topamos con una vaca gigante que bloquea parte del paso. Intentando esquivarla, estoy a punto de ser atropellada por una señora y su moto. Pero no pasa nada, ya me voy acostumbrando a estar constantemente al borde de la muerte. Seguimos y por fin llegamos, cansados y muertos de hambre, a la lejana Torre del Reloj. Entramos en el restaurante Jhankar, un vegetariano con bastante buena fama que tenía localizado en esa zona. Comemos patatas, arroz, lentejas, pan, agua e incluso postre por unas 400 rupias. El camarero está fascinado por nuestras cosas; sin si quiera preguntar, coge el chubasquero de Oriol y parece que está a punto de probárselo hasta que, en el último momento, se detiene viendo nuestras bocas abiertas por la incredulidad. Se sorprende aún más de saber que lo hemos comprado en su ciudad.

De vuelta a las calles de Jodhpur, estoy cansada pero Oriol me anima con una beso rápido y un abrazo. Al instante se nos acerca un hombre y le suelta a Oriol (yo no existo): “You can’t kiss her! It’s obscene!”, a lo que Oriol responde, a la defensiva, que ellos hacen cosas bastante más obscenas que besarse, y nadie les dice nada. El tipo se queda cortado, pero se repone e insiste: “That’s not the point. Kissing is against the law!”. Oriol se lo quita de encima sin problemas. En ese momento no sabemos si es cierto o no, lo cual resulta un poco contradictorio habiendo visto en los hoteles películas de Bollywood en las que mujeres medio desnudas bailan y se besan constantemente y sin problemas con atractivos hombres. Pero os aseguro que no será el último beso que nos daremos, que iremos cogidos de la mano en todo momento y que esa será la única persona que nos dirá algo semejante en todo el viaje. De hecho, ante nuestras discretas muestras de afecto, la mayoría de gente nos mira con curiosidad y nos sonríe amablemente.

Grafitti.

Cogemos un tuc tuc hacia Jaswant Thada, y pactamos ir y volver ya que el palacio se encuentra en un lugar algo apartado. Llegamos a las 17h, justo cuando cierra el monumento, y tras mucho insistir conseguimos que nos dejen entrar en el recinto sin pagar para verlo al menos por fuera, prometiendo que seremos breves. Pero nos lo tomamos con calma, disfrutando de esta obra sabiendo que será lo último que veremos en Jodhpur.

Se trata de un elegante palacio de mármol blanco con pilares y relieves reticulados donde descansa Jaswant Singh II. Los lugareños, que creen que el maharajá conserva sus poderes curativos, acuden con regularidad al cenotafio, rodeado por  cuidados jardines, para rezar y ofrecer flores.

Flautista.

Comienza a llover de nuevo, así que decidimos dar por finalizada la jornada y le pedimos al tuctuquero que nos lleve a nuestra guesthouse, a lo cual se niega porque habíamos pactado “ida y vuelta”, lo cual significa que tiene que dejarnos en el mismo punto donde nos ha recogido.. Tras mucho discutir, lo cual tiene el mismo efecto que hablar con una pared, al final desistimos y el hombre nos deja de nuevo en la torre del reloj. Desde allí cogemos otro tuc tuc que nos deja algo lejos del hostal (pues los callejones son demasiado estrechos para continuar), al que llegamos por fin para descansar lo que queda de día, antes de coger el tren nocturno para Jaipur. Recordando los olores de la estación de Jodhpur, decidimos apurar al máximo en la habitación. Cenamos ligero, y nos cobran 335 rupias por las dos comidas que hemos tomado en el hotel, incluyendo el desayuno.

A pesar de estar waitlisted en posiciones 1 y 2, entramos en la lista de confirmados sin problemas y cogemos nuestro tren pasadas las 23h. Oriol y yo coincidimos en que nos ha gustado la ciudad, a pesar de no haber acabado de congeniar con su gente como sí lo hicimos en Udaipur y Jaisalmer, donde encontramos en general más amabilidad y calidez. Aunque esa no ha sido más que nuestra experiencia. Me duermo antes de que mi oreja entre siquiera en contacto con la almohada, dejando que Oriol se las apañe con el revisor de turno.

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