Día 5: Jaisalmer

Jaisalmer, la Ciudad Dorada
Johnny is thirsty

Desayunamos en la espectacular terraza del hotel, que nos brinda vistas sobre la ciudad y el desierto. Un par de tortillas con pan tostado, zumo y café por 220 rupias. Vemos como la ciudad se va despertando, y la enorme actividad que hay en los distintos tejados. De hecho, muchos de los mozos que trabajan en los hoteles duermen en el tejado; suponemos que porque se está más fresco.

Salimos de fuerte en busca de la tercera gran haveli, Salim Singh. No está lejos y la encontramos rápido. Tiene seis alturas y va ganando anchura según se eleva. Construida en 1815 por otro poderoso primer ministro de Jaisalmer, cuenta con 38 balcones de diseños diferentes. Sin duda esta y las dos havelis que vimos ayer, símbolos las tres de Jaisalmer, son edificios únicos que vale la pena ver.

Vistas a Jaisalmer y al desierto del Thar desde el Hotel Rajmandir.

Cogemos un tuc tuc que nos lleva hasta Gadisar Sagar, una reserva de agua de lluvia situada al sureste de las murallas, algo apartada, construida en 1367. Rodeada de ghats y templos fue, en otro tiempo, el único suministro de agua de la ciudad.

La puerta principal fue erigida por una cortesana, Tella, hecho que enfureció tanto a las reinas del lugar que ordenaron su demolición inmediata. Rápidamente, Tella hizo coronar la puerta con una imagen de Krishna, de forma que no sólo no pudo ser derribada sino que todo el que pasaba por ella debía inclinar la cabeza.

Es un lugar tranquilo y poco turístico: vemos a niños vendiendo lo que parecen ser migas de pan, parejas alimentando a los peces con dichas migas, chicas asomadas tímidamente en los balcones para mirarnos, mujeres sonrientes y con niños pequeños charlando animadamente…

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Regresamos a la ciudad y, mientras hacemos lo que tanto nos gusta (callejear sin rumbo), saboreando cada rincón durante nuestro último día en la ciudad dorada, comenzamos a hacernos la pregunta del millón: ¿hacemos o no hacemos la excursión al desierto del Thar por la tarde? Se trata de una turistada, de eso no hay ninguna duda, pero ¿es motivo suficiente para perdérselo?

Tenemos dudas sobre si dedicar la tarde a ver los alrededores de la ciudad (los cenotafios reales –Bada Bagh-, las ruinas de la antigua capital –Lodurva-, etc.) o si hacer el famoso safari en camello. En cualquier caso, tenemos un tren nocturno que coger, así que la opción de pasar la noche en el desierto queda descartada. Alrededor del fuerte está plagado de agencias que ofrecen excursiones, así que decidimos entrar a curiosear.

Grupo de mujeres charlando animadamente en el interior del fuerte.

La primera agencia se llama Adventure Travel Agency. Nos atiende un chico joven sonriente, pulcro, con buen inglés y muy seguro de si mismo. Nos habla con orgullo de su padre, fundador de la agencia. Preguntamos por las dos excursiones, y desde el primer segundo vemos que quiere colocarnos la del desierto.

En resumen, nos dice que los alrededores podemos verlos por nuestra cuenta, con un simple taxi que se preste, pero insiste con vehemencia en que la gente viene a Jaisalmer para ver dos cosas, el fuerte y el desierto, y que perdernos uno de los dos es imperdonable. Por un lado sabemos que nos dirá lo que sea para convencernos y colocarnos el paquete, pero por el otro sabemos que quizás tiene una pequeña parte de razón.

La excursión que nos ofrece es algo cara, incluso teniendo en cuenta que regresaremos tras la puesta de sol: 1.250 rupias por persona no negociables. El motivo del precio, nos explica, es que no es una excursión al uso. Estaríamos los dos solos con el guía (es decir, sería un safari de tres camellos), e iríamos a las dunas Bhalani, que son más lejanas y se encuentran situadas en la dirección opuesta a las zonas más habituales y masificadas. Y el valor especial, dice, es que estaríamos completamente solos: ni vendedores, ni turistas, si basura. Nos avanzan lo que sabemos: son dunas pequeñas, así que no esperemos ver el Sahara.

Grupo de niños jugando a cartas en la calle.

Decidimos buscar otras opciones para comparar y, casualmente, entramos en el cercano Sahara Tours. La excursión que ofrecen por 900 rupias por persona es a unas dunas más cercanas en un grupo de  diez personas.

Muy cerca se encuentra otra agencia, Trotters. Al lado vemos a un hombre vendiendo flores, y le preguntamos qué agencia es la que ofrece la mejor opción. Nos señala la oficina en la que estamos a punto de entrar. Cuando le preguntamos por el porqué, nos responde un “because it’s recomended by Lonely Planet” como si fuera la cosa más evidente del mundo, mientras señala el famoso y omnipresente cartelito. Ante esta respuesta estamos a punto de dar media vuelta, pero finalmente decidimos entrar para confirmar que no queremos ir con ellos. Tras un rato de espera (el cartel funciona aparentemente, pues no deja de entrar gente), nos atiende un tipo que no hace ningún esfuerzo por vestir un poco el tema. Se deben vender solas las excursiones. Por 1.050 rupias nos ofrece una safari también en grupo a unas dunas cercanas. Sin más.

Los precios tampoco distan mucho, y tenemos la impresión de que la mejor relación calidad/precio la ofrece la primera, a pesar de ser la más cara. Así que iremos con ellos. Saldremos a las 15h, por lo que apenas tenemos tiempo para comer por aquí cerca. Engullimos rápido lo que nos dan en el restaurante Om por algo más de 300 rupias y, probablemente por las prisas, la comida no nos sabe tan bien como en los otros sitios.

Es habitual ver a mujeres trabajando mientras los hombres descansan.

En la agencia, el joven ha cedido su asiento a un señor que despliega todas sus armas como el vendedor nato que sabe que es, con las que debo admitir que consigue transmitir bastante confianza. No hay duda de que se trata del padre del chico, pues afirma con orgullo que es el fundador y que “I’ve been doing this for 27 years”. Nos explica como cada vez deben ir a buscar dunas más lejanas a causa de la proliferación de agencias y de turistas, que masifican las más cercanas convirtiéndolas en lugares sucios, llenos de basura y de vendedores molestos. Intentamos regatear un poco, pero él afirma con mucha rotundidad que son una empresa seria con una política muy estricta de precios fijos, unas cifras publicadas en Internet por lo que no puede hacer excepciones. No insistimos, pues viene a nuestra memoria el hecho de que hace a penas unos días estábamos en un lugar donde todo funciona así. Qué rápido olvidamos ciertas cosas…

Antes de subirnos al jeep, aprovechamos para cambiar 200 euros en la misma agencia, pues ofrecen 67 rupias por euro, sin comisiones: aún nos quedan muchas rupias del primer cambio (en el que, recordémoslo, nos dieron 63 con comisiones, que finalmente resultaron ser 57), pero no podemos dejar de aprovechar la mejor oferta que veremos en todo el viaje. A pesar de que no dudamos de su autenticidad, pagamos las 2.500 rupias con parte de ese dinero.

El trayecto en jeep dura una hora, y casi sin darnos cuenta no encontramos subidos cada uno en un camello. El mío se llama Johnny; el de Oriol es Michael. Un tercer camello es montado por el tipo que conducía el jeep y un niño. El hombre que custodiaba los camellos con el niño se sube al jeep y desaparece.

Johnny.

La travesía es agradable y tranquila, a penas interrumpida por las intervenciones de un guía algo pesado haciendo esfuerzos para ganarse la propina, sin darse cuenta que no hace más que alejarse de ella. Marchamos por un solitario camino en medio de un desierto lleno de arbustos. Mi camello es algo lento, y se desvía cada vez que ve un charco. “Johnny is thirsty”, suelta el guía, y me pide que no le deje beber, pues el agua de los charcos no está limpia. Por el contrario, a Michael le gusta correr, cosa que a Oriol no le hace mucha gracia. Nos han dado el camello equivocado.

Tal y como estaba previsto, hacemos una parada en un poblado llamado Magwal, que consiste en una casa con una mujer ofreciendo té. Rechazamos la bebida y pedimos acortar la estancia, pues la situación nos parece poco natural. Nos llevan a un grupito de “casas” próximo para enseñarnos unas ovejitas recién nacidas sin demasiado buen aspecto. Hay más mujeres y algún niño, de las que nos despedimos mientras alentamos al guía para regresar con nuestros camellos.

Poblado del desierto.

Durante toda la travesía no vemos a un solo turista, cosa que agradecemos. Y por fin, llegamos a un depósito de agua en el que Johnny y Michael se ponen las botas. Tras un buen rato aspirando agua como si no hubiera mañana, los camellos se dan por satisfechos y prosiguen el camino. Johnny sigue igual de lento y Michael igual de rápido, así que no era culpa del agua.

Nos sigue un perro desde hace un rato. El guía nos explica que se llama Blacktiger, que vive en el poblado que hemos visto y que siempre los sigue porque sabe que le caerá algo de chapati. El silencio es muy relajante, no hace calor y apenas nos cruzamos con alguna vaca, lagarto o camello salvaje. De repente, Blacktiger se pone a correr tras unas gacelas, que sin ninguna dificultad le dejan atrás a pesar de ser también muy rápido.

Por fin, llegamos a Bhalani, un grupo de dunas no muy extenso donde nos espera el hombre que nos entregó los camellos junto con otro niño, con el fuego ya encendido. Colocan una manta en una duna algo apartada para nosotros, y no muy lejos instalan a los tres camellos alrededor de su comida.

Johnny, Michael y el otro reponiendo fuerzas tras la travesía.

Mientras ellos preparan la cena, nosotros vamos a pasear por las dunas, que están algo húmedas por la lluvia de ayer. No son nada del otro mundo, pero al menos están limpias y… desiertas. Uno de los niños nos trae té, y seguimos paseando hasta que nos llaman para cenar.

La comida está deliciosa, y es tan abundante que no conseguimos terminarla. Vemos como Blacktiger es premiado, como los dos hombres charlan y ríen animadamente con los dos niños y como los tres camellos acaban lamiendo la manta para apurar la comida, mientras un cuervo se dedica a pasear por sus jorobas.

El sol comienza a ponerse, y nos levantamos para buscar un buen lugar para verlo con todo detalle. El cielo pasa de anaranjado a rojizo, hasta que comienza a oscurecer, una oscuridad que se va haciendo cada vez mayor a casusa de unas nubes negras que se acercan y ocultan la luna.

Puesta de sol en las dunas Bhalani.

Uno de los niños salta encima de uno de los camellos, con las riendas de los otros dos en la mano. En unos segundos ha desaparecido. El otro niño desaparece también, y los dos hombres lo recogen todo apresuradamente.

A penas queda luz, y las nubes no nos dejan ver las estrellas. Cuando ya no vemos nada, algo comienza a golpearnos repetidamente los pies, y al encender el frontal vemos que el suelo se ha llenado de agujeros, y de escarabajos peloteros saliendo de ellos mientras fabrican bolas de arena sin parar.

El jeep está listo, y entramos justo cuando comienza a caer el gran diluvio. Nos reímos por dentro pensando en todos aquellos que estarán a punto de pasar la noche en el desierto (somos así de crueles). Y tras 1h30 conduciendo debajo la lluvia, sin gasolina, con la capota mal puesta, con una visibilidad cero y a punto de morir en distintas ocasiones, llegamos a la puerta del fuerte desde donde cogemos el único tuc tuc que se atreve a subir por el interior fuerte con esa lluvia, que hace que el suelo se vuelva extremadamente resbaladizo.

Ya con las mochilas preparadas, con el diluvio en plena forma y sin ni un solo tuc tuc dentro del fuerte disponible, pedimos al hotel que llame uno. Por supuesto, el precio va acorde con la dificultad de conseguirlo: 150 rupias (recordemos que vinimos por 30). En unos minutos nos plantamos en la estación de tren para coger el tren que nos llevará de vuelta a Jodhpur.

Old Notebook Paper

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