Día 4: Jaisalmer

Jaisalmer, la Ciudad Dorada
You are lucky. You bring rain!

Suena nuestro despertador. El movimiento nos recuerda que estamos en el tren y, al poco rato, oímos que gritan “¡Jaisalmer!”. No siempre será así, por lo que en algunos casos deberemos estar especialmente atentos para no pasarnos nuestra parada. Jaisalmer es una remota población situada en el desierto del Thar, construida a partir de la arenisca dorada local, que fue fundada por el maharawal Jaisal en el siglo XII. En otro tiempo fue un floreciente centro de comercio, estratégicamente situado en la concurrida ruta de caravanas a Afganistán y Asia Central, y sus primeros gobernantes se enriquecieron con las gemas, la seda y el opio que saqueaban de las caravanas. La ciudad perdió su importancia en el siglo XVIII, pero los edificios de su edad de oro siguen en pie.

En la estación nos espera una horda de tuctuqueros por lo que resulta más fácil conseguir un buen precio. Logramos que alguien acepte llevarnos por 30 rupias hasta la zona del fuerte, y nos conducen hasta un jeep. Detrás nuestro sube una pareja de japoneses que parecen algo perdidos. Tengo un par de nombres apuntados y escojo el primero. “Hotel Rajmandir”, decimos. “It’s inside de Ford”, nos responden mientras el jeep se pone en marcha. Lo cierto es que pensaba que estaba fuera del fuerte; cerca, pero fuera.

El aumento del turismo está poniendo en peligro el singular fuerte de Jaisalmer.

El aumento del turismo y el intento de cultivar el desierto de los alrededores han puesto en peligro el único fuerte habitado de la India, el fuerte dorado, que con 99 bastiones corona la colina de Trikuta (Tres Picos) de 80 metros de altura. Construido en 1156 por el maharawal Jaisal con la piedra dorada de la zona, fue erigido para soportar un clima árido y lluvias escasas, y en un inicio carecía de sistemas de almacenamiento o de desagüe. Ahora, el aumento del nivel de agua en el terreno y la introducción de tuberías en el fuerte han provocado que la piedra se desmenuce en aquellas zonas donde rezuma el agua.

Nos dicen que los jeeps no pueden entrar en el fuerte así que, a pesar de nuestras quejas, nos dejan en la puerta, y nos toca subir la empinada cuesta con las mochilas. En la plaza principal del fuerte nos indican la dirección del hotel, y después de alguna que otra vuelta por fin encontramos, casi por casualidad, el Surja (el otro nombre que tenía apuntado). Nos ofrecen un buen precio: 500 rupias por las dos noches. Pero hay tierra en la cama (¿?) y no tienen aire acondicionado, así que a pesar del precio y de las espectaculares vistas decidimos ver también el Hotel Rajmandir, que está justo al lado, en la calle Kotri Para. La habitación que nos enseña el doble indio de Colin Farrell es bonita, está bastante bien decorada, tiene aire acondicionado, agua caliente y está limpia. Y por si fuera poco, tiene un pequeño balcón con grandes vistas sobre la ciudad dorada y una terraza tan espectacular como la del Surja.

La ciudad dorada.

Pactamos con Colin Farrel 1.000 rupias por dos noches, una de las mejores relaciones calidad/precio que encontraremos. Tomamos una bienvenida ducha y, satisfechos, nos dejamos caer en la cama para dormir plácidamente las próximas tres horas. O al menos hasta que nos despierta la puerta del balcón, que se abre violentamente por culpa del viento. Vemos que está cayendo el diluvio universal, y con muchas dificultados conseguimos hacer que al menos pare de llover dentro de la habitación (cerrando la puerta del balcón), aunque el agua sigue entrando por debajo de la puerta. Fantástico, la lluvia nos sigue hasta el desierto, a una ciudad en la que debe llover dos veces al año.

Cuando deja de llover, poco rato después, el sol pica y hace mucho calor, así que decidimos tomárnoslo con calma. Salimos a callejear por el fuerte y explorar sus rincones. Vemos bastantes turistas y, lo que es peor, muchas tiendas para turistas. Hay tramos en los que esto parece Disneylandia, aunque si consigues obviar a los turistas, los caza-turistas, las tiendas para turistas, y el calor, es posible percibir el encanto del lugar. El color dorado omnipresente, el suelo de piedra (bastante limpio por cierto), las havelis, los callejones, las vacas en los callejones… lo cierto es que nos entretenemos con cualquier cosa.

Una de las havelis del fuerte (vista desde el Hotel Rajmandir).

Hasta que, poco antes de medio día, topamos con los templos jainistas. Los ricos mercaderes de la ciudad erigieron estos templos interconectados y meticulosamente labrados en los siglos XV y XVI, dedicados a diferentes jinas de la religión jainista, principalmente Shantinath y Parshva. Creo que la entrada son 150 rupias por cabeza e incluye el acceso a los cinco templos. Nos descalzamos y, andando de puntillas por las zonas en las que toca el sol para no quemarnos los pies (y no ensuciarnos los pies en exceso), deambulamos por los templos a nuestro aire. Los vamos viendo una a uno, y cada vez que salimos de uno lo cierran detrás nuestro, pues al parecer los van cerrando a partir de las 12h de forma escalonada. Dentro se está fresquito, y apenas encontramos a gente más allá de algún feligrés rezando y de los guardianes de cada templo reclamando su propina. Hasta llegar al quinto, el cual ya no encontramos abierto. Nos quejamos de que no nos hayan avisado de que cerraban en breve al vendernos la entrada, así que acceden abrir el quinto templo para nosotros.

Templos Jainistas.

Con los pies negros, recuperamos nuestros zapatos y seguimos recorriendo el fuerte. Llegamos a Dussehra Chowk, la plaza principal que antaño acogía festivales, ceremonias y desfiles, rodeada por un complejo palaciego de siete alturas compuesto de varios palacios intercomunicados construidos entre los siglos XVI y XIX. Tras admirar las distintas fachadas, todas ellas del mismo tono dorado, seguimos paseando y disfrutando de pequeñas escenas familiares como si de un pueblo se tratara, ajenas a la ciudad. Es un lugar perfecto para observar: la gente está acostumbrada a los turistas y no nos presta atención, actúan de forma natural y nos permite imaginar cómo es el día a día de las familias en el fuerte, cuando los hombres están fuera trabajando y las mujeres  que se quedan en casa están solas con los niños pequeños y las omnipresentes vacas.

Escena cotidiana en el interior del fuerte.

Paseando y paseando, acabamos topando con unas escaleras gastadas que conducen hacia un destino incierto, así que decidimos seguirlas para ver a dónde nos llevan. Llegamos a la parte superior de las murallas, en la que aún se conservan los cañones que antaño debían defender el fuerte, y tras disfrutar de las vistas a la ciudad decidimos que ha llegado el momento de salir a explorarla. Tenemos hambre; nos apetece algo poco exótico y mucho aire acondicionado. El Jaisal Italy, situado justo en la puerta de entrada principal del fuerte, es lo que necesitamos. Y lo cierto es que comemos muy bien: bruschetta, spaghetti, pizza hawaiana y agua por 370 rupias.

Con el estómago lleno salimos para volver a afrontar el calor: callejeamos sin rumbo y nos adentramos en un bazar, si no me equivoco, llamado Gandhi Chowk. Lo atravesamos casi sin darnos cuenta, y nos perdemos por los callejones de la ciudad, en los que disfrutamos de las escenas que se van desarrollando ante nuestros ojos: niños jugando al criquet o a la pelota, mujeres charlando, hombres descansando, niñas pequeñas volviendo de la escuela, vacas deambulando…

El cricket es el deporte más popular de la india.

Un hombre se acerca para decirnos alegremente: “You are lucky. You bring rain!”. Al parecer es algo rarísimo que llueva en Jaisalmer. Esperemos no traer mucha fortuna esta tarde.

Empezamos a ser conscientes de que los indios tienen un serio problema con las vacas. No solo porque hay muchísimas, sino porque estas se alimentan de la basura, lo ensucian todo y, sobretodo, porque hacen lo que les da la gana sin que, en la mayoría de los casos, nadie les diga nada. Se tumban en medio de la calle, bloquean el tráfico, incluso se meten en las casas de la gente y tienen que intentar apartarlas amablemente… y por su fuera poco, ¡atacan! ¡Si! Íbamos caminando detrás de una vaca y de su cría, cuando la madre decidió, sin motivo aparente, que le apetecía embestir al señor que andaba tranquilamente en dirección contraria. El hombre debía estar acostumbrado pues cual ninja esquivó la envestida, propinándole con un periódico enrollado un golpecito en los cuernos a modo de reprimenda. Tomamos buena nota de ello: no acercarnos demasiado a las vacas, especialmente a las que vayan acompañadas de crías.

Algunas vacas tienen tendencia a intentar meterse en las casas de la gente.

Casi sin quererlo, llegamos a una de las tres havelis más refinadas de Jaisalmer, Nathmalji, una mansión encantadora de cinco plantas erigida en 1885 por un primer ministro de Jaisalmer. Las havelis son casas construidas en el siglo XIX por los ricos mercaderes y gobernantes de la ciudad, que competían entre ellos para embellecer el austero paisaje del lugar con espectaculares palacios y havelis. En dichas havelis vivían varias generaciones de la misma familia y estas a menudo albergaban estancias privadas para las mujeres.

Tras admirarla por fuera, seguimos hasta dar con la haveli que hemos escogido para ver por dentro: Patwa o Patwon (la he visto escrita de las dos maneras). Nos cobran 150 rupias por cabeza y 50 por la cámara (esta vez no conseguimos escaquearnos, porque estamos completamente solos visitando el edificio). Es magnífica, y enorme. Construida entre 1805 y 1855 por Guman Chand Patwa, uno de los más ricos mercaderes y banqueros de Jaisalmer, esta elaborada mansión de seis alturas cuenta con cinco estancias contiguas, una para cada uno de sus hijos, y 66 balcones. La decoración del interior es… difícil de explicar. No hay ni un solo centímetro de suelo, techo o pared que no esté cuidadosamente decorado, con una mezcla de colores vivos y brillantes: dorados, plateados, verdes, azules, rojos, naranjas, amarillos… me atreveré a decir que hay demasiado de todo para mi gusto, pero no deja de ser fascinante.

Patwon-ki-haveli.

Los balcones que sobresalen son el lugar perfecto para las palomas, que definitivamente han decidido instalarse ahí, amontonándose  hasta convertirse un adorno más de esta fachada. Y de la de muchas de las havelis. Vamos subiendo hasta llegar al tejado, y de allí escalamos por una pared para llegar al punto más alto, obteniendo una panorámica de la ciudad con el enorme fuerte de fondo.

Seguimos paseando por esta preciosa ciudad, sin rumbo. Nos divertimos fotografiando a las vacas, cada una con una forma y color distinto. Hasta que finalmente llegamos a un palacio, lejos del fuerte, rodeado de caballos nerviosos, tras el cual se pone el sol, indicándonos que ha llegado el momento de regresar. Nos ha encantado la ciudad, y estamos contentos de quedarnos un día más para seguir explorándola, a ella y a sus alrededores.

Ocaso tras un palacio desconocido.

Buscamos un tuc tuc para regresar a casa, pero al parecer los conductores no tienen muchas ganas de trabajar porque nos dicen precios desorbitados y no se dignan a bajarlos al ver que nos vamos. Así que decidimos volver a pie. Pese a las pulseras anti-mosquitos, los bichos están demasiado activos por la noche y comienzan a acribillarnos. A mi en las piernas, a Oriol en la nuca. Paramos en una “chemistry” (farmacia), y compramos por 55 rupias un spray de dudoso olor: nos rociamos enteros, y al parecer la peste resulta más o menos eficaz. Creo que incluso la gente se nos acerca menos…

Cenamos en el famoso Monica. Digo famoso porque lo recomiendan por todas partes en Internet. Está justo en la salida del fuerte, a la derecha. Cenamos ligero rodeados de lagartijas que corretean por las paredes: brujal massala, chicken spring roll, zumo de mango, naan, roti y agua. Con el VAT, son 345 rupias. Buen precio por una cena deliciosa.

Al llegar al hotel, nos encontramos con el jefe, que tiene pinta de aparecer muy de vez en cuando para saludar a sus huéspedes. Charlando, no sé cómo aparece el tema del precio que hemos pactado con Colin Farrel. Y en dos segundos pasa de encantador a enfurecido, diciendo que no es posible que hayamos conseguido ese precio. Llama a su ayudante, al que veo desde hace un rato espiando desde un rincón. Mirando al suelo, sale de su escondite arrastrando los pies, y reconoce que lo que decimos es cierto: hemos acordado 1.000 rupias por dos días. Oímos con algo de lástima como sigue la bronca mientras subimos hacia nuestra habitación, y a pesar de ello nos dormimos con una punzada de satisfacción pensando que pasaremos la noche dentro de un fuerte único, en un hotel muy acogedor… y a buen precio.

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