Día 3: Kumbhalgharg y Ranakpur

Kumbhalgargh y Ranakpur: entre Dos Ciudades
“It’s permanent”

El tercer día. Mi día crítico. En todos los viajes pasa algo: agujetas, ampollas, dolor, agotamiento, heridas… ¿Qué será esta vez? Me encuentro bien, quizás me libre de la maldición esta vez, pienso esperanzada. Pero no, sé que tiene que pasar algo, aparte de no poder ducharme por ser incapaz de respirar en el interior del baño de la nueva habitación. Hacemos la maleta y se revela el misterio: mi lápiz de ojos ha desaparecido. Puede parecer una tontería, pero forma parte de mis pocos objetos imprescindibles. Busco por todas partes sabiendo que no lo encontraré.

Llega el Tata, y salgo del hotel con los ojos sin pintar, un drama. Son las 8h y todo está cerrado, así que ponemos rumbo hacia Kumbhalgargh sin mi lápiz y sin poder comprar uno nuevo. Bobby, nuestro chófer, tiene instrucciones precisas de parar ante cualquier tienda abierta que pueda vender lo que ellos llaman “kajal”. A medio camino se pone a diluviar. Lo esperaba: es el tercer día. Paramos en un par de pueblos e intentan vendernos lápices que no pintan sin saber que soy una experta en la materia. Muchas mujeres y niños llevan los ojos negros, así que tiene que existir algo que me sirva!

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El camino es un continuo de escenas fascinantes: hombres en los tejados de los autobuses, familias en las partes traseras de camiones abiertos, motos con parejas o incluso familias enteras… Miremos donde miremos, hay algo interesante que ver. En una hora y media recorremos los 85 km que nos separan de Kumbhalgargh, donde no sólo diluvia (malditos chubasqueros) sino que encima hay una niebla tan espesa que no nos deja ver nada más allá de unos pocos metros a la redonda. El fuerte abre a las 9:30h, y la entrada cuesta 100 rupias por persona.

Estoy especialmente enfadada por no poder ver las sinuosas murallas que recorren como una serpiente los montes Aravalis a lo largo de 36 km, unas murallas tan anchas que sobre ellas podían cabalgar seis jinetes en columna. Ni por supuesto podemos ver el inexpugnable fuerte del siglo XV: aquellos que querían penetrar en él debían atravesar siete puertas fortificadas tachonadas de clavos. La fortaleza fue estratégicamente construida por Rana Kumbha (responsable también del gran fuerte de Chittorgargh) entre Marwar (Jodhpur) y Mewar (Udaipur). A este fuerte se le conocía como el Ojo de Mewar, porque desde él se controlaba todo el territorio (cuando no había niebla supongo).

Fuerte de Kumbhalgarh: lo que había bajo la espesa capa de niebla (imagen de Internet).

En Internet he encontrado esta foto del fuerte en un día normal: si dicen que bajo toda esa niebla esto es lo que había tendré que creérmelo, pero lo cierto es que podría haber habido cualquier cosa. Entre la lluvia, la niebla y mis ojos sin pintar, estoy absolutamente amargada, así que me escondo absurdamente bajo mis gafas de sol, lo que no hace más que atraer más miradas, por supuesto.

Compramos un paraguas por 230 rupias y emprendemos la subida, pero a los 10 minutos el paraguas se rompe. ¿Veis como no son imaginaciones mías? Seguimos subiendo hasta arriba con el paraguas roto, esperando poder ver algo una vez lleguemos. Nada. La niebla parece condensarse por momentos. Pero entonces, un haz de luz aparece: una india jovencita pija monísima con los ojos pintadísimos. Me dice que lleva una tinta llamada Mebelian Kajal que cuesta 410 rupias… pero que no la lleva encima. Descendemos algo decepcionados por no haber podido ver nada, y por suerte nos devuelven el dinero del paraguas sin rechistar demasiado. Cuando estamos a punto de entrar en el coche, oímos unos grititos muy cerca, y la chica india aparece sonriente con la pintura en la mano. Mientras me pinta los ojos con su pincel, me dice “It’s permamenent!”, pero no me importa. Deja de llover. El día comienza a remontar. Y mi ánimo también.

Los trayectos en coche ofrecen inmensas posibilidades para capturar fantásticas escenas.

Ponemos rumbo a Ranakpur, situado a 50 km de Kumbhalgargh. Bobby nos dice que en una hora aproximadamente llegaremos. Al cabo de un rato, atravesamos un pueblecito minúsculo en el que Bobby para el coche. Nos señala una casita que se encuentra a unos 100 metros siguiendo en un caminito cuesta arriba, en la que resulta que hay una tiendecita, y en la que encontramos un lápiz de ojos muy decente. La marca es una tal Marlin, y ya os avanzo que lo seguiré utilizando años después de regresar de la India. Es un lápiz infinito.

Seguimos nuestro camino entre la niebla hacia Ranakpur, y poco antes de llegar… no os lo creeréis. La niebla se disipa, abriendo un espacio claro y nítido alrededor del templo. La lluvia que cae ahora es finita, y un guardia muy amable de la entrada nos deja su paraguas a cambio de que se lo devolvamos a la salida. Probablemente se deba al día, pero lo cierto es que no hay demasiada gente. La chica india sin duda debía ser un ángel que apareció para poner fin a las injusticias a las que estábamos siendo sometidos.

Los saris son los coloridos vestidos tradicionales utilizados por millones de mujeres de la India.

El templo jainista abre a las 12h, justo a tiempo. El parking está lleno de monos mojados que saltan de coche en coche y atacan a cualquiera que tenga algo de comida entre manos. La entrada cuesta 150 rupias, tenemos que descalzarnos y llevar pantalón por debajo de la rodilla. La gran mayoría de visitantes son indios a los que no parece molestarles la lluvia. Las mujeres simplemente se cubren la cabeza con el sari para proteger un poco el cabello: por mucho que los vea, no puedo dejar de admirar los fantásticos colores y estampados de los saris, una prenda realmente favorecedora que realza la belleza de las mujeres indias.

Ranakpur es un pueblo famoso por su complejo de templos del siglo XV, y en especial por su espectacular templo de Adinath, uno de los cinco grandes lugares sagrados de la religión jainista. El tamaño y la complejidad arquitectónica del templo de mármol blanco, así como su especial ornamentación escultórica y sus 1.444 pilares, lo convierten en un templo tan impresionante como único. El hecho de que esté situado en medio del bosque y rodeado de montañas y de una densa y verde vegetación ofrece una sensación de tranquilidad y relajación absoluta mientras caminamos por su interior, descalzos, rodeados de columnas y de silencio. Recorremos todos los rincones sin prisa, y admiramos los mil detalles del templo. Sin duda es un lugar especial que vale la pena visitar sin prisa.

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Al salir de Ranakpur, es hora de comer. Le decimos a Bobby que pare en algún sitio que esté bien, así que al poco se detiene en la entrada de lo que parece un hotel caro. Hay diez empleados para recibirnos, y nos indican donde está el restaurante, con unos cuantos occidentales comiendo. Nos sentamos, abrimos la carta, miramos la carta, cerramos la carta, nos levantamos y salimos por donde hemos entrado, ante la mirada estupefacta de los diez empleados. Bobby no entiende nada. Les dirige a los del hotel una mirada de “lo siento” y con cara de alguien que nunca se ha encontrado en esa situación, enciende el coche y salimos de allí. Recuerdo que leí en foros que en las proximidades de Ranakpur hay algunos restaurantes caros cuya comida no es nada del otro mundo, y que tienen pactado con guías y chóferes que les traigan turistas. No nos parece que Bobby sea de uno ellos, pues lo cierto es que es el primer restaurante con el que nos hemos topado desde que le hemos dicho que teníamos hambre, aunque nos da la sensación de que no le hemos hecho quedar demasiado bien y que ha salido avergonzado.

Niña pequeña en brazos de su padre.

Bobby conduce en silencio durante mucho rato, tanto que me quedo dormida. Me despierto cuando noto que el motor se apaga. Estamos en un pueblecito, delante de un restaurante. Entramos y nos instalan en el patio: el lugar está sucio y lleno de moscas, y al ver nuestras caras sacan una mesa y un par de sillas bastante nuevas y limpias, aunque lo que atrae a las moscas es el suelo. Es evidente que no están acostumbrados a los turistas, porque el personal del restaurante nos mira como si fuéramos mamuts. Al poco rato corre la voz por el pueblo de que hay un par de paliduchos (con tanta lluvia no hay quien coja colorcito) en la terraza del restaurante, y comienza a aparecer gente en el tejado de al lado, que se va turnando para mirarnos. Nos dan lo único que tienen: unos fideos y un arroz extremadamente picantes de los que a penas puedo comer un par de cucharadas acompañadas por un litro de agua, y unas patatas fritas con una salsa dulzona. Pan y agua, todo por 235 rupias. Sigo teniendo hambre, pero con esto podré aguantar unas horas más. Bobby se extraña al ver que no dejamos propina. Parece no entender nada de nuestro comportamiento.

Los indios conducen como locos. A pesar de que el volante esté a la derecha, cuando tienen la carretera para ellos solos conducen por la derecha. Cuando a lo lejos aparece un coche de cara, ambos se colocan en el centro de la calzada, aceleran, y pierde  el que en el último instante se aparta hacia la izquierda invadiendo media cuneta (porque medio carril suyo está ocupado por el ganador). Bobby siempre pierde.

Existen muchos tipos de turbante en cuanto a forma, color y tamaño.
En el Rajasthan, el pagṛī o sāfā es utilizado por los rajputas, y puede señalar la posición social de una persona.

Bobby tiene un móvil para navegar por Internet y otro para hacer llamadas. Nos dice que es lo habitual, y no conseguimos explicarle que aquí tenemos un único móvil para ambas cosas. Le pregunta a Oriol su nombre completo, y en un momento lo tiene agregado al Facebook: su foto de perfil estilo Bollywood no tiene desperdicio.

A medida que nos acercamos a Jodhpur va resultando más difícil avanzar a causa de una caravana compuesta por una gran cantidad de camiones adornados como si fueran elefantes. Además, el lado de la carretera está lleno de gente que avanza a pie en una misma dirección. Son hombres y mujeres de todas las edades con bolsas y banderas, caminando hacia Jodhpur a lo largo de kilómetros y kilómetros. Vemos también bicis y motos con la misma bandera, y no podemos evitar preguntarle a Bobby de qué va todo aquello. Nos explica que hay un festival a unos 600 km al norte y que las familias emprenden viajes de varios días para llegar hasta él. Cada ciertos kilómetros, se montan carpas multitudinarias en las que gente come, bebe, descansa, se relaciona e incluso acampa para pasar la noche.

Pareja viajando en moto hacia un popular festival del Rajasthan.

Por fin, llegamos a Jodhpur. Es de noche y las calles están inundadas. Pero no nos quedaremos a dormir: tenemos un tren nocturno para Jaisalmer. Son las 20h, y a pesar de que nuestro tren no sale hasta las 23:45h tomamos la decisión de ir ya a la estación. Es de noche y con las mochilas no tendría sentido ponernos a pasear por la ciudad. Nos despedimos de Bobby, y le damos una de las pocas propinas que daremos en este viaje. Al fin y al cabo, hemos pasado todo el día con él. Aunque es evidente que su jefe nos vendió la moto, pues el pobre a penas habla inglés y ha conducido gran parte del trayecto por encima del límite de velocidad, no tenemos ninguna queja.

El panorama es de las cosas más impactantes que hemos visto nunca en directo. La sala principal de la estación es inmensa, y centenares de personas yacen tiradas por todas partes, desde ancianos a bebés, durmiendo, comiendo o charlando. Comienza a llamarnos la atención la ausencia de llanto entre los bebés indios… ¿por qué será? ¿Mimamos a los nuestros demasiado? En fin… la basura se amontona por todos los rincones, y las moscas se cuentan a miles. Resulta difícil andar con las mochilas sin pisar ni golpear a nadie; no sé quién está más asombrado, si ellos o nosotros.

Hall de la estación de tren de Jodhpur.

A medida que nos acercamos a las vías de tren, es peor. Los andenes están aún más llenos de gente, y vemos como las vías son utilizadas tranquilamente como baños públicos y basureros, de ahí que desprendan un olor nauseabundo, empeorado por el asfixiante calor, y por la visión de unas ratas especialmente gordas allí abajo. Procuramos caminar lo más lejos posible de las vías, pero la idea de pasar las próximas tres horas allí esperando me resulta difícil de soportar. En este momento se me ocurren pocos lugares peores en los que estar. Encontramos una waiting room para los pasajeros que viajen en categoría AC: sigue haciendo calor y habiendo moscas, pero al menos podemos sentarnos, respirar aire algo más normal y evitar gran parte de las miradas indiscretas.

La espera se hace pesada, y nos entretenemos viendo como un señor aparece con una maleta, desestima las sillas y se instala en el suelo, encima de una tela de cuadros que extrae de su equipaje. Aquello parece el bolsillo de Doraemon, porque saca de todo: comida, un aparato de música, agua, una almohada, más comida… Y así, distrayéndonos con tonterías, por fin llegan las 11h. Faltan tres cuartos de hora, pero siendo el primer tren que cogemos decidimos no apurar. Buscamos la taquilla de información en la que hay una larga cola y, tras algunos codazos y empujones, conseguimos llegar hasta la ventanilla para que nos digan cuál es nuestra plataforma. La 2. Van por orden, así que subimos unas escaleras que nos llevan hasta el paso elevado desde el cual se acceden a todas las plataformas, y bajamos por las primeras escaleras que encontramos.

Tren llegando a un andén de la estación de Jodhpur.

A las 11:15h aparece el tren, y se produce una estampida: gente corriendo, algunos subiendo cuando el tren aún no se ha parado, otros intentando bajar mientras los otros se empujan para subir… De locos. Veo que los vagones de “second class” tienen rejas en las ventajas, y me estremezco pensando que, de hecho, nosotros vamos en tercera clase. Pero no puede ser: he leído que los trenes son bastante limpios y cómodos, incluso he visto fotos, así que sin duda debe tratarse de otro tipo de clase. Y efectivamente, hay dos categorías: con y sin aire acondicionado. Todos nuestros billetes son de la primera. Preguntamos y nos indican donde está nuestro vagón, el AC 3 Tier, que afortunadamente tiene ventanas normales.

Old Notebook Paper

Estamos los dos dentro del mismo compartimento, y tenemos asignadas las dos camas superiores (en la tercera clase las literas son triples). Reparten un par de sábanas limpias, una almohada y una manta para cada uno. Nos hacemos bien la cama, y a dormir. Nos alegramos de seguir las recomendaciones de un compañero de trabajo de escoger las literas superiores si queríamos algo de intimidad: en una de las camas de abajo hay un chico oriental que no puede estirar las piernas porque tiene a un tipo sentado a sus pies charlando con el de enfrente. Al parecer no tiene sueño, y el asiático es demasiado educado, demasiado tímido o simplemente demasiado tonto para decirle nada al indio. Y justo cuando comenzamos a dormirnos, aparece un señor que nos llama bruscamente para que le enseñemos los billetes. En pocos minutos el lugar es una auténtica nevera, así que me pongo toda la ropa que tengo a mi alcance, y me tapo con la manta hasta el cuello antes de sumirme en un sueño profundo.

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