Día 2: Udaipur

Udaipur, la Ciudad Blanca
You trust me?

Despertar, duchar, empaquetar y trasladar. La nueva habitación parece igual que la otra, pero es una ilusión. ¿Por qué cambiar de habitación si son iguales? No tardamos en descubrir dónde está el truco. El baño desprende un olor nauseabundo, y ante nuestra queja inmediata aparece un mozo con un spray. Bajo nuestra mirada estupefacta, rocía el baño durante un buen rato hasta dejar una mezcla mortal. No conseguimos que entiendan que el olor nos parece insoportable, y ellos no parecen notarlo. Resignados, cerramos bien la puerta del baño para que el olor no se extienda a la habitación y salimos para afrontar nuestro segundo día. Llueve un poco, así que el hotel nos presta un gran paraguas negro. Si esto sigue así, necesitaremos unos chubasqueros. Y pronto.

Desayunamos en el Mayur Café que, como la mayoría de roof-tops, tiene fantásticas vistas. Un desayuno continental a base de zumo, tortilla, tostadas y café complementado con una hamburguesa de cordero. Una mezcla extraña, aunque tenemos hambre y todo resulta bastante bueno. Pagamos la cuenta: 220 rupias, incluyendo el VAT (en algunos lugares va a parte). Próxima parada, un mercadillo. Y escogemos el Bara Bazar.

Mujeres en el Bara Bazar.

Nos fascinan los bazares: bajo una fina lluvia vemos a mujeres haciendo cestos o vendiendo fruta y verdura, y a hombres vendiendo telas, cajas, objetos de plástico, sacos gigantes, especies, cintas, joyas o miniaturas, entre mil otras cosas. Lo estamos pasando la mar de bien cuando se pone a diluviar. Nos resguardamos bajo el toldo de una tienda de comida en la que remueven una gran olla sobre un potente fuego, y a la que periódicamente le van añadiendo ingredientes: ahora una saco de azúcar, ahora unas bolas de algo, ahora algo que lo tiñe todo de amarillo. Luego se vuelve rojizo, las bolas salen a flote, las pescan y las venden.

Estar allí plantados nos permite mirar a la gente que pasa por delante de la tienda sin cesar: a pie, en bici, en moto… un tuc tuc con cincuenta personas dentro, una excavadora que a penas pasa por la calle… Admiramos los coloridos saris de las mujeres que dejan a la vista parte de su barriga y de su espalda. Sonreímos al ver las colegialas con sus uniformes: una blusa larga azul con una cinta blanca que les cae desde los hombros hasta el pecho, con unos pantalones blancos y por supuesto las dos trenzas. Y nos reímos al ver algunos hombres con el pelo o incluso la barba teñidos de un color óxido la mar de extraño. Más adelante veremos que está bastante de moda. Junto a nosotros aguarda también un hombre sobre su gran moto, una de las muchas Royal Enfield que veremos. Nos damos cuenta de que entre sus brazos se esconde una niñita vestida de colegiala que nos mira con sus grandes ojos pintados de negro con lo que ellos llaman Kajal. En algún lugar leí que se supone que esta pintura negra, utilizada por distintas culturas desde hace siglos, protege los ojos de enfermedades, del sol e incluso de los males de ojo.

En algunas culturas se cree que la pintura negra (kajal) protege los ojos de los niños.

Cuando la lluvia se vuelve más fina, seguimos paseando bajo nuestros paraguas negro hasta el final del bazar, atrayendo todas las miradas a nuestro paso. En todo el día no hemos visto a ningún turista, cosa que nos encanta. Cuando deja de llover, decidimos ir a dar un paseo en barca por el lago Pichola, así que cogemos un tuc tuc y le indicamos “boat to the lake”.

Nos deja cerca de nuestro hotel, donde hay varias compañías que ofrecen paseos en barca. El recorrido de 30 minutos con la compañía Mewar Boating nos cuesta 200 rupias a cada uno. Sale enseguida así que no lo pensamos dos veces.

Compartimos el barco con turistas indios y orientales. El paseo nos permite ver Udaipur desde otra perspectiva, con sus ghats, sus casas blancas (algunas tirando a amarillo/crema, todo hay que decirlo) y su imponente palacio. Nada más salir vemos un ghat que deduzco que se trata del Gangaur, pues hay una preciosa haveli que tiene que ser la Bagore-ki-Haveli según nuestra guía, y decidimos que esa será nuestra próxima parada.

City Palace desde el lago Pichola.

Pasamos cerca del Jag Niwas, el Palacio del Lago construido entre 1734 y 1751 como residencia real de verano. Este antiguo palacio alberga ahora uno de los mayores hoteles del mundo, escenario de numerosas películas como por ejemplo Octopussy, de James Bond. Construido a base de mármol blanco, este hotel de lujo ocupa toda la superficie de una isla de 16.000 m².

También vemos el Jag Mandir, el Palacio de la Isla erigido en el siglo XVII. Con sus verdes jardines y sus estancias de mármol, este palacio, también utilizado en ocasiones como residencia de verano, sirvió de refugio a un príncipe que se reveló contra su padre. El príncipe acabó convirtiéndose en el famoso emperador mogol Shah Jahan, y se dice de aquí sacó muchas de sus ideas para el Taj Mahal.

De camino al Gangaur Ghat, nos topamos con una anciana adorable que nos muestra la ropa que vende en su tienda. Me decanto por un pantalón largo de fina tela color verde oscuro, sin nada especial aunque cómodo; me será útil, pues no he traído ninguno. La anciana se compromete a tener el borde hecho en una hora: no regateamos demasiado, deliberadamente, y queda por 200 rupias (la mitad por adelantado).

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El Gangaur Ghat está lleno de vacas, de niños bañándose en el lago, y de algún que otro timador ofreciéndonos una visita a su “galería de arte”. He leído que la vista del amanecer desde allí es espectacular, a pesar de que nosotros no podremos verla pues al día siguiente nos iremos pronto.

Comenzamos a tener hambre, así que decidimos regresar hacia el centro en busca de algún nuevo roof-top restaurant. Resulta curioso ver como absolutamente todo en Udaipur está recomendado por Lonely Planet. Leemos carteles por todas partes: “Hotel recomended by Lonely Planet”, “Restaurant recomended by Lonely Planet”, “Massages recomended by Lonely Planet”, “Cooking clases recomended by Lonely Planet”, algunos incluso indicando la página en la que aparecen. Y de aquí surge una broma absurda que nos durará todo el viaje: “mira esa vaca recomended by Lonely Planet” o “qué te parece esa maceta recomended by Lonely Planet” o “hazme una foto con ese montón de basura recomended by Lonely Planet, pero asegúrate de que salgan las moscas porque también las menciona”. En fin, una de dos: o Udaipur está lleno de mentirosos, o la Lonely recomienda cualquier cosa.

Gangaur Ghat.

Escogemos un roof-top con el original nombre de Natural view-lake, donde comemos igual de bien que en el resto. ¿Tienen el mismo cocinero todos los restaurantes? Porque todos son parecidos, tanto a nivel de menú como de calidad. Decidimos probar varios tipos de pan (chapati, nan y parotha) para acompañar el chicken tikka y el chicken biriyami, todo por 370 rupias, incluida las obligadas botellas de agua que nos sirven también para recargar nuestro CamelBak.

Pasamos a recoger mis pantalones, y la anciana adorable intenta convencer a Oriol para que se compre un chaleco con lentejuelas. Nos preguntamos quién sería capaz de comprar eso, a lo cual obtendremos respuesta en unos días: japoneses.

A la salida nos damos de bruces con una procesión encabezada por hombres tocando tambores y trompetas, seguida por otro grupo de hombres portando el cuerpo de una mujer cubierto por completo, a excepción de la cara, de telas naranjas y flores amarillas y rojas. La siguen otro grupo de hombres, en silencio.

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Cogemos un tuc tuc por 40 rupias para ir a otro de los cuatro lagos de Udaipur, el Fateh Sagar. Allí cogemos, una vez más, una barca que nos deja en una de sus tres islas, el Nehru Park, situada en medio de este lago artificial construido en 1678, por 125 rupias por cabeza. En otro momento tuvo que ser un lugar muy bonito, aunque ahora está lleno de fuentes vacías y se encuentra algo descuidado. Vuelve a llover, hecho que aún le da un aspecto más triste al lugar. Sin embargo, está lleno de vegetación, y es tranquilo y silencioso pues está alejado de los coches y sus incesantes bocinas, cosa que agradecemos.

Está oscureciendo, así que subimos de nuevo al barco para regresar a tierra firme, y ahí cogemos un tuc tuc de regreso al hotel. Toca comenzar a buscar cómo iremos mañana hasta Jodhpur. No hay trenes que conecten ambas ciudades, así que iremos en bus o en coche y aprovecharemos para hacer un par de paradas: en Kumbhalgargh y en Ranakpur. Preguntamos en el mismo hotel, y aparece el super jefe para atendernos. Antes que nada, nos informa que vendrán a arreglar las tuberías de nuestro baño mañana (¡qué casualidad!) y que está eternamente agradecido por la buena voluntad que hemos puesto con el cambio de habitación. Así que, para compensarnos, dice que nos ofrece un precio especial para ir a Jodhpur. El tipo es un vendedor nato: nos suelta un rollo de que el coche en el que iríamos lleva un GPS conectado a su móvil, y en caso de que vaya con exceso de velocidad recibirá un mensaje para avisarle. Última tecnología. Y que el chófer es una persona de confianza que cuidará de nuestras cosas, habla inglés correctamente y no intentará llevarnos a restaurantes o tiendas a cambio de comisión.

Después de regatear, la cifra queda en 2.500 rupias por ir en el coche más baratito, sin aire acondicionado ni ningún tipo de lujo. De extranjis, conseguimos hacerle una foto a su chuleta de tarifas, y más tarde en la habitación veremos que nuestra ruta es la más cara que ofrece (Udaipur a Jodhpur con paradas en Kumbhalgargh y Ranakpur), y que el precio varía en función del coche. Con el Tata Indica la tarifa es de 3.750 rupias, con el Tata Indigo 4.200, y con el Toyota Innova 5.200. A priori parece que hemos conseguido un buen precio, aunque decidimos salir a compararlo con otras opciones.

Tabla de horarios de los trayectos en bus desde Udaipur.

Entramos en un par de agencias y valoramos distintas opciones: bus, bus+coche y coche, y nos damos cuenta de que la oferta de nuestro anfitrión es buena, además de darnos algo más de confianza que cualquier agencia desconocida. Así que regresamos, le decimos a nuestro amigo que iremos con él y quedamos en la puerta del hotel a las 8h de la mañana del día siguiente.

Con este tema solucionado, es hora de nuestra última cena en Udaipur. Decidimos ser originales y escogemos… un roof-top! Soy incapaz de recordar el nombre: está situado en un edificio a bastante altura, y las vistas sobre la ciudad son espectaculares. Oriol cena un mutter panner mientras que yo decido darme un capricho caro y absurdo: un pancake de Nutella, que acompaño con un zumo de piña natural. Cuando intento asegurarme que no le han puesto hielo ni nada por el estilo, el camarero me responde con solemnidad: “You trust me?”. El zumo impecable, y el pancake me parece un regalo del cielo. Con el pan y el agua superamos por primera vez las 400 rupias por una comida (no llega a 6 euros).

Vista nocturna de Udaipur.

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