Día 1: Udaipur

Udaipur, la Ciudad Blanca
“He pays more”

Con 14 horas de viaje, dos vuelos y una escala en Viena a nuestras espaldas, por fin llegamos a Nueva Delhi, capital del séptimo país más grande del mundo, con 3.287.595 km²: la República de la India. Pasan unos minutos de la medianoche del viernes 10 de agosto de 2012, y nuestro vuelo a Udaipur no sale hasta las 5:25h. Pasaremos nuestra primera semana en el Rajasthan, uno de los 28 estados que componen la India, caracterizado por su riqueza tanto de fuertes y palacios como de bazares y festivales. Lugares como Jaisalmer, Jodhpur, Bikaner, Jaipur, Ranakpur, Kumbhalgarh o el Monte Abu, por citar algunos, atraen cada año a millones de turistas procedentes de todo el mundo.

Estamos agotados y agarrotados, y algo atontados nos esforzamos por recordar por qué decidimos no quedarnos en Delhi los primeros días. Ya recuerdo. Existe una recomendación generalizada de no comenzar un primer viaje a la India por Nueva Delhi, porque es “demasiado” en todos los aspectos. Sea o no cierta, le hicimos caso. Así que decidimos que nuestra primera parada fuera Udaipur, una ciudad fundada en 1559 por el maharana Udai Singh, que llegó incluso a ser en 1567 capital del reino de Mewar, antiguo principado de la India.

Udaipur fue la capital del antiguo reino de Mewar, y su ejército estaba compuesto por 6.000 hombres.

Afortunadamente, recogemos sin imprevistos la única mochila que facturamos en Barcelona, y nos dirigimos al primer mostrador de “Money Exchange” que vemos. La moneda utilizada en la india es la rupia (rupee), y solo puede comprarse de forma legal dentro del territorio indio. Nos ofrecen 63 rupias por euro: bastante menos de lo que teníamos en mente. El encargado nos asegura que el cambio es el mismo en todas las oficinas legales, y nos recomienda no esperar pues los tres próximos días estarán todas cerradas por algún motivo que no llegamos a entender –está claro que no será fácil adaptarnos al inglés de los indios-. No tenemos manera de comprobar si lo que dice es cierto o no, y no podemos arriesgarnos a quedarnos sin rupias. Así que decidimos cambiar 400 euros, por los que, entre tasas y comisiones, nos dan un total de 23.300 rupias. No sabemos muy bien cómo pero al final, haciendo el cálculo, nos  hemos quedado con un cambio ridículo: con las comisiones, el cambio queda en poco más de 58 rupias por euro (lo cual nos parece un auténtico timo). Nos dan también un papelito certificando tanto la legalidad de la transacción como nuestra inocencia.

Nuestro vuelo sale desde el mismo aeropuerto internacional (existe otro aeropuerto para vuelos domésticos), y en pocos minutos nos plantamos en una sala de espera de la terminal doméstica, tan minúscula como abarrotada, reservada para todos aquellos que tenemos previsto coger un vuelo interno. Las pocas tumbonas está cogidas, y hay gente por todas partes intentando dormir en las incómodas sillas o en el suelo. No nos dejarán salir de esta sala hasta que abran el mostrador para hacer el check-in de nuestro vuelo, así que no nos queda más remedio que buscar un hueco e intentar dormir. La luz, la incomodidad, el hambre e incluso el agotamiento hacen que sea imposible.

Después de 3 interminables y agotadoras horas de espera, por fin nos dejan pasar. Tenemos suerte y nuestro vuelo a Udaipur sale puntual, y ya al límite de nuestras fuerzas conseguimos dormir algo en el estrecho Tupolev, soñando con todas las maravillas que nos esperan los próximos días. No podíamos ni siquiera acercarnos a imaginarnos todo lo que teníamos por delante. Ni lo bueno, ni lo no tan bueno.

Es habitual ver a hombres y mujeres con la cara pintada de distintas formas y colores.

Vemos con envidia como, a la salida del aeropuerto de Udaipur, el resto de pasajeros son todos bien recibidos por amigos, familiares o guías. Y decimos adiós a nuestros planes de compartir taxi con alguien al quedarnos solos. Lo cual nos fastidia bastante, pues en la taquilla de “pre-paid taxi” nos piden “five hundred rupees only” (así tal cual se indica en el recibo). 500 rupias por cubrir los 24 km que nos separan de la ciudad. Nos parece caro, pero cansados, novatos y sin otras opciones a la vista (no aceptan regatear), aceptamos. El taxi ni siquiera tiene aire acondicionado (el papelito lo especifica también, “Non AC Taxi”). En a penas media hora nos plantamos cerca del lago Pichola, en Lal Ghat, y nuestros cerebros pasan a tener tantos estímulos que procesar que nos olvidamos pronto del viaje, del cansancio, de las rupias… de todo.

Lo primero es dejar nuestras cosas; tengo un par de nombres de hoteles apuntados, así que nos dirigimos al primero de ellos, el Mewargharth Palace. El primer impacto en la India es extraño: los 5 sentidos se ven sobrepasados, y hay una cierta sensación de agobio. La subidita hasta el hotel es larga, y encima nos cuesta encontrarlo. Pero finalmente damos con él, y aunque el hombre que nos atiende parece amable y no nos agobia, descartamos el hotel por su ubicación.

La tika o bindi rojo en la frente de la mujer indica que está casada o comprometida.

De regreso a lo que deducimos es el centro hallamos el otro hotel que tengo apuntado, el Mewar Haveli, que tiene muy buena pinta pero está lleno. Está bien situado y rodeado de otros hoteles, así que decidimos ver algunas habitaciones y comparar precios. Finalmente decidimos quedarnos en el Pratap Bhawan (“A Comfortable Place to Stay”, según su tarjeta), situado en el 12 de Lal Ghat, detrás del templo Jagdish. Pactamos 800 rupias por cada una de las dos noches que pasaremos en Udaipur, en una habitación correcta con agua caliente, aire acondicionado, televisión y luz natural situada en el primer piso. Exhaustos, nos echamos un par de horitas para recargar algo de energía, pues sin duda necesitaremos cada gota de ella.

Salimos cuando el sol pega ya fuerte, algo menos cansados pero bastante más hambrientos que cuando entramos. Escogemos uno de los muchísimos “roof-top restaurant” de la zona, el Lake View Guest House. Lo cierto es que todos presumen de tener vistas al lago, y descubriremos que algunas son más cuestionables que otras. El chicken masala no me acaba de convencer, pero los noodles y especialmente el chicken fried rice están muy bien. Será la primera y última vez que olvidemos pedir el típico pan recién hecho (existen diferentes tipos: nan, roti, chapati…), fundamental para acompañar cualquier comida. Con el agua acabamos pagando entre los dos 335 rupias.

Es frecuente ver a todos los miembros de una misma familia subidos en un mismo vehículo, aunque este tenga dos ruedas.

Resulta difícil caminar: no hay aceras, y tenemos que estar muy atentos para no pisar basura, excrementos de origen indeterminado o aguas sospechosas, mientras esquivamos a vacas (las hay por todas partes) y vigilamos de no morir atropellados por una furgoneta, un coche, una moto con cuatro o cinco personas montadas, un tuc tuc, un rickshaw, un carro o cualquier otro vehículo de los que tocan el claxon ininterrumpidamente, siendo lo único que oiremos al principio: luego nuestros oídos se irán acostumbrando al estridente sonido… más o menos. Pero lo que hay que esquivar por encima de todo son personas. Hay gente por todas partes, miremos allá donde miremos, a cualquier hora y en cualquier lugar. Lo cual no es de extrañar, pues la India, más allá de ser una de las naciones más diversas que existen, es el segundo país más poblado del mundo, por detrás de China, con más de 1.200.000.000 habitantes.

Nos dirigimos al Jagdish Mandir, un gran templo hindú del siglo XVII, en el que está teniendo lugar una fiesta. La entrada es gratuïta, aunque nos obligan a quitarnos los zapatos y dejarlos en la entrada, cosa que no nos hace mucha gracia pues nuestras zapatillas llaman mucho la atención entre las decenas de chanclas viejas y sucias. Nota mental: llevar siempre una bolsa de plástico y dejar algo de espacio en la mochila para meterlas discretamente antes de entrar en un templo (ya que si nos ven no nos dejarán pasar).

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En el interior del templo hay un extraño espectáculo musical, con hombres disfrazados (de mujeres?) bailando y cantando ante un público entusiasmado, principalmente femenino. En el exterior se aglutinan los hombres, enfrascados en otra curiosa actividad: los adultos se situan en puntos elevados mientras que los niños están debajo. Y los de arriba se dedican a tirar billetes mientras que los de abajo se pelean para conseguirlos. A pesar de no ser los únicos occidentales, empezamos a notar que atraemos muchas miradas y nos comienzan a hacer fotos o a pedírnoslas junto a ellos.

Nuestra próxima parada es el City Palace, considerado el palacio más grande del Rajasthan (ocupa 2 hectáreas), aunque en realidad se trate de un complejo de palacios construidos o añadidos por 22 maharamas diferentes entre los siglos XVI y XX. Nos cobran 25 rupias a cada uno por entrar en el complejo, y 75 más por la entrada al museo, es decir, un total de 100 rupias por cabeza. Tras hacerle una rápida visita al baño del lugar, tomo la firme decisión de no beber demasiada agua en este viaje. Son lugares que probablemente nadie ha limpiado nunca, y mis ojos y mi nariz me suplican que no les haga pasar por esto nunca más. Otra cosa que nos llama la atención son las fuentes de agua, con varios grifos de los que bebe todo el mundo. Y aquí viene lo curioso: hay un vaso de metal atado a una cadena que se van pasando para beber con más comodidad.

Para nosotros, el museo no tiene especial interés así que lo vemos bastante por encima. Pero la arquitectura es fantástica, y los palacios por fuera son excepcionalmente bonitos. El lugar es enorme y, aunque podríamos pasarnos el resto del día allí, decidimos ir al grano. A pesar de ello, acabamos necesitando un buen rato para poder ver todo lo que nos parece esencial.

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Justo cuando salimos, comienza a caer el diluvio universal. Maldición… caemos en la cuenta de que olvidamos meter los chubasqueros en la maleta. Vamos corriendo al hotel, procurando aprovechar las zonas cubiertas por los salientes de los edificios, cosa difícil pues competimos con las vacas, que tienen ocupados la mayoría de lugares resguardados. Ya en el hotel, decidimos descansar hasta la hora de cenar.

Más tarde (ya ha oscurecido), vemos por televisión que está teniendo lugar una fiesta popular en la plaza principal de Udaipur, al lado del Jagdish Mandir, así que decidimos ir a verla. Ya no llueve. Hay cientos de personas congregadas delante del templo, la mayoría de hombres de pie en la plaza, y la mayoría de mujeres sentadas en una escalinata. Un palco con los hombres más importantes preside la fiesta: se trata del Krishna Janmashtami, una festividad del hinduismo que celebra el nacimiento de Krishna, avatar de la deidad Vishnu. Nos mezclamos con la multitud, que nos mira muy sorprendida, y vemos que intentan algo parecido a los “castells”, las torres humanas típicas de las fiestas populares catalanas. Pero hay alguna que otra diferencia: los castillos son más rudimentarios, no tienen “piña”, solo están formados por hombres (por supuesto, nada de mujeres ni de niños) y se suben los unos encima de los otros agachados, para ponerse de pie todos al unísono una vez está formado el castillo, de cuatro pisos como mucho. El objetivo es alcanzar una especie de piñata situada en lo alto, con la dificultad añadida de que les tiran un agua amarillenta para intentar, decidimos, desequilibrarlos. Como cabe esperar, la mayoría de castillos caen. Buscamos un roof-top cercano para seguir la fiesta desde arriba. Cenamos ligero en uno llamado Sunrise: tortilla de cebolla, patatas y pan (nam y chapati), por un total de 140 rupias.

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Al llegar al hotel nos encontramos con una sorpresa: al parecer, nuestra habitación ya estaba reservada. El tipo no iba a venir y por ello nos la han dado a nosotros, pero resulta que finalmente aparecerá mañana para ocuparla. Así que nos piden amablemente movernos por la mañana a una habitación de la planta baja, y pasar allí nuestra segunda noche. Cuando les preguntamos por qué no va él a la planta baja, nos responden tranquilamente con una sonrisa “He pays more”. Unos días después nos habríamos opuesto, pero entre que solo llevamos unas horas en la India, y que nos lo piden tan amablemente, acabamos aceptando a cambio de que nos rebajen el precio a 600 rupias. Esa noche dormimos bien, aunque casualmente ambos tenemos extraños sueños llenos de explosiones, perros aullando y vacas mugiendo.

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