Día 15: Amritsar

Amritsar, la Ciudad del Templo Dorado
“You have gastroenteritis”

Al despertarme me encuentro extremadamente mal: al parecer, la noche no ha sido demasiado reparadora. Apenas toco el desayuno (incluido en el timo) y en el taxi me mareo. Una vez en el aeropuerto de Nueva Delhi, me arrastro febril sintiéndome incapaz de afrontar el último tramo de nuestro viaje. Hace un par de días que apenas como, lo cual me ha ido debilitando hasta dejarme en un estado lamentable. Una vez hecho el check-in y pasado el control llego a mi límite. Me siento en una silla, cierro los ojos y espero a ver qué pasa. Oriol me indica que no me mueva (cosa que no pensaba hacer) y desaparece.

Pierdo la noción del tiempo: no sé si tarda un minuto o media hora, pero regresa con un hombre que se presenta como el auxiliar del médico del aeropuerto. Me “examina” allí en medio. Al cabo de un rato aparece el médico, que sin mirarme ni tocarme escucha a su auxiliar. “You have gastroenteritis”, me dice tan tranquilo. No recuerdo haber tenido nunca una. Me receta un montón de cosas y me da (o más bien me vende) las primera dosis de cada medicamento para que pueda tomármelas de inmediato. Debemos seguir, sino perderemos el avión. Pagamos al médico (que según el recibo se llama Dr. Nizam) 296 rupias, que incluyen la consulta (220 rupias) y las primeras dosis de 5 medicamentos (76 rupias), y corremos hacia la puerta de embarque.

Llegamos a Amritsar a la hora prevista. Parece que el suero y las pastillas que me he tomado están haciendo efecto, porque me encuentro mucho mejor considerando mi estado antes de coger el vuelo. Oriol tampoco está del todo recuperado, pero de los dos es sin duda el que está mejor y, por lo tanto, el que tira del carro.

Amritsar, situada en el Punjab, fue fundada en 1577 por el cuarto gurú sij, Ram Das, y alberga el templo más sagrado para los sijs: el Templo Dorado. Y esta maravilla es sin duda el motivo de nuestra visita.

El Templo Dorado es el más sagrado de los templos para los sijs.

En algún lugar leí que hay un autobús gratuito que conecta el aeropuerto con la ciudad, así que le preguntamos a un hombre con el que nos topamos al salir dónde podemos encontrarlo. Nos dice que no hay bus, que sólo podemos ir en taxi. Parecemos nuevos, ¡el tipo tiene una cara de taxista que no se la aguanta! Repetimos la pregunta a un poli, que nos señala un bus dorado que se está yendo. Corremos y lo alcanzamos por los pelos. Nos encantan las cosas gratis.

Un sij gordo conduce el bus. Y tras media hora oyendo un claxon insoportable y unos videoclips cutres que emiten en la tele aún más insoportables, nos preguntamos si no habría sido mejor irnos con el taxista. Y de pronto vemos algo increíble: ¡aceras! Ya no recordábamos cómo eran. La ciudad parece más limpia que las vistas hasta el momento, y apenas vemos vacas.

En principio el bus te deja cerca del Templo Dorado, pero entre el calor y el peso de las mochilas el camino que separa el patio del colegio donde nos deja  y el templo se nos hace interminable. Teníamos previsto intentar dormir dentro del templo, no solo porque es gratuito si no sobre todo por la experiencia. Pero en cuanto vemos el gentío, la obligación de quitarnos los zapatos y de cubrirnos la cabeza, y teniendo en cuenta mi estado, decidimos buscar un hotel cercano, con intimidad, aire acondicionado y, sobretodo, comodidad. A estas alturas no nos quedan fuerzas para ciertas cosas.

Trío de sijs con los colores y las armas tradicionales.

Vemos varias habitaciones de distintos hoteles, todas ellas con precios muy por encima de lo que valen realmente, por el simple hecho de encontrarse al lado del Templo Dorado. Cuando ya empezamos a pensar en aceptar alojarnos en alguna de las habitaciones tétricas que hemos visto, damos con el Hotel Swarn Plaza (Chowk Ghanta Ghar), un hotelito que ofrece una buena habitación por 1000 rupias, una muy buena relación calidad-precio visto lo visto. El hotel es bastante moderno y está cerca del templo. La habitación está limpia, tiene luz natural, un baño correcto, un aire acondicionado muy bienvenido ante el sofocante calor de Amritsar, televisión y una cama cómoda. Con el aire acondicionado a tope, el cansancio acumulado acentuado por nuestras enfermedades hace que nos quedemos tirados en la cama en coma durante unas deliciosas horas. El plan era ver el templo por la mañana y, por la tarde, presenciar la bajada de bandera en la frontera del Pakistán. Pero visto lo visto parece ser que no podremos hacerlo todo.

Antes de salir a comer tomamos duchita muy agradable y quedamos como nuevos (o casi). Al lado del hotel vemos un restaurante bastante acogedor y decidimos no perder fuerzas deambulando. El Tasty Bite (Mahna Singh Road) es un lugar curioso: al fondo a la izquierda hay un señor mayor haciendo cuentas, y al fondo a la derecha hay otro señor mayor haciendo cuentas, también. Nos sentamos a la izquierda, y el simpático señor de la izquierda, viendo que hemos escogido su lado del restaurante, nos da conversación mientras el otro de vez en cuando hace pequeñas aportaciones. Desarrollamos la teoría de que ambos son propietarios, y que uno se ocupa de un lado del restaurante, y el otro del otro lado. Comemos bien y salimos contentos por el agradable trato. No recuerdo lo que pagamos, pero sí que es el único restaurante en el que dejamos propina.

Compramos los medicamentos que me ha recetado el médico en una farmacia cercana (los venden por dosis, no por cajas), y encontrándonos mejor con el estómago saciado nos dirigimos con ansias hacia el templo. Vamos preparados: llevamos pantalón largo, chanclas (para meterlas más fácilmente en la mochila), y pañuelo. Bueno, de hecho yo llevo pañuelo, Oriol se compra uno cuadrado naranja cutre que venden a decenas en la puerta del templo. Nos obligan a meter los pies en un pequeño estanque fresco que hay justo en la entrada (¿para desinfectar?), y ya con los pies “limpio”s entramos en el fabuloso recinto.

El reflejo del templo en el estanque del Amrit es espectacular.

El Templo Dorado (Harmandir Sahib) es el centro espiritual más sagrado para los sijs y el lugar al cual deben peregrinar al menos una vez en la vida. El sijismo es una religión india, practicada por 25 millones de personas (es la novena en el mundo por número de creyentes) y fundada por Gurú Nanak, que se desarrolló en el contexto del conflicto entre las doctrinas del hinduismo y del islamismo durante los siglos XVI y XVII. Waheguru es la palabra más utilizada para referirse a Dios, al Ser Supremo o al Creador. Significa “Maestro Maravilloso” en el lenguaje Punjabi.

Ubicado en el centro del estanque del Amrit, unas aguas sagradas utilizadas como baño de purificación por decenas de peregrinos cada día, ofrece una imagen única de su reflejo dorado en el agua. Construido entre los años 1589 y 1601, se eleva como una síntesis de la arquitectura musulmana e hindú de tres alturas. El edificio, hecho de mármol recubierto por un impecable y reluciente laminado de oro y con un interior lujosamente ornamentado, alberga durante el día el libro santo del sijismo. Como curiosidad, destaca el hecho de que el suelo del salón principal es barrido por una escoba hecha a base de plumas de pavo real.

Las estrictas medidas de seguridad para acceder a su interior a través de la pasarela de mármol de 60 metros se deben a los graves incidentes que tuvieron lugar en el junio de 1984, cuando un grupo de extremistas sijs liderados por Jarnail Singh Bhindranwale se encerraron en el interior del templo. La entonces primera ministra, Indira Gandhi, ordenó la operación Bluestar para liberar el santuario, en la que murieron 83 soldados y 492 civiles, dejando además un templo extremadamente dañado. No fue hasta el año 1999 cuando fue completamente restaurado a ojos de los sijs, con fondos y mano de obra aportados por los peregrinos. Meses tras el ataque, el 31 de octubre de 1984, Indira Gandhi fue traicionada y asesinada por dos de sus guardaespaldas sijs.

Peregrino visitando el templo sagrado.

No vemos a ningún otro occidental y todos los ojos curiosos recaen en nosotros (aunque al menos no nos bombardean a fotos). Los sijs parecen diferentes a los hindúes. Es algo que hemos comenzado a ver desde que aterrizamos: visten diferente, son físicamente diferentes y se comportan diferente. Esta es, al menos, la impresión que nos da ese día, el único que pasaremos en el Punjab.

Algunas impresiones totalmente subjetivas:

  • Todos los hombres llevan el obligado turbante, y algunos una túnica larga hasta los pies.
  • Los colores más frecuentes en la ropa son el azul, el naranja y el blanco.
  • Muchos hombres y algunas mujeres llevan dagas o espadas.
  • En general, los hombres son más altos y corpulentos que los hindúes, con densas barbas y el largo cabello enrollado en el turbante.
  • También parecen más serios, calmados y discretos que los hindúes.

Por supuesto, en un día es imposible hacerse una idea real de cómo es un pueblo. Pero lo cierto es que nos sentimos muy cómodos entre ellos, y nos quedaremos con ganas de conocerlos más a fondo.

Soldado sij.

Paseamos tranquilamente por el impecable recinto, que nos transmite una gran paz y armonía, momento que saboreamos y agradecemos especialmente. Nos sentamos en el borde del estanque a observar los enormes peces de colores nadar y a los peregrinos purificarse en sus aguas, incluso yo me remojo los pies (aunque creo que no está permitido). Hace calor, y el hecho de llevar un pañuelo en la cabeza me agobia un poco. Al menos aquí los hombres y las mujeres estamos en igualdad de condiciones en este sentido. Miramos a la gente pasar: hombres, mujeres, familias, sijs y no sijs, todos ellos con algo en común: se les ve felices y relajados.

Cuando ya hemos disfrutado largamente de la magnífica vista exterior del templo, decidimos conocer su interior. Tras pasar unos estrictos controles en los que se nos revisan las mochilas (está absolutamente prohibido introducir tabaco o alcohol), y tratar de esquivar a la gran cantidad de gente que intenta entrar en el templo, conseguimos por fin estar dentro. Vemos guardias por todas partes, fáciles de identificar: la mayoría lleva una túnica larga azul marino con una marca amarilla (no sé si bordada o estampada) en el hombro derecho, pantalón blanco, pies descalzos y turbante amarillo. Son particularmente altos, tienen espesas y oscuras barbas y llevan una lanza en la mano. Lo cierto es que su sola presencia resulta ya de por si bastante disuasoria, a pesar de que cuando se dirigen a nosotros lo hacen con gran cortesía (sobre todo para pedirme que me coloque bien el pañuelo).

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En el interior del templo hay gente por todas partes: gente rezando, gente meditando, gente leyendo, gente tocando instrumentos, gente comiendo, gente haciendo ofrendas, gente limpiando el suelo, gente puliendo el oro, o gente simplemente sentada en el suelo aprovechando que hay aire acondicionado (esa es mi teoría). El interior del templo sorprende por su abundante, exquisita y detallada ornamentación que abarca todos los rincones de la casa sagrada. El hecho de no poder hacer fotos nos obliga a estar más atentos a los detalles para grabarlos en nuestras memorias.

El sol comienza a desaparecer, y pese a que quiero ver cómo se pone y cómo se ilumina el templo, comienzo a sentirme muy mareada y acalorada, así que decidimos regresar al hotel. Me tumbo en la cama sin fuerzas para nada, y Oriol sale en busca de algo de comer en el restaurante de nuestros amigos, que le hacen esperar una eternidad. Apenas consigo cenar, y me sostengo sobretodo gracias al suero medicinal (frío aún es aceptable, pero cuando deja de estarlo resulta bastante desagradable). Quiero volver a ver el templo de noche, iluminado, pero estoy enferma y he gastado toda mi energía por la tarde. Me odio a mi misma por sentirme tan débil. Y me duermo esperando que esa noche mi enfermedad se desvanezca como por arte de magia.

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