Día 17: Dharamsala (McLeod Ganj)

Dharamsala, la Ciudad del Dalai Lama
“Crazy people”

En la plaza principal recordamos haber visto un Caffe Coffee Day, y lo cierto es que nos apetece un desayuno industrial. Me instalo en la agradable terraza de un primer piso mientras Oriol está dentro pidiendo los calóricos donuts de chocolate. De repente, la barandilla comienza a temblar y aparece un gran mono caminando por ella. Lo cierto es que no me mira, va a lo suyo. Cuando lo tengo a un metro de distancia, alargo el brazo para coger la réflex que tengo encima de la mesa y le apunto. Pero a través del visor veo como se gira, me mira y se lanza hacia mi gruñendo. Me da un susto de muerte y grito; el mono huye corriendo mientras salen Oriol y los empleados del local, riéndose de mi. Miro la cámara y veo que he hecho la foto, aunque ha salido algo borrosa y sin duda no refleja el gran tamaño y la velocidad del mono.

Mono en actitud amenazante.

Mientras desayunamos sigo al mono con la mirada, desconfiada. Veo cómo deambula por los tejados como si fuera el rey del mambo. Cómo baja a robar bolsas de patatas, las abre y se las come tranquilamente en los árboles. Cómo el King Kong de Dharamsala utiliza los cables eléctricos como si fueran lianas. Cómo regresa por la barandilla por donde ha venido. Cómo les pega un bufido a mi novio y a uno de los empleados que está barriendo la terraza. Cómo mi novio y el empleado, que se habían reído hace un rato de mi, se alejan 10 metros de la barandilla. Un desayuno entretenido.

Salimos a caminar sin rumbo aparente, y decidimos seguir unos carteles que señalan la dirección de unas cascadas. El trayecto nos ofrece vistas espectaculares, y lo cierto es que estamos más relajados que nunca. Más monos. Monjes budistas. Un hombre tocando un instrumento muy curioso llamado Ravanhatta. Un cielo que amenaza con lluvia. Y mucho verde.

Hombre tocando el ravanhatta.

La caminata me agota, y evidencia la debilidad provocada por mi enfermedad. Pero sigo adelante, decidida a ver la cascada. Llegamos a un pueblo muy feo compuesto casi exclusivamente por hoteles y restaurantes, aunque la mayoría de turistas que vemos son indios. Vemos nuestra primera piscina, que llenan a partir del agua que baja de la montaña, en la que solo se bañan hombres. Decenas de hombres tirándose y jugando cuales niños pequeños. Seguimos a los monjes, que avanzan incansables hacia la cascada para lavarse.

Se trata de la cascada Bhagsu Nag, y el paseo es la mar de agradable y accesible (aunque parece más difícil si estás en mi estado). Cabras, monjes, más cabras y algún grupo de hombres que me persigue con el dichoso móvil. Estoy resoplando y lo último que necesito es que me hagan fotos patéticas, así que mi novio ejerce de guardaespaldas e intercepta las fotos. Los jóvenes son especialmente pesados, y aunque ellos se creen muy hábiles y disimulados, les vemos venir de lejos. Me empiezo a poner de mal humor, y le grito en catalán en plan loca a uno especialmente engorroso que me persigue. Y de hecho me miran como tal.

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Por suerte empieza a llover y salen corriendo. Justo en el momento oportuno, pues ya hemos llegado a la cascada y aguantamos unos minutos para disfrutarla. Pero viendo las nubes negras que se acercan, decidimos que ha llegado el momento de regresar. En el pueblo feo cogemos un tuc tuc para que nos lleve al hotel justo cuando comienza a diluviar de verdad. ¡Justo a tiempo! Claro, no llevamos nuestros chubasqueros mágicos. Llegamos a Mcleod y le indicamos al tuctuquero dónde está el hotel. Y entonces, de repente, decide que no le apetece llevarnos al hotel, y que prefiere dejarnos en la plaza principal. Nosotros le explicamos que hemos acordado ir hasta nuestro hotel, que está a 200 metros de allí, y que está diluviando. Pero el tío dice que esa calle no es de doble dirección y que tendrá que dar la vuelta, así que le paguemos y nos larguemos. Y por segunda vez en este día vuelvo a explotar, harta de que intenten timarnos y suelto en un inglés macarrónico para que ese idiota lo entienda: “We agree to drop off at the hotel!!!! So you drop off at the hotel!!! Do you understand???” Y el tío sigue diciendo que no. Y le grito en plan histérica, sin ninguna intención de mojarme: “IF YOU DON’T DROP OFF AT THE HOTEL, WE DON’T PAY YOU!!!!! WE DON’T PAY YOU ANYTHING!!!! ZERO!!!”. Y el tío me mira como si fuera una pirada recién escapada de un manicomio. “Crazy people”, musita mientras arranca su trasto y nos lleva hasta el hotel.

Pasamos un momento por nuestra habitación para coger nuestros chubasqueros, salimos de nuevo y, por supuesto, deja de llover. Guardamos los objetos mágicos más absurdos del mundo y decidimos ir a visitar el complejo Tsuglagkhang, que queda muy cerca del hotel.

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Tsuglagkhang alberga la residencia del actual y decimocuarto Dalai Lama, Tenzin Gyatso, quien tuvo que emigrar del Tíbet en 1960 y fue proclamado premio Nobel de la Paz en 1989 por su labor por la causa tibetana desde el exilio. Aparte de la residencia, cerrada al público, el complejo también alberga el monasterio Namgyal, donde los monjes debaten por las tardes, y el templo Tsuglagkhang, un sencillo pabellón pintado de amarillo con un estrado desde el que el Dalai Lama pronuncia sus discursos.  Principalmente vemos a monjes tibetanos, hombres y adultos, pero también pueden verse monjes pertenecientes a etnias muy diversas, así como mujeres y niños.

Para salir tenemos que esquivar a lo que parece un dinosaurio, que también está saliendo del complejo. Luego vemos que no es más que la vaca más grande de toda la India, que se dirige hacia un contenedor para pegarse un festín. Lo cual nos recuerda que es hora de buscar un restaurante. Pero cuando pasamos por delante del hotel, la habitación nos resulta tan tentadora que decidimos hacer un dos es uno, es decir, room service. Y como se pone a diluviar de nuevo, aprovechamos para echarnos una buena siesta.

Por la tarde nos apetece pasear por el bosque, así que decidimos ir a ver el lago Dal. La caminata es algo larga, y la magia de los chubasqueros empieza a agotarse porque una suave llovizna nos acompaña durante todo el camino, embarrando el suelo a nuestros pies. El lago está a 3 km, y a medio camino comenzamos a plantearnos si ha sido una buena idea. Eso si, el bosque, la neblina y los monjes hacen que el camino tenga bastante encanto, a pesar de que el famoso lago no tenga, a nuestro parecer, ningún interés. Hemos tardado bastante en llegar. Comienza a oscurecer, así que buscamos a un taxi que nos lleve de regreso. Además, tenemos una cita con el portador de nuestros pasaportes, un tema que nos ha estado preocupando todo el día. El único taxista que vemos nos pide 150 rupias, y resulta imposible regatear pues sabe que la alternativa son 3km en medio del bosque, bajo la lluvia y oscureciendo. Así que no nos queda más remedio que aceptar.

Monjes budistas en el bosque, en el camino al lago Dal.

Antes de ir al hotel, hacemos una visita a un local con ordenadores para informar a nuestras familias de que estamos vivos, y hacer copias de seguridad de las fotos. Y ya en el hotel, esperamos con ansias la llegada de nuestro salvador. Tras una interminable hora, llaman a la puerta. Aparece un hombre que se parece al taxista con el que hablamos ayer, pero con cara de enorme agotamiento. Nos entrega unos pasaportes españoles. Los abrimos y nuestras fotos confirman que estamos salvados. Los acogemos en nuestra habitación y les prometemos no olvidarlos nunca más. Le entregamos a nuestro salvador sus merecidas 1.500 rupias, y le dejamos marchar antes de que se nos desmaye en la puerta. Salimos tan felices a cenar a un pequeño restaurante al lado del Tibet Kitchen llamado Malabar. Nos recibe un hombre en la entrada que resulta ser el cocinero. ¡Y cómo cocina! Aunque el que nos sirve es un chaval que parece ser su hijo, un adolescente sin ningún interés por su trabajo que se arrastra de un lado al otro, y pasa más tiempo peinándose y mirándose al espejo que otra cosa. Pero no nos importa, por que la comida es deliciosa: sopa, cordero, tortilla, pan y agua por 370 rupias. Con el estómago bien lleno y la satisfacción de haber resuelto con éxito un grandísimo problema, pasamos nuestra última noche en la falda del Himalaya.

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