Día 16: Dharamsala (McLeod Ganj)

Dharamsala, la Ciudad del Dalai Lama
I go to Amritsar tomorow

Tras pasar de nuevo la noche con fiebre, por la mañana nos preparamos para coger nuestro último tren. Son las ganas de seguir viendo cosas las que mueven mis piernas: ya descansaré en mi querida Barcelona. Pagamos y salimos del hotel en busca de un tuc tuc que nos lleve a la estación. Pero me doy cuenta a tiempo de que he olvidado coger la tarjeta del hotel y vuelvo a entrar para pescar una de la mesa de la recepción, aunque el recepcionista no se da cuenta porque está absorto mirando un culebrón. Me gusta guardar las tarjetas, especialmente si el lugar es recomendable. Y aún no lo sabemos, pero este gesto marcará el rumbo de nuestro viaje.

Sijs en la estación de tren de Amritsar.

Nuestro próximo destino es Dharamsala, aunque la estación de tren más próxima es la de Pathankot. Desde allí tenemos previsto coger un bus que nos suba hasta Dharamsala. Al llegar a la estación de Amritsar, lo primero que constatamos es que no hay gente tirada por todas partes como en las otras en las que hemos estado, y está algo más limpia cosa que agradecemos. Nos acomodamos en un banco y mientras esperamos nos entretenemos mirando a los sijs pasar, con sus fascinantes rostros y exóticas vestimentas.

En el tren dormimos: es importante aprovechar cualquier momento para recuperar fuerzas, y más si dispones de una cama en segunda clase. El trayecto nos pasa volando, y llegamos sin darnos cuenta a Pathankot. Allí nos dicen que el bus para Dharamsala saldrá en breve, pero aún y así consultamos precios y regateamos un rato con los taxistas que acechan en la salida de la estación. No acabamos de ponernos de acuerdo así que optamos valientemente (teniendo en cuenta nuestro estado) por probar el trayecto en bus tal y como habíamos planeado inicialmente.

Preguntamos por la estación de autobuses y nos dicen que está cerca, pero el trayecto a pie bajo el sol y con las mochilas se nos hace largo y pesado, y comenzamos a temernos que el bus se haya ido y tengamos que esperar al próximo. Afortunadamente llegamos a tiempo. Nos señalan una carraca destartalada a la que ellos llaman bus, con más años que yo y con poca pinta de haber pasado nunca una ITV. Pagamos 100 rupias cada uno, una miseria comparada con lo que nos pedían los taxistas. Somos de los primeros en subir y escogemos sentarnos en la primera fila justo tras el conductor, pues hay bastante espacio para nuestras piernas: el resto de asientos están muy pegados con los de delante, y Oriol tiene las patas demasiado largas para aguantar todo el viaje así. Además, se marea con facilidad por lo que necesita poder ver la carretera por delante. Y una Biodramina, por supuesto.

Al poco rato de instalarnos, el bus comienza a llenarse de gente y maletas. Hombres y mujeres se aprietan en los asientos (en los que llegan a caber hasta 4 personas delgadas), mientras que las maletas se amontonan a nuestro lado, amenazando peligrosamente con sepultar al chófer en la primera curva. Cuando el bus está apunto de reventar, cruzamos los dedos para que se cierre la puerta y no se siente nadie a nuestro lado para y así poder mantener egoístamente la amplitud. He robado un par de almohadas del tren y mi intención es tratar de dormir, cosa que no podré hacer si estoy aplastada contra el cristal. Por fin, el conductor cierra la puerta, y Oriol y yo comenzamos a felicitarnos por nuestra suerte. Pero en la salida de la estación el bus da un último frenazo, las puertas se abren y dejan paso al señor más gordo de la India, que se sienta en el único lugar libre: al lado de Oriol. Le decimos que no cabe pero él ni caso, se instala y en un segundo quedo, efectivamente, aplastada contra el cristal.

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Nuestro objetivo será recuperar el terreno perdido, sin prisa pero sin pausa, mientras disfrutamos del magnífico paisaje, que va cambiando rápidamente a medida que ascendemos. Pero tan solo necesitamos 15 minutos para tener a nuestro orondo amigo sentado en una puntita, con media (y enorme) nalga fuera. Y yo me espachurro cómodamente, justificando mi egoísmo con todo lo que he pasado los últimos días. Pero el señor no tarda en bajar del bus en una de las numerosas paradas que hacemos, y ya nadie se atreve a sentarse con los sudorosos, cansados y egoístas turistas.

El bus es una auténtica antigüedad, y a cada cambio de marcha sale una gran humareda negra del motor, bajo la pila de maletas, que nos inunda los pulmones y nos obliga a ir sacando la cabeza por la ventanilla que he abierto de par en par. Pero a pesar de que parece que la carraca vaya a romperse a cada bache, el chófer no parece preocupado, al contrario: tiene prisa. Tanta prisa que esto parece más bien un rally y ni siquiera frena en la carretera de curvas que cubre la última parte del trayecto, a pesar de que esté lloviendo.

Dharamsala es una ciudad al norte de la India, situada en el estado de Himachal Pradesh. Ubicada en el valle de Kangra, en los ramales de la cordillera de Dhauladhar, es una estación de montaña establecida por los británicos en el siglo XIX. El pueblo está dividido en dos secciones: la zona baja (un lugar sin demasiado interés para nosotros) y la zona alta, conocida como McLeod Ganj, a 9km al norte y 1.700m de altura. Allí es a donde vamos.

El paisaje se va volviendo cada vez más verde a medida que nos acercamos a Dharamsala.

Y, por fin, el bus para y nos escupe en otra estación, donde casi por casualidad empalmamos con otro bus que cubrirá (por 10 rupias por cabeza) los 9 km que faltan hasta la parte alta. Y 15 minutos más tarde llegamos por fin a un pueblo de lo más curioso.

McLeod Ganj debe su nombre a David McLeod, vicegobernador inglés de Punjab en 1848, y se trata de un asentamiento esencialmente tibetano. Cuando el decimocuarto Dalai Lama, Tenzin Gyatso, huyó del Tíbet en 1959 tras la ocupación china, el Primer Ministro indio le autorizó establecer un Gobierno tibetano en el exilio en Dharamsala, una región en la que el budismo ya era la religión principal en el siglo VII. La ciudad, a menudo llamada Little Tibet, se encarga de conservar la herencia religiosa y cultural, mantiene viva la causa tibetana más allá de sus fronteras y sirve de punto de referencia a los 100.000 tibetanos repartidos en asentamientos de refugiados por toda la India. Alrededor de 10.000 están establecidos en McLeod Ganj.

La temperatura nos resulta extremadamente agradable, después de tantos días de sofocante calor. Hay menos gente, menos suciedad y menos vacas. Pero vemos más turistas que nunca, y por supuesto un montón de monjes budistas de diferentes nacionalidades. Hay también una mayor concentración de hoteles, de restaurantes, de monos, de carteles e incluso de neones. ¿Cómo ha llegado toda esta gente? En nuestro bus no había ni un solo occidental. ¿Qué tiene este lugar que atraiga a tantos? ¿O es simplemente una ilusión por tratarse de un lugar más pequeño en el cual los extranjeros quedamos más concentrados? ¿Vienen todos para ver el lugar donde está exiliado el Dalai Lama o hay algo más? Son solo algunas de las preguntas que nos hacemos al pisar el pueblo.

Mono en la plaza principal de McLeod Ganj,

En cualquier caso, nuestro próximo objetivo es comer. Estamos afamados y lo cierto es que el vigorizante y fresco aire de las montañas nos está sentando la mar de bien. Realmente es lo que necesitamos a estas alturas del viaje: aire puro, tranquilidad y fresquito. McLeod Ganj tiene algo así como una plaza principal de la que parten todas las calles: la calle hacia la estación de buses, la calle hacia la estación de trenes, la calle hacia Dharamkot, la calle hacia el templo del Dalai Lama, etc. Decidimos no alejarnos del punto de partida para poder empezar a buscar hoteles después de comer, así que optamos por el restaurante Tibet Kitchen, situado en la misma plaza principal. La comida nos sienta muy bien, paso importante hacia la recuperación: sopa, pasta, pollo y agua por 310 rupias.

Y comienza la peregrinación en busca de un hotel. El primero es carísimo (aunque espectacular), el segundo es lúgubre, el tercero caro y lúgubre, hasta que llegamos al Hotel Lounge Bar (con ese nombre no habría dado un duro por él), situado en el Main Bazar. Nos enseñan una fantástica habitación por la que piden 1.200 rupias. Negociamos hasta dejarla en 1.000 rupias, un buen precio por lo que es: espaciosa, con una cama comodísima y calentita (ideal para las noches frescas) y un baño grande y muy limpio. Sin aire acondicionado (innecesario) y con televisión. Pero lo mejor sin duda son las vistas: delante de la cama tenemos un enorme ventanal que nos ofrece un fantástico paisaje.

Vista desde la habitación del Hotel Lounge Bar.

No acabamos de entender este lugar. Todo está resultando fantástico e idílico, demasiado. Hasta que llevamos a cabo el check-in. ¿Dónde narices están los pasaportes? Comenzamos a ponernos nerviosos mientras revolvemos todas nuestras pertenencias. Pero mientras buscamos sabemos que es inútil: se han quedado en Amritsar. El hotel no nos los devolvió como suelen hacer todos los hoteles, y nosotros nos olvidamos completamente de reclamarlos. Estamos perdidos sin pasaportes. Analizamos la situación: pasaremos dos noches allí, pero después tenemos que coger un vuelo para Delhi: y para embarcar los necesitamos. Les explicamos nuestro problema a los del hotel, que enseguida se vuelcan en ayudarnos, especialmente un hombre con un inglés impecable que identificamos como el jefe. Nos preguntan por el nombre del hotel, pero somos incapaces de recordarlo.

Tengo la manía de guardar las tarjetas de los hoteles en los que nos alojamos, aunque a veces se me escapa alguna. Y es ese momento no recuerdo si llegué a coger la del hotel de Amritsar. Temblando por los nervios, rebusco entre mi colección de tarjetas, pero no la encuentro. “No está”, le digo a Oriol. Pero de pronto tengo un flash en el que recuerdo haber regresado al hotel en el último momento para cogerla, y haberla guardado… Me pongo la mano en el bolsillo del pantalón y allí está. Hotel Swarn Plaza, con todos los datos, incluidos un par de números de teléfono. Casi me desmayo del alivio: sin esa tarjeta estamos perdidos. Nuestro nuevo hotel llama a nuestro antiguo hotel, que nos confirma que tiene nuestros pasaportes. Bueno, al menos están localizados. Lejos, pero localizados. Y, hablando con nuestros nuevos amigos, llegamos a la conclusión de que tenemos 3 opciones:

  1. Ir mañana nosotros mismos a Amritsar en taxi. La ventaja es que nos aseguramos recuperar nuestros documentos. Los inconvenientes son que nos dejamos una pasta (4.000 rupias concretamente) y nos perdemos Dharamsala.
  2. Contratar a un taxista para que vaya especialmente a Amritsar y vuelva con nuestros pasaportes. La ventaja es que podemos ver Dharamsala. Los inconvenientes son que nos dejamos una pasta (4.000 rupias) y que no podemos asegurarnos que los documentos lleguen a tiempo.
  3. Localizar a algún taxista que tenga previsto ir y volver mañana a Amritsar, y pedirle que aproveche para recoger nuestros pasaportes por algo de dinero. Las ventajas son que podemos ver Dharamsala y que la broma no nos sale tan cara. Los inconvenientes son que resulta poco probable que tengamos la suerte de que un taxista vaya mañana a Amritsar y regrese ese mismo día a Dharamsala, y que nadie nos asegura que encuentre los pasaportes y, si lo hace, que nos los devuelva.

Nuestros amigos lo organizan todo para que podamos seguir el segundo punto, pero decidimos salir a probar suerte con el tercero. Sin duda recomendaremos este hotel, no solo por la habitación, sino también por el gran trato que estamos recibiendo. Llegamos a la parada de taxis, que cuenta con decenas y decenas de taxis vacíos aparcados. Los taxistas se concentran todos en unos pocos coches: se meten todos dentro y se pasan horas charlando. Preguntamos a uno si alguien tiene previsto ir mañana a Amritsar y regresar el mismo día. Nos dice que hará circular el mensaje, y que volvamos en un rato.

Banda de monos saqueando uno de los escasos contenedores del país.

Bastante desanimados, decidimos hacer un primer reconocimiento del lugar, y descubrimos a un grupo de monos saqueando unos de los pocos contenedores que hemos visto en todo el viaje. Eso explicaría por qué no hay contenedores en la india. Paseamos un rato más, pero estamos tan preocupados por nuestro problema que no tardamos en regresar a la parada de taxis a preguntar.

El hombre con el que hemos hablado lanza un grito y, de pronto, aparece nuestro salvador: “I go to Amritsar tomorow”. Unas palabras preciosas, música para nuestros oídos. Pero no nos emocionemos aún. “But do you come back to Dharamsala tomorow?” preguntamos cruzando muy fuerte nuestros dedos. “Yes, I go at the morning with tourists, and I come back at the night” nos suelta haciendo esfuerzos en su mejor inglés. Oriol y yo nos contenemos: no queremos parecer demasiado desesperados, pues ha llegado el momento de negociar.

Nos sentamos en una mesa para hablar de negocios. Pero es imposible disimular: nuestros ojos brillan de esperanza y nuestra emoción/desesperación resultaría evidente incluso para un niño. Sabe que le necesitamos. Así que cambiamos de táctica y decidimos ser sinceros con él: se lo explicamos todo, que nuestros pasaportes están en el hotel, que dentro de dos días cogemos un vuelo, y que sin ellos estamos perdidos. Y llega el momento de hablar de dinero: le preguntamos cuanto debemos pagarle. Nos devuelve la pelota: ¿how much can yo pay?”. Comenzamos por 500 rupias. Se ríe. Pide 1.500 rupias. Le ofrecemos 1.000. Se vuelve a reír. “1.500”, repite. Aceptamos: queremos que tenga una buena motivación para cumplir óptimamente su misión. Le damos la tarjeta del hotel de Amritsar y la de nuestro hotel actual, él nos da la suya y quedamos mañana por la noche para hacer el intercambio: nuestros pasaportes por 1.500 rupias. No olvidemos que contratar a taxista expresamente nos habría costado 4.000 rupias: el trato es sin duda muy bueno para ambas partes.

Mujer en una dura jornada de trabajo.

El hombre coge su móvil y llama al hotel de Amritsar para presentarse, avisar que mañana pasará a recoger nuestros pasaportes y pedir indicaciones. Lo cierto es que parece listo. Le damos un millón de gracias y él nos riñe por despistados. Nos despedimos deseándole un “muy bien viaje” y volvemos a nuestro hotel para comunicar las fantásticas noticias a nuestros amigos. Se alegran mucho por nosotros y llaman de nuevo al hotel de Amritsar para asegurarse de que han comprendido bien el mensaje del taxista. Todo en orden, respiramos y decidimos retirarnos a descansar a nuestra bonita habitación hasta la hora de cenar.

Cuando salimos ya es oscuro. Hay bastante ambiente, ¡incluso vemos una discoteca! No recuerdo haber visto ninguna discoteca en todo el viaje. Realmente este pueblo es extraño. El Mc’Llo parece el restaurante de moda. Ocupa un lugar privilegiado en la plaza principal, y tiene 3 o 4 pisos llenos de gente de todas las nacionalidades, con las paredes repletas de fotos de famosos que han pasado por aquí. Los precios son más altos que los que hemos visto hasta la fecha, pero con la pasta que nos hemos ahorrado decidimos darnos un homenaje. El servicio es lento, pero la comida es buena. Comemos pollo con buen sabor a barbacoa y alguna cosa más. La cuenta es de 450 rupias, la más alta de todo el viaje. ¡Uuuh casi 7 euros entre los dos por una buena barbacoa! Lo cierto es que tanto tiempo aquí nos está haciendo perder la perspectiva en relación al dinero. Pasamos de largo la discoteca y, tras un breve y agradable paseo, corremos a nuestra cómoda cama para pasar una buena y fresca noche, esperando que nuestro taxista también duerma bien.

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