Día 20: Nueva Delhi

Nueva Delhi, la Capital
I have an operation in the foot

Último día en la India. Nuestro vuelo no sale hasta la 1:40h de la madrugada, y como no queremos pagar otra noche de hotel decidimos aprovechar la habitación al máximo por la mañana, pues por la tarde no tendremos lugar alguno en el que descansar. Además llueve, así que tranquilamente hacemos las maletas, y sobre las 11h subimos a la terraza a desayunar. Nos instalamos debajo de una gran sombrilla mientras la lluvia cae a nuestro alrededor, y pedimos fruta.

Continuamente vemos a camareros con bandejas llenas de cafés pasar en dirección hacia el ascensor: y ni si quiera se molestan a taparlos, a pesar de la lluvia abundante. Nos reímos pensando en los destinatarios de los cafés, hasta que nos damos cuenta que nuestro camarero avanza arrastrando los pies hacia nosotros con los platos llenos fruta cortada sin tapar. Los platos llegan mojados a nuestra mesa y, tras trasladarle nuestra insatisfacción por ello, pedimos un par de plátanos más. Y por supuesto, los trae sin pelar y tapaditos debajo de un plato, no sea que la piel del plátano se moje. En fin. Lo que más nos sorprende es su cara al ver que no dejamos propina, como si fuera la última cosa que esperaba en el mundo.

A las 12h nos despedimos de nuestros peces y hacemos el check-out. Dejamos las mochilas a salvo en el hotel, nos ponemos nuestros chubasqueros mágicos  y, evidentemente, salimos justo cuando deja de llover.

Decidimos que nuestra próxima parada será el parque Mehrauli, donde se encuentra el famoso Qutb Minar (“poste” o “eje”, en árabe), declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1993. Está bastante lejos, a un media hora, lo cual se nota viendo la reacción de los tuctuqueros, que huyen despavoridos de nosotros al oír dónde queremos ir. Finalmente, conseguimos a uno a buen precio, pero al cabo de un minuto comienza a ir despacio hasta que se para, alegando un fallo en el motor. Probablemente ha cambiado de opinión, y ha ideado esta brillante pantomima para echarnos. Bajamos, y no damos cuenta de que deberemos  negociar varias paradas para que alguien se preste a llevarnos. Acordamos el siguiente itinerario: Qtub Minar – Templo del Loto -Templo de Akshardham, por lo que nos parecen unas excesivas 500 rupias. Aceptamos porque no queremos perder todo el día negociando, y porque vemos que nadie baja de esta cifra.

Qutb Minar

Pagamos 250 rupias por ver la torre libre más alta de la India, de 72,5 m, que se empezó a construir en 1193 por orden de Qutbuddin Aybak, general esclavo de Mohamed de Ghur, para anunciar el advenimiento de los sultanes musulmanes. El que fue el primer gobernante musulmán de Delhi se inspiró en el Minarete de Jam en Afganistán, y aunque no terminó de construirse hasta 1368, la torre de la victoria de cinco plantas que marca el lugar donde se estableció el primer reino musulmán en el norte de la India es el monumento islámico más antiguo de Delhi.

A la salida, nuestro tuctuquero ha desaparecido. Deducimos que estará aprovechando para hacer otras carreras mientras nos espera. No tenemos todo el día, así que le damos un generoso margen de 10 minutos para aparecer. A Oriol le sabe más mal que a mi, que en el fondo me alegro de poder negociar las carreras una a una. Somos tan amables que incluso preguntamos por él a sus compañeros de profesión. Pasados los 10 minutos, pactamos 100 rupias con un nuevo tuctuquero por ir hasta la Babá’í House of Workship (apodada Templo del Loto por su forma de flor), a la que accedemos de forma gratuita. Después de dejar nuestros zapatos en una especia de guardarropía, nos colocan en fila india para echarnos una charla sobre el lugar antes de dejarnos entrar en el edificio para asistir al servicio. El templo cuenta con nueve lados y 27 pétalos de mármol blanco, y es el edificio moderno más innovador de Nueva Delhi, diseñado por Fariborz Sahba y completado en 1986. La secta Bahá’í surgió en Persia, y su doctrina se basa en la idea de la humanidad como raza única. El auditorio, con 1.300 asientos, es un espacio diáfano abierto a todo el que quiera meditar y asistir a los servicios diarios de 15 minutos, cualquiera que sea su religión.

Babá’í House of Workship (Templo del Loto).

En la salida encontramos a una americana gigante llorando porque no quiere quitarse y abandonar sus horteras zapatillas rosas a su suerte, tal y como le piden, lo cual está retrasando a todo su grupo. Me da algo de lástima, así que me acerco y le cuento que aquí no tiene que dejarlas tiradas, sino que las guardan en una especie de guardarropía gratuito. La chica prácticamente me abraza de agradecimiento. ¿Cómo sobrevive este tipo de gente en un lugar como este?

Salimos del recinto mirando de reojo a ambos lados, esperando encontrarnos a nuestro tuctuquero, furioso porque lo hayamos abandonado. Pero todo está tranquilo, así que cogemos otro tuc tuc por 100 rupias, y tras un buen rato esquivando coches, vendedores de coco, vendedores de rosas, y alguna vaca perdida, llegamos al Templo de Akshardham. Lo que habíamos pactado por 500 rupias finalmente nos ha costado 200, pienso maquiavélicamente.

Es habitual ver a hombres cogidos de la mano como muestra de su amistad.

El Templo de Akshardham es un lugar muy extraño, que ni siquiera aparece en nuestra guía. Y digo extraño porque al llegar vemos unas inmensas colas en unas taquillas, y unos carteles por todas partes en los que se indica todo lo que se prohíbe entrar en el templo, bajo amenaza de multa en caso de intento. Ni mochilas, ni bolsos, ni cámaras, ni móviles, ni pendrives (¿?), ni objetos electrónicos, ni brukas (cosa que me alegra), ni armas, ni comida, ni bebida, ni juguetes, ni un millón de cosas. Sólo puedes llevar encima: pasaporte, cartera, dinero, monedero, joyas, comida de bebé y una botella de agua transparentes.

Hacemos cola en las taquillas para dejar la mochila, donde nos obligan a rellenar un papel en el que indicamos todo lo que dejamos de valor dentro de la misma (móvil y cámaras básicamente), y luego nos lo hacen sacar todo para que puedan hacer una foto del contenido que demuestre la veracidad del papel. Sin embargo, Oriol no quiere dejar el minúsculo pendrive con absolutamente todas las fotos del viaje, por salvar al menos algo en caso de que haya un problema con la mochila. Tras colocárselo en la lengüeta de la zapatilla, nos dirigimos hacia los controles de seguridad, Oriol al de hombres y yo al de mujeres.

Me escanean, me cachean y me dejan pasar, pero me adornan bajo depósito con un pareo para taparme las piernas. La cola de hombres es más larga, pero aún y así Oriol está tardando demasiado, así que decido ir a echar un vistazo. Le veo en el punto de control, sin una de sus zapatillas, y un poli dándole hostia al suelo con ella, super desconcertado, y pasando una y otra vez el detector de metales que no deja de pitar. Oriol le suelta sin saber muy bien porqué “I have an operation in the ankle”, señalándose el pie. Yo me temo lo peor, pues lo que está pitando es claramente la zapatilla. Pero por sorpresa de ambos, el tipo exclama “Ah! Ok!” y se la devuelve. Nos alejamos a toda prisa antes de que el señor comience a asociar conceptos. Moraleja: no intentéis entrar nada, porque muy probablemente os lo pillen y os hagan pagar una multa. Oriol también lleva pantalón corto pero no le hacen ponerse nada encima.

Templo de Akshardham.

Nos sorprende ver que somos los únicos occidentales del lugar, a pesar de que esté abarrotado de gente. A medida que nos acercamos al templo nos parece más espectacular, y nos sentimos algo vacíos sin nuestras cámaras para poder retratar ese amasijo de cúpulas y columnas. Construido íntegramente con piedra de arenisca y mármol, está completamente tallado con cientos de detalles de naturaleza, hombres y dioses que aparecen en cuanto nos acercamos. Primero lo rodeamos por fuera, con los pies descalzos sobre la lisa y suave piedra, y vemos una especial insistencia en los motivos con elefantes. Hay un total de 148, con el fin de rendir homenaje a este excepcional animal (hacia el cual no todo el mundo tiene el mismo respeto, desgraciadamente), por su importancia en la cultura hindú y la historia de la india. El paseo resulta muy  agradable, pues el templo está rodeado de jardines y de estanques. En el interior destaca una estatua de Swaminarayan de 3,4 m de alto, y caminamos en silencio admirando todos los detalles y, una vez más, surgen las ganas de coger la réflex y capturar cada rincón.

Vamos muy bien de tiempo, así que decidimos ir al Rajghat (“Patio Real”), el memorial en recuerdo de Mahatma Gandhi. Nos sorprende ver que se trata de una simple losa de mármol negro, pulida y brillante, sobre la cual arde una llama eterna, rodeada de cinco ramos de flores de color naranja. Se trata del lugar en el que Gandhi fue incinerado el 31 de enero de 1948. El monumento se encuentra a cielo abierto, en el centro de un jardín de hierba muy verde, rodeado de muros de piedra. En el memorial se puede leer el epitafio “Hey Ram”, que significa “Oh Señor” y fueron las últimas palabras que pronunció Mahatma Gandhi antes de morir. La entrada es gratuita, y es necesario descalzarse.

Rajghat (“Patio Real”), memorial en recuerdo de Mahatma Gandhi.

Estamos afamados: hace dos monumentos que buscamos restaurantes, pero todos ellos están ubicados en lugares bastante apartados y no hemos visto nada. Son las 17h, así que decidimos volver a nuestro querido main bazar, y allí paramos en el primer restaurante que vemos. No recuerdo el nombre, solo que sus zumos de fruta naturales son deliciosos y nos sientan de maravilla. Algo cansados, decidimos ir a la recepción de nuestro hotel para tumbarnos en el sofá. No olvidemos que seguimos enfermos, cada uno a su manera, y que aún así no hemos parado de movernos en días. Y surge todo el cansancio acumulado, probablemente espoleado por la expectación de saber que pronto emprenderemos el viaje de vuelta. Preguntamos cuanto nos costaría alquilar una habitación por 3 horas. “500 rupees”, nos dicen, pero no nos queda tanto dinero. Al cabo de un buen rato, ya algo más descansados, decidimos salir en busca de los regalos que nos faltan. Somos un desastre, y solo hemos comprado los fulares para nuestras madres, y yo además he cogido algo de recuerdo de la naturaleza: por si acaso, aunque no es ilegal, no diré lo que es.

La calle principal del Main Bazaar está plagada de tiendas que venden los habituales pantalones hippies que todo el mundo lleva. La mayoría tienen unos estampados de lo más horribles, así que descarto regalar eso. También está lleno de tiendas con las habituales figuritas y souvenirs que se encuentran por todas partes. Tras dar varias vueltas sin ver nada interesante, por fin vemos una tiendecita pequeña regida por un señor mayor encantador. Tiene un montón de pañuelos de todos los tejidos y colores (aunque algunos bastante deshilachados), y después de toquetearle toda la tienda nos quedamos cuatro por un muy buen precio. No regateamos demasiado porque el anciano es adorable y el precio que nos ofrece ya es muy bueno.

Me falta algo para mi padre, a quién poco le interesan este tipo de regalos. Pero le gusta el buen vino, así que decidimos ser originales y regalarle un vino indio. Nos metemos por los callejones del bazaar y descubrimos un submundo fascinante en el que nos encantaría profundizar. La fruta y la verdura tienen una pinta extraordinaria, fresca, limpia y brillante. Y los colores y olores de las especies son un cúmulo de sensaciones.

Puesto de venta de especias en el Main Bazar.

Preguntamos por una licorería, y nos dicen que hay una cerca. Comenzamos a seguir las indicaciones, y como siempre nos damos cuenta de que la palabra “cerca” es relativa para ellos. Tras un buen rato dando vueltas, salimos del bazaar y por fin damos con la licorería. Cuando entramos el panorama es un espectáculo: hay dos barras, una vacía y la otra a reventar de hombres con billetes en la mano gritando. Se hace el silencio cuando entramos. Miran a Oriol y leemos en sus ojos “qué pinta aquí un guiri?”. Luego me miran a mi y vemos que les cuesta asimilar que una chica extranjera haya entrado en ese lugar, en el que probablemente nunca una mujer ha puesto los pies. Nos dirigimos a la barra vacía esperando no tener que adentrarnos en la otra, pero al parecer allí solo venden licor de importación, cosa que evidentemente no nos interesa. Así que nos tiramos de cabeza entre el gentío de la otra barra, y tras unos cuantos codazos conseguimos situarnos en la primera fila. Vemos que hay cajas de cartón a rebosar de dinero, y en el fondo estantes con decenas de botellas. Dentro hay un montón de empleados que no dejan de atender pedidos ni un segundo: no hay duda que todos los restauradores de la zona abastecen sus neveras y bodegas con productos de este lugar. De golpe comienzan a empujarnos por detrás, y en un segundo Oriol tiene todas las cremalleras de la mochila abiertas. Por suerte no han tenido tiempo de coger nada; se la pone colgada hacia delante, y a base de gritos conseguimos por fin que nos enseñen lo que tienen. Nos ofrecen un vino carísimo, y cuando pedimos algo más baratito nos sacan una botellita rechoncha muy curiosa de vino dulce. La compramos a un precio que nos parece correcto pero, al revisarla con cariño (que esté bien cerrada, etiquetas, etc.) me doy cuenta de que el precio está impreso en pequeño en la etiqueta. Evidentemente, hemos pagado de más. Cuando se lo decimos al tipo que nos ha atendido, nos devuelve refunfuñando la diferencia. Y por fin salimos de ese lugar caluroso y claustrofóbico, regresamos al hotel y encargamos un taxi para el aeropuerto.

Niñas uniformadas regresando del colegio.

Horas después, todo queda atrás y vemos las lucecitas de la gigante Nueva Delhi alejándose por la ventanilla del avión. Cierro los ojos, y sé que tardaré años en asimilar todo lo que he visto, oído, olido y sentido. La India es un país difícil, que a veces puede tratarte incluso mal, pero a la vez es un país único que no ha perdido su identidad, un país en el que a cada minuto puedes aprender algo, y aunque sea un tópico, un país que nunca podría dejar indiferente a nadie. Y a medida que pasen los días, sé que iré recordando con más cariño y nostalgia todos los detalles: los colores, la ropa, las caras, las sonrisas, la comida… Me duermo pensando que en pocos días regresaré al trabajo, y que sin duda me irían bien tomarme otras vacaciones de estas vacaciones. Quizás el año que viene…

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