Día 18: Nueva Delhi

Nueva Delhi, la Capital
“From Kashmir”

Desayunamos una vez más en el Caffe Coffee Day, pues nos apetece algo dulce. El mono abusón vuelve a estar cerca, así que decidimos alejarnos de la barandilla mientras el camarero procura barrer los rincones más alejados de la misma.

Kink Kong vigilando sus dominios.

De regreso al hotel, hacemos la maleta con La Gran Evasión de fondo, antes de salir a preguntar precios para ir al Aeropuerto de Gaggal, situado cerca de un pueblo llamado Kangra, desde donde tenemos previsto un vuelo para Nueva Delhi. Todos los taxis cobran lo mismo, 700 rupiazas. Y como no encontramos a nadie con quién compartir, nos toca pagarlas enteras. Es incomprensible: el pueblo está lleno de turistas pero no vemos a nadie llegar ni irse del mismo modo que nosotros. ¿De dónde sale todas esa gente? Volvemos al hotel para recoger nuestro equipaje y hacer el check-out. Pagamos 2.400 rupias, incluyendo dos noches de hotel, una comida y un servicio de lavandería.

Buscamos al que tenemos identificado como jefe para despedirnos y agradecerle la ayuda y el trato, pero resulta no ser el jefe. De hecho ni siquiera trabaja en el hotel: se trata del hombre que lleva la tienda que se encuentra en la misma la recepción, dentro del hotel, que como habla muy bien el inglés quiso ayudarnos. Y lo vimos tan seguro dando órdenes a los demás que simplemente asumimos que era el jefe. Nos desea un buen viaje y nos ofrece echar un vistazo a su tienda: Glorious Arts. Teniendo en cuenta lo mucho que nos ha ayudado y que en ningún momento nos ha pedido nada a cambio, con gusto entramos. Él se llama Rafiq Gosani Kumar, y lo cierto es que tiene unas pachminas preciosas, entre muchas otras cosas. Apenas hemos comprado nada para los nuestros (no somos de comprar chatarrilla), así que cada uno compramos para nuestras respectivas madres un espectacular pañuelo mitad pachmina y mitad seda, hecho en Cachemira. Le preguntamos de dónde es, y él nos responde con una sonrisa: “From Kashmir”. Nos cuenta que cada cierto tiempo regresa allí, compra nueva mercancía y la trae directamente a Dharamsala. Si queréis comprar pañuelos bonitos y de calidad os recomendamos encarecidamente que paséis a ver esta tienda. Y sin tiempo para más, salimos corriendo para coger el primer taxi que encontramos que, tras una hora de curvas, nos deja en el aeropuerto.

La lluvia ha provocado que los ríos bajen revueltos.

Pero en el aeropuerto no hay nadie. Preguntamos y nos dicen que el vuelo se ha atrasado tres horas. Fantástico, y encima hemos venido con tiempo por lo que tenemos 5 horas por delante. Y como en el aeropuerto no hay nada, cogemos otro taxi para que nos lleve al pueblo más cercano. Llevamos las mochilas y tampoco hay nada interesante, así que decidimos buscar un ciber y navegar un rato. Encontramos un pequeño negocio regentado por mujeres jóvenes, y allí pasamos la próxima hora poniéndonos al día de lo que ha pasado en el mundo estas semanas, y viendo con rabia que ayer pasamos por alto el mail de Kingfisher avisando que el vuelo se retrasaba.

Después vamos en busca de un lugar para comer, y tras dar algunas vueltas finalmente encontramos un lugar con grandes ollas que al parecer contienen comida. No podemos decir “no spicy” porque la comida ya está hecha, y lo cierto es que es tan picante que a penas consigo comer. Y dudo que ese picante sea muy conveniente para nuestros estómagos, con lo que han sufrido..

Para ir al aeropuerto, situado a apenas 2km del pueblo, buscamos otro taxi. Y nos encontramos con una parada con 20 taxis, aunque los conductores están todos metidos en dos vehículos, de cháchara. Y resulta evidente que tienen pocas ganas de trabajar, pues tras pedirnos un precio excesivo, ni siquiera se preocupan en perseguirnos cuando nos vamos a buscar otras opciones. En ese momento echamos de menos a los tuc tuc, que se pegan por llevarnos. Pero tras ver que no hay más opciones, no nos queda más remedio que aceptar lo que piden, y en un segundo nos plantamos de nuevo en el aeropuerto. Y después de 500 exagerados controles de seguridad, por fin embarcamos. Y casi no me creo que hayamos conseguido llegar vivos hasta nuestra última parada, Nueva Delhi.

Tengo apuntado un tal Hotel Hari Piorko (4775, Main Bazar, near Chhe Tooti Chowkm Pahar Ganj), y con muchísimas dificultades el taxista consigue encontrarlo. Está situado en medio de un bullicioso bazar en el que se entremezclan hindúes y extranjeros, pues es una zona en la que hay bastantes hoteles y restaurantes. La zona nos gusta, y nos permitirá salir a pasear cuando anochezca, y perdernos en medio de los callejones llenos de puestos de fruta, verdura y todo tipo de comida con una pinta deliciosa. Es como un pequeño pueblo perdido en medio de la inmensidad de Nueva Delhi.

Tuc Tuc típico indio.

En el hotel nos enseñan dos habitaciones, una normalita por 1.200 rupias (ya asumimos que Nueva Delhi será más cara que el resto), y una realmente espectacular por 1.700. ¡Incluso tiene un acuario! Regateando, nos la dejan por 1.500 rupias. Pasaremos las dos últimas noches allí: ¿queremos darnos el capricho? Al fin y al cabo… ¡tan solo son algo más de 20 euros! Con ese dinero no te dejan ni dormir en un cajero en Barcelona… ¡Y tiene acuario! Nos dan la habitación “Taj Mahal” (los acuarios dan al interior pero también al exterior, cubiertos por una foto, desde donde se alimenta a los peces). Sin duda será la mejor habitación en la que habremos estado (el baño está bien, aunque no llega al nivel del hotel de Jaipur). La cama es la más cómoda del mundo, con unas almohadas grandes y mullidas, y enfrente hay un espejo que recubre la pared entera. La habitación es enorme, y realmente agradecemos el “lujo” de pasar allí las dos últimas noches.

Salimos a cenar, y por allí cerca damos con el Brown Bread Bakery. Una vez dentro, tenemos la sensación de estar en cualquier café de Europa. Aunque el sofocante calor, apenas aliviado por algunos ventiladores, enseguida te recuerda dónde estás realmente. El lugar está a reventar de turistas, probablemente porque el restaurante aparece en Trip Advisor o en la Lonely Planet. Rodeados de occidentales (afortunadamente es uno de los pocos momentos del viaje), el cuerpo nos pide comida occidental, así que cenamos pasta y hamburguesa, todo delicioso. En general las raciones son abundantes, así que con dos o tres platos solemos comer bien los dos (Oriol come más bien mucho, yo más bien poco, así que nos compensamos). Pagamos 330 rupias y salimos en busca de un cajero automático, pues casi nos hemos quedado sin dinero. Por allí cerca queda la estación de metro, y delante hay un cajero que nos permite sacar 7.000 rupias, dinero suficiente para pasar los últimos dos días. Luego paseamos saboreando los rincones del Main Bazaar.

Pero pronto el cansancio acumulado se hace demasiado evidente, así que decidimos ir a disfrutar de una comodísima noche en nuestra fantástica habitación.

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