OCEANÍA

Día 194: Wellington, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Nuestra puerta de entrada a la Isla Norte es la capital, Wellington. Remontaremos la isla hasta llegar a la ciudad principal de Nueva Zelanda, Auckland.

Lo mejor: pasear por Mount Victoria. Los bosques de esta montaña de Wellington se utilizaron para recrear los bosques de Hobbiton, donde los hobbits huyen y se esconden de un Black Rider.

Lo peor: no poder ver un partido de los All Blacks, la selección de rugby de Nueva Zelanda. El equipo es una leyenda dentro del mundo del rugby, deporte nacional del país. Nos habría gustado presenciar su famosa Haka, una danza ritual que realizan antes de cada partido para reivindicar su cultura maorí e intimidar al rival. Pero es temporada de críquet, no de rugby.

La foto: vaca Hereford, originaria de Inglaterra. Tal y como comentaba hace unos días, la industria de los lácteos (y de la carne bobina) ha crecido considerablemente en los últimos años en detrimento de la de la lana. Actualmente hay unos cinco millones de vacas, una por cada kiwi (neozelandés).

 

Día 193: Canterbury, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Últimas horas antes de cruzar el estrecho de Cook hacia la Isla Norte. Para algunos puede resultar una decepción tras haber conocido la Sur. Nuestro objetivo es que no sea así.

Lo mejor: encontrar un vuelo muy barato hasta Wellington. Cruzar en ferry nos saldría más caro y nos llevaría más tiempo, así que optamos por la opción más rápida y menos romántica.

Lo peor: dejar atrás las noches de caravana en medio de lugares mágicos, solitarios y gratuitos. Creo que no será tan fácil en la Isla Norte, más poblada y urbanizada.

La foto: paisajes como este son los que hacen que merezca la pena cruzar medio mundo. No sabemos cuanto tiempo seguirá salvaje esta tierra antes de ser también domesticada por el hombre.

 

Día 192: Canterbury, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Cuarta noche frente a un agitadísimo océano pacífico, en la playa de Kaikoura.

Lo mejor: conocer a Charles, un periodista inglés autor de varios programas de la BBC. Una vez al año viaja a Nueva Zelanda para practicar la pesca con mosca y escribir sobre ello. Como buen inglés, nos ha invitado a tomar el té en su caravana.

Lo peor: no avistar cachalotes, a pesar de todos nuestros esfuerzos. En las aguas de Kaikoura viven los solitarios machos (las temperaturas son demasiado bajas para las hembras y sus crías) de la tercera especie de ballena más grande del mundo (veinte metros de largo) y el animal con dientes más grande que existe. A pocos kilómetros de la costa hay un cañón de tres kilómetros de profundidad en los que cazan grandes presas como el calamar gigante.

La foto: lobo marino neozelandés. En esta zona habitan numerosas colonias de esta especie protegida que, oh sorpresa, también estuvo a punto de extinguirse por culpa de la caza indiscriminada.

 

Día 191: Marlborough, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Pasamos la tercera noche en un pequeño bosque.

Lo mejor: la carretera costera que discurre por el norte de la isla. A pesar de no ser tan famosa como la Great Ocean Road australiana, no tiene mucho que envidiarle.

Lo peor: las sandflies de día y, muy especialmente, los voraces mosquitos de noche. La cocina está en el maletero de la minúscula caravana, y cuando preparamos la cena la luz atrae a todos los bichos de diez kilómetros a la redonda.

La foto: en la isla sur se encuentra la Nueva Zelanda más auténtica, salvaje y pura. Son kilómetros y kilómetros de naturaleza sin a penas topar con seres humanos. Y es que solo un millón de personas habitan esta isla de 800 por 300 kilómetros -la mayoría en las ciudades-, por lo que la densidad es de menos de siete personas por kilómetro cuadrado. Una delicia.

Día 190: West Coast, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Segunda noche en la caravana, esta vez frente a un pequeño lago.

Lo mejor: las famosas Pancake Rocks de Punakaiki. La fuerza del mar y los géiseres verticales que se forman cuando crece la marea han erosionado tanto la piedra caliza que se han formado unas esculturas naturales.

Lo peor: las curvas. Aunque las distancias no sean muy grandes, la gran cantidad de curvas hace que algunos tramos se hagan mucho más largos de la cuenta (y que la carísima gasolina se esfume muy deprisa).

La foto: este es uno de los motivos por los cuales nos encanta recorrer este país es en caravana. Porque podemos dormir donde queremos y despertar frente a estos amaneceres.

Día 189: West Coast, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Alquilamos una pequeña caravana y ponemos rumbo hacia el norte, bordeando la isla sur en el sentido de las agujas del reloj. Pasamos nuestra primera noche en la caravana en lo alto de una montaña con vistas al mar.

Lo mejor: ver al fin al símbolo de Nueva Zelanda; el kiwi. Este curioso pájaro evolucionó en una isla sin depredadores, por lo que no tenía que hacer grandes esfuerzos por sobrevivir. Pero un día llegó el hombre blanco junto con un gran repertorio de animales contra los cuales el kiwi no sabía defenderse. Así que las poblaciones de las cinco subespecies comenzaron a caer en picado, pues solo el 5% de las crías sobrevivía. Ahora, para evitar su extinción, se recogen los huevos y se mantienen los kiwis a salvo hasta que son adultos (grandes como gallinas) capaces de defenderse en libertad.

Lo peor: el rapidísimo ritmo al cual están retrocediendo los glaciares Franz Josef y Fox. En los últimos seis años el calentamiento global ha acelerado la reducción de estos famosos iconos del país. Su proximidad con el Mar de Tasmania (a menos de veinte kilómetros), la vegetación boscosa húmeda que los rodea y su baja altura los convierte en únicos en el mundo.

La foto: Nueva Zelanda me hace pensar en mis abuelos. Está lleno de coches antiguos y de ovejas (ellos ya me entenderán). De hecho hay veinte millones de ovejas, cinco por cada habitante. En el pasado había dieciocho por persona, pero la industria de la lana ha caído en favor a la de los lácteos. 

Día 188: Fiordland, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Nos adentramos en tierra de fiordos, ríos y cascadas.

Lo mejor: el camino hasta el famoso fiordo Milford Sound. Son cinco horas de curvas a través de montañas y bosques, parando de vez en cuando para poder disfrutar del impresionante paisaje.

Lo peor: el cielo. Unos nubarrones se han apoderado de él, tapando el bonito azul que hace días que nos acompaña. Pero hemos tenido suerte y no ha llovido; con una media de precipitaciones anual de 6.813 mm en 182 días del año, este es uno de los lugares más húmedos de la Tierra.

La foto: Milford Sound (Piopiotahi en maorí) se adentra quince kilómetros desde el mar de Tasmania. Algunos de los acantilados que lo enmarcan y por los que caen grandes cascadas miden más de un kilómetro de alto.

 

Día 187: Southland, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Lo mejor: “salvar” animales. Conduciendo de noche hemos topado con varios animales perdidos o desorientados en medio de la carretera. Hemos podido ayudar a un perro, dos ovejas, un conejo y una zarigüeya.

Lo peor: dormir en el coche. Nada tiene que ver con pasar la noche en una caravana. Es incómodo, estrecho y hace frío, mucho frío.

La foto: faro de Nugget Point. Fue construido en 1869 para avisar a los barcos de la presencia de los pequeños islotes rocosos en uno de los puntos más al sur de Oceanía y más cercanos a la Antártida.

 

Día 186: Southland, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Alquilamos un pequeño coche para explorar The Catlins, al sureste de la isla sur.

Lo mejor: ver a un pingüino de ojo amarillo en Curio Bay. Por desgracia está en peligro de extinción; solo quedan unos seis mil ejemplares y está considerado por BirdLife International como la especie de pingüino más rara del mundo.

Lo peor: que nos cancelen nuestra próxima relocation. Es uno de los principales riesgos de este sistema: pueden cancelarla hasta el último minuto. Así que durante los próximos días tendremos que improvisar.

La foto: paseando por la playa hemos topado con esta hembra de león marino de Nueva Zelanda. Si nos acercábamos demasiado a ella nos atacaba, lo cual no es de extrañar pues hace décadas los maoríes los cazaban por su piel y llevaron la especie al borde de la extinción.

 

Día 185: Canterbury, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Nuestra primera ruta ha discurrido por el interior de la Isla Sur entre grandes lagos azules, cada cual más impresionante. Hoy llegamos a Queenstown y nos despedimos de nuestra caravana.

Lo mejor: pasear por Queenstown, a orillas del lago Wakatipu. Aunque caro, es un pueblo muy agradable especialmente popular para practicar deportes de aventura.

Lo peor: estar a punto de ser generosamente multados por hacer un cambio de sentido donde no debíamos. El amable y extremadamente educado policía nos ha parado, nos ha preguntado, nos ha escuchado, nos ha aleccionado, ha tomado nota de nuestros datos y, al final, nos ha perdonado.

La foto: Lago Tekapo. Como en el caso del Lago Pukaki, el intenso color azul se debe a unas partículas muy finas de flúor glaciar que yacen en las rocas del fondo del lago.

 

Día 184: Canterbury, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Estamos llegando al final del verano, el cielo es azul y el sol brilla. Durante el día la temperatura es agradable, pero cae en picado durante la noche.

Lo mejor: la luz. Nueva Zelanda tiene una luz particular que hace que sea especialmente fotogénica.

Lo peor: el precio de la gasolina. El litro cuesta más de dos dólares, casi el doble que el gasóleo o la gasolina en Australia.

La foto: el impresionante paisaje. Avanzamos por la carretera con la boca abierta, mirando delante, a los lados, detrás. Parando a menudo para contemplar cada montaña, lago, valle, río, prado…

 

Día 183: Canterbury, Nueva Zelanda

© 2015 Miss Fogg

Llegamos a las antípodas, al país de los kiwis, de los All Blacks y de El Señor de los Anillos: a Nueva Zelanda o, en maorí, a Aotearoa; “Tierra de la gran nube blanca”. Hemos vuelto a tener suerte con el transporte: esta vez nos dejan una caravana mediana, ni tan pequeña como la primera ni tan grande como la segunda. Tenemos que llevarla al sur, a Queenstown. Nuestro punto de partida es Christchurch, ciudad principal de la Isla Sur.

Lo mejor: los neozelandeses. Los “kiwis” son extremadamente educados y amables. Un ejemplo: los conductores de autobús. Se preocupan por saber a dónde vas, por guiarte, por dejarte lo más cerca posible de tu destino y por darte consejos sobre su país.

Lo peor: estar en temporada alta. Nos hemos planteado la opción de alquilar una caravana en caso de que no aparezcan relocations, pero nos hemos encontrado con que ya no queda ninguna disponible.

La foto: Lago Pukaki. Nos hemos ido a dormir y despertado viendo el reflejo del Monte Cook, la montaña más alta de Nueva Zelanda (3.724 metros). Forma parte de los Alpes Neozelandeses, y es mundialmente conocido por haber representado el Monte Caradhras en El Señor de los Anillos.

Día 182: Great Ocean Road, Australia

© 2015 Miss Fogg

Última etapa: Apollo Bay – Melbourne. Número de kilómetros recorridos desde Uluru: 3.000. Y último día en Australia antes de partir hacia Nueva Zelanda.

Lo mejor: la sensación de haber exprimido este mes en Australia al máximo. Llegamos con desconfianza por las distancias y los precios, pero nos vamos satisfechos de haber visto una parte importante del país manteniendo a raya los gastos para poder seguir viajando. 

Lo peor: saber que Australia ha sacrificado a escondidas a 686 koalas debido a “problemas de superpoblación”. Mientras los voluntarios de Port Macquarie dedican sus vidas a salvarlos y cuidarlos, su gobierno los asesina impunemente.

La foto: koala salvaje. En Port Macquarie vimos koalas salvajes heridos y enfermos y hoy, por fin, los hemos podido ver sanos y en libertad. Hemos seguido el rastro de eucaliptus pelados y ¡bingo! Una colonia de koalas durmiendo abrazados a las ramas. Aunque alguno se ha despertado durante unos segundos, enseguida ha retomado el sueño para poder dormir sus 22 horas diarias.

Dia 181: Great Ocean Road, Australia

© 2015 Miss Fogg

Sexta etapa: Twelve Apostles – Apollo Bay. Y frente a los Doce Apóstoles se cumplen seis meses desde que emprendimos este viaje.

Lo mejor: dormir frente al mar. En Queensland el ruido que oíamos era de olas. Aquí el eco del mar resuena en las gargantas y se mezcla con el del viento. La caravana no ha dejado de tambalearse en toda la noche, algo inquietante y emocionante a la vez.

Lo peor: el viento. Es tan fuerte que cuesta mantenerse en pie y la sensación térmica es muy fría. Las olas golpean brutalmente las paredes de los acantilados, y resulta fácil imaginar por qué se han hundido tantos barcos en estas aguas.

La foto: los Doce Apóstoles, la joya de la corona del Parque Nacional Port Cambell. En realidad solo había nueve agujas de piedra caliza, y hoy ya solo quedan siete. La erosión provocada por el viento y el agua es tan fuerte que los Apóstoles se van volviendo más y más finos hasta que se derrumban.