Tailandia

Día 78: Chiang Rai, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

Mañana expira nuestro visado, así que tenemos que abandonar el país. No pretendíamos quedarnos tanto tiempo, pero Tailandia nos ha atrapado con su diversidad, su amabilidad y su exotismo.

Lo mejor: tras un mes aquí, podemos confirmar el tópico. Tailandia es, en efecto, el país de las sonrisas. La amabilidad forma parte de su identidad cultural y, con ella, los tailandeses consiguen que uno se sienta realmente acogido. No es de extrañar que tantos occidentales decidan quedarse.

Lo peor: planear el día de mañana. Cruzar fronteras nunca es fácil y, aunque la de mañana no es de las problemáticas, tenemos que coger un bus a las 6h, luego un tuk tuk, sellar el pasaporte, cruzar el Mekong (que hace de frontera) en barca, tramitar el visado de Laos y coger otro tuk tuk para alcanzar el barco que sale a las 11h hacia Luang Prabang, en un crucero de dos días por el Mekong.

La foto: campesina bajo el sol. Hoy nos hemos adentrado en el campo, sin rumbo, para poder conocer la vida rural. Durante el camino, hemos ido topando con distintos grupos de campesinos segando trigo con hoces. En Tailandia, como en otros países asiáticos, hay una cierta obsesión por la piel blanca. Para protegerse del sol y evitar el bronceado, a menudo van completamente tapados, especialmente las mujeres.

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Día 77: Chiang Rai, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

Chiang Rai alberga a la vez el cielo y el infierno en forma de dos edificios: el Templo Blanco y la Casa Negra.

Lo mejor: el clima, uno de los mejores de Tailandia. Las noches y las mañanas son frescas, un alivio después de semanas de calor y humedad.

Lo peor: la Casa Negra Bandaam Museum. En mi opinión es el museo de los horrores. Está compuesto por cuarenta edificaciones oscuras y tétricas decoradas con partes de animales: muebles hechos a base de cuernos de buey, colchas de piel de oso, de lobo o de tigre (cabezas incluidas), tapetes de serpiente, alfombras de cocodrilo con sus respectivos cráneos…

La foto: el Templo Blanco Wat Rong Khun. A pesar de estar aún en construcción, este templo budista contemporáneo se ha convertido en la joya de Chiang Rai. El blanco inmaculado de la obra, su principal atractivo, representa la pureza de Buda. Su diseñador quiso plasmar la idea de que “para llegar al cielo, el hombre debe pasar antes por el sufrimiento” y, por ello, para llegar al templo principal (el Nirvana) antes hay que cruzar un puente sobre un estanque de peces blancos y un foso. Un foso del cual surgen quinientos brazos esculpidos en cemento que se alzan pidiendo ayuda y limosna, representando la angustia y las miserias humanas.

Día 76: Chiang Rai, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

Chiang Rai es una tranquila y pequeña ciudad del norte, no lejos del Triángulo Dorado (o Tríangulo del Opio), lugar en el que se cruzan las fronteras de Tailandia, Birmania y Laos.

Lo mejor: pasear por el enorme mercado nocturno de Chiang Rai. Más allá de las tiendas habituales de ropa y de los centenares de puestos de comida, hay bastante artesanía y objetos muy originales. Lástima que en la mochila no nos cabe ni un lápiz. Y hemos vuelto a presenciar cómo todo se detiene a las 18h, al sonar el himno nacional.

Lo peor: la música en directo. Los escenarios son más que habituales en lugares concurridos, pero el grado de desafinación suele ser bastante importante entre los artistas invitados.

La foto: Nephila Maculata cerca del margen de la carretera. Las ciudades y los caminos están construidos allí donde antes había selva, así que la naturaleza está presente por todas partes y en todas sus formas. Es recomendable revisar los zapatos antes de ponérselos, porque pueden ser cuevas muy tentadoras para toda clase de huéspedes.

 

Día 75: Chiang Mai, Tailandia

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Último día en Chiang Mai. Mañana: Chiang Rai.

Lo mejor: visitar el Parque Nacional Doi Suthep-Pui en moto. Primero hemos visto la cascada Monthathan, luego el templo Wat Phrathat Doi Suthep y finalmente un pueblo tribal llamado Khun Chankian Hmong. En este pueblo habita una de las muchas etnias del norte, los hmong, una tribu pobre con un idioma, cultura, arte y tradiciones propios.

Lo peor: no encontrar una gasolinera cuando la necesitas. Lo cual no deja de ser curioso, pues está lleno de automóviles. Hemos tenido que comprar una botella de licor llena de gasolina en el poblado hmong.

La foto: niña de la tribu hmong. Esta pequeña pedía dinero a los turistas, bajo la atenta mirada de su madre, frente a uno de los dragones que custodian la entrada del templo Wat Phrathat Doi Suthep. Con motivo del Día Universal de la Infancia (que tuvo lugar ayer), me gustaría hacer mención a las trágicas consecuencias de dar limosna a los niños. Aunque los turistas lo hagan de buena fe, este acto es una condena para ellos. Es enviar un mensaje muy claro a los padres: “tu hijo es más rentable en la calle que en la escuela”.

 

Día 74: Chiang Mai, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

Día tranquilo en la segunda ciudad más grande de Tailandia.

Lo mejor: perdernos en el centro histórico de Chiang Mai. El casco antiguo es un cuadrado de 2 km de lado, claramente definido por un foso y los restos de una muralla que se construyó para defender la ciudad de los ataques birmanos. Es un pueblo apacible en el corazón de una bulliciosa ciudad, un lugar lleno de rincones secretos, con templos y palacios, escuelas y universidades, casas de huéspedes, jardines y callejuelas.

Lo peor: no encontrar nunca una papelera cuando la buscas. Lo cual no deja de ser curioso, pues las ciudades están bastante limpias.

La foto: animadoras durante el Día del Deporte. Hoy celebraban una gran competición deportiva entre varias escuelas, cada una representada por un color. Nosotros solo hemos presenciado la ceremonia de entrega de premios, una auténtica fiesta en la que atletas y animadoras gritaban, bailaban y lloraban cada vez que su escuela recibía alguna copa. Lo más curioso eran los uniformes de las animadoras, que parecían más bailarinas de can can que otra cosa.

 

Día 73: Chiang Mai, Tailandia

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El elefante asiático está en peligro de extinción. Hace un siglo había millones de ejemplares en el mundo, 100.000 de ellos en Tailandia. Hoy se estiman menos de 30.000… en todo el mundo. En Tailandia quedan 3.000: la mitad afortunada vive salvaje en reservas naturales mientras que los 1.500 restantes son animales domésticos. Y aquí viene lo que no sabemos o no queremos saber. ¿Cómo se domestica un elefante? ¿Cómo llega un animal de 5 toneladas a obedecer mansamente a un hombre de 70 kilos? Tristemente, solo hay una respuesta: le rompen el alma.

El pajaan es un método brutalmente cruel que forma parte de la cultura tailandesa. El animal es separado de forma traumática de su madre y es encadenado, aislado y encerrado en una minúscula jaula durante días. Se le priva de comida, de agua e incluso de sueño. Es montado por primera vez a la fuerza. Es torturado día y noche, golpeado y pinchado con palos con clavos en las zonas más sensibles del cuerpo (ojos y orejas) repetidamente hasta que un día, confuso, atemorizado y roto, deja de resistirse y se somete al ser humano. A menudo, el animal se queda ciego o muere durante este proceso.

El elefante nunca olvida y, al salir de esa jaula, obedecerá a su mahout durante el resto de su vida por temor al ser humano. Cargará turistas en la espalda, mendigará en las calles, pintará cuadros, hará piruetas y trucos, cualquier cosa para no sufrir de nuevo, perseguido para siempre por el recuerdo del dolor.

Afortunadamente, existen tenues y frágiles rayos de esperanza para ellos. Hay gente como Sangduen Chailert (Lek) que funda lugares mágicos como Elephant Nature Park. Lek rescata a elefantes esclavizados, maltratados y traumatizados, muchos de ellos físicamente destrozados, los cura, los cuida y les devuelve el derecho a vivir dignamente. En este santuario donde los visitantes estamos al servicio del elefante (y no al revés) hoy viven 41 ejemplares en semi libertad, algunos nacidos aquí. Los animales se mueven libremente en un enorme espacio natural, forman manadas, se reproducen, comen y beben durante la mayor parte del día, se bañan en el río y reciben toda la atención médica que necesitan. Jamás son encadenados, ni golpeados, ni montados, ni forzados. Algunos podrán ser libres algún día, otros vivirán el resto de sus días aquí, a salvo, lejos de los horrores del pasado.

Visitar este santuario ha sido una de las experiencias más gratificantes que hemos vivido, no solo por haber pasado el día rodeados de estos increíbles animales sino, sobre todo, por haber apoyado una de las únicas iniciativas en Tailandia cuya finalidad real es el bienestar de los elefantes, no el negocio a su costa.

 

Día 72: Chiang Mai, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

Teníamos ganas de llegar a esta ciudad del norte. Es un lugar al que todo el mundo recomienda ir. Sentíamos curiosidad, queríamos saber ¿qué tiene Chiang Mai que gusta tanto? Esperamos poder responder pronto a esta pregunta.

Lo mejor: conocer a Tom y a Karla, una pareja de norteamericanos que llevan tres meses viviendo en Chiang Mai y varios años viajando por el mundo. Es curioso, algo tiene esta ciudad que atrapa al viajero. Son varias las historias de gente que venía por unos días y ha terminado quedándose largas temporadas.

Lo peor: cómo vuelan los bahts. Es cierto que la vida en Tailandia es barata, pero no tanto como en otros países del sureste asiático. Unos bahts por aquí, otros bahts por allí (en nuestro caso siempre justificados), y al final del día llegas al hotel con los bolsillos vacíos.

La foto: Wat Chedi Luang (‘Templo de la Gran Estupa’). Este templo de estilo Lanna, situado en el centro histórico de Chiang Mai, fue construido en el siglo XIV por el rey Saen Muang para enterrar las cenizas de su padre. Tuvo el honor de albergar el famoso Buda Esmeralda, pero este fue trasladado en el siglo XVI cuando un terremoto dañó gravemente el templo. Aunque es precisamente su estado deteriorado lo que le da cierto encanto, así como estar siempre rodeado de monjes.

Día 71: Sukhothai, Tailandia

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Hoy hemos recorrido las ruinas de la capital del antiguo Reino de Sukhothai. Durante 200 años fue el primer gran reino de lo que se conoce hoy como Tailandia, hasta que en 1438 fue absorbido por el Reino de Ayutthaya.

Lo mejor: alquilar una moto para visitar las ruinas. Circular por la izquierda ya no es una problema, y la libertad de disponer de vehículo propio lo hace todo mucho más rápido y sencillo.

Lo peor: no poder pegar ojo en toda la noche por culpa de los pájaros. Al estar rodeados de selva, el ruido de los animales es ensordecedor, especialmente el de las aves. Las había a miles, y han decidido ponerse a gritar todas juntas frente a nuestra ventana.

La foto: Wat Mahathat, la joya de la corona. Fue el templo principal del Reino de Sukhothai y es el más impresionante del parque histórico. La zona está repleta de lagos y estanques con nenúfares, lo cual da un toque de color y calidez a los restos arqueológicos.

Día 70: Sukhothai, Tailandia

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La cocina tailandesa es una de las mejores de Asia. Como en la mayoría de países del continente, su ingrediente principal es el arroz y, de hecho, es su principal exportador mundial. En tailandés, ‘comer’ se dice kin kao, que significa literalmente ‘comer arroz’.

Lo mejor: encontrar comida en cualquier lugar, a cualquier hora, de cualquier tipo y a cualquier precio.

Lo peor: el picante. De vez en cuando, topas con algún plato tan exageradamente picante que cuesta respirar.

La foto: puesto de fruta en un mercado nocturno de Sukhothai. Los tailandeses comen en la calle; es tan barato que sale más a cuenta que comer en casa. Muchas casas no tienen cocina, ni la necesitan. En cualquier esquina encuentran a alguien cocinando algún plato de arroz, fideos o sopa, una freidora con pinchos de carne, una parrilla con pescado o puestos de fruta o dulces.

 

Día 69: Ayutthaya, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

Hoy hemos recorrido las ruinas de Ayutthaya, capital del Reino de Siam entre 1350 y 1767, cuando fue destruida y saqueada por los birmanos.

Lo mejor: explorar sus rincones en bicicleta por la mañana y en canoa por la tarde; los wat, las pagodas, las estupas, las prang y por supuesto centenares de Budas, muchos vestidos, bastantes decapitados, algunos de oro, unos pocos reclinados y un par de ellos colosales.

Lo peor: ver elefantes esclavizados, cargando sillas con turistas, vistiendo disfraces absurdos, envueltos en cadenas, haciendo trucos estúpidos y siendo golpeados por sus mahouts en caso de no obedecer sus órdenes. Pronto dedicaré un post a este tema.

La foto: “el Buda de las raíces”, en Wat Mahathat. Nadie sabe cómo llegó a entrelazarse una cabeza de Buda con las raíces de esta enorme higuera. Unos dicen que el árbol simplemente creció a su alrededor durante el periodo en el que el templo permaneció abandonado. Otros creen que alguien la escondió para evitar que fuera saqueada por los birmanos. Es probable que el misterio que la envuelve haya contribuirla a hacerla tan famosa.

 

Día 68: Ratchaburi, Tailandia

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Hoy hemos visitado otro mercado flotante: esta vez, el más grande y turístico, mucho más que el de Amphawa.

Lo mejor: ver a los monjes budistas a primera hora de la mañana. Cada día, entre las 5h y las 7h, salen a la calle a aceptar donaciones de la gente. Generalmente se trata de comida, pero también reciben jabón, velas u otros objetos de primera necesidad. Viven de ello. Los budistas creen que estas buenas acciones les traerán suerte en esta vida o en la próxima.

Lo peor: el extenso y normalizado uso de animales para fines turísticos. El mercado estaba lleno de boas y pitones con las que hacerse fotos y, muy cerca de aquí, se encuentran los populares espectáculos con tigres, elefantes, cobras o cocodrilos.

La foto: el gran mercado flotante de Damnoen Saduak. Al llegar al canal principal nos hemos encontrado con decenas de turistas, barcas con turistas y souvenirs para turistas. Intentando huir de ello, hemos entrado en un canal secundario y hemos topado con un auténtico mercado. Ancianas adorables con grandes sombreros de mimbre, cada una en su canoa de madera, remaban de un lado a otro para comprar, vender e intercambiar mercancía entre ellas: fruta, verdura, pescado, fideos de arroz, flores, bebidas… Aunque nos sonreían tímidamente, ellas iban a lo suyo. Y aquí, en este pequeño canal, hemos pasado la mañana viendo la tranquila danza de las canoas.

Día 67: Bangkok, Tailandia

 © 2014 Miss Fogg

Último día en Bangkok antes de poner rumbo hacia el norte.

Lo mejor: la normalidad con la que se vive la homosexualidad y la transexualidad en Tailandia. De hecho, es uno de los países donde más visibilidad tienen las kathoey o ladyboys, personas nacidas como hombre pero con apariencia actual de mujer. Están integradas de forma natural en la sociedad y en la vida laboral tailandesa, algo de lo que estamos aún muy lejos los países occidentales.

Lo peor: la marabunta nipona en el Gran Palacio. Hoy en Japón no había nadie, estaba todo el mundo aquí. Hemos llegado muy pronto al palacio esperando ser los primeros en entrar, pero 300 grupos de japoneses habían tenido la misma idea.

La foto: el Gran Palacio Real. Este complejo de edificios de 218.400 m² sirvió como residencia real entre los siglos XVIII y XX. Aquí todo es grande, todo es de oro, todo brilla y cada templo es más espectacular que el anterior. De hecho, aquí se encuentra el templo budista más importante de Tailandia, Wat Phra Kaew, dentro del cual se halla el famoso Buda Esmeralda. Si llevas unos prismáticos podrás ver los 45 cm de Buda de jade verde con vestimentas de oro que, rodeado de historia y leyendas, constituye un importantísimo símbolo religioso y político de Tailandia.

 

Día 66: Bangkok, Tailandia

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¿Sabíais que el nombre real de Bangkok es Krung Thep Mahanakhon Amon Rattanakosin Mahinthara Yuthaya Mahadilok Phop Noppharat Ratchathani Burirom Udomratchaniwet Mahasathan Amon Phiman Awatan Sathit Sakkathattiya Witsanukam Prasi?

Lo mejor: pasear por Lumphini. Este parque rodeado de edificios es el pequeño pulmón de Bangkok. Es divertido ver a grandes grupos de gente de todas las edades practicando aeróbic, baile o yoga, o a los grandes varanos cerca del lago, o cómo todo el mundo se detiene a las 18h al sonar el Phleng Chat, el himno nacional.

Lo peor: los conductores de tuk tuk. Por culpa de los farang (‘blancos’) inocentes, por norma siempre intentan timar a todos los occidentales. Por ejemplo: por una carrera que en taxi cuesta 100 bahts, ellos pueden pedir 400 bahts. Hemos probado de negociar varias veces con ellos (porque es un transporte rápido y entretenido) pero nunca nos ponemos de acuerdo sobre el precio. Seguiremos intentándolo.

 La foto: combate de muay thai. Este tipo de boxeo es deporte nacional y uno de los símbolos de Tailandia. Hemos visto cuatro peleas a pie de ring, donde nos llegaba el sudor, la saliva y la sangre de los luchadores. Antes de comenzar cada pelea, los boxeadores practican un ritual para mostar respeto al maestro (wai kru) y una danza para calentar y concentrarse (ram muay). En la foto, el combate entre un algeriano (azul) y un tailandés (rojo). La danza del algeriano ha sido espectacular y, tras cinco disputadísimos rounds, ha ganado el combate.

 

Día 65: Bangkok, Tailandia

© 2014 Miss Fogg

No pretendíamos quedarnos tanto tiempo en la capital pero nos está gustando más de lo que pensábamos.

Lo mejor: que de repente todo se congele; los coches desaparezcan, la gente salga de sus casas y se quede quieta en las aceras, y la calle se llene de policía. Antes de saber lo que estaba pasando han volado 12 coches frente a nosotros: 3 de policía a la cabeza, 6 iguales de color crema en medio y 3 más de policía cerrando la veloz caravana. La reina Sirikit Rajini iba en el segundo coche color crema. En Tailandia los reyes son venerados casi como divinidades: su imagen está presente en las calles y las casas, sus cumpleaños son fiesta nacional, son intocables y es considerado delito cuestionarlos u ofenderlos.

Lo peor: el tráfico. Es infernal. En horas punta es mucho más recomendable coger transportes alternativos como el skytrain, el metro, los ferries o incluso los moto-taxis.

La foto: Wat Arun (‘Templo del Amanecer’). Este templo budista, elaborado a partir de porcelana china y conchas marinas, es uno de los más importantes de Tailandia. Su prang (‘torre’) principal mide 82 metros de altura y representa al Monte Meru, el centro del mundo según la cosmología budista. Pero llegar hasta arriba y poder disfrutar de las vistas sobre el río y la ciudad tiene un precio: hay que subir unos cuantos muchos escalones o, más exactamente, escalar pequeños muros.