Laos

Día 96: Don Khon, Laos

© 2014 Miss Fogg

Último día en Laos. Un país con una naturaleza desbordante, un pueblo amable y tranquilo, y millones de rincones sin descubrir. Probablemente algún día cambiará, pero hoy este precioso país sigue conservando algo que muchos han perdido: su autenticidad.

Lo mejor: la extrema amabilidad de la gente. Más tranquilos que sus vecinos tailandeses, la mayoría de laosianos siempre tiene un saludo sincero y una sonrisa tímida que ofrecerte.

Lo peor: la tristeza de saber que dejamos atrás el país más bombardeado del mundo. Durante la Guerra Secreta con los Estados Unidos, más de dos millones de toneladas de explosivos fueron lanzadas, de las cuales al menos el 30% no llegaron a estallar. De hecho, hoy aún quedan más de ochenta millones de bombas sin detonar esparcidas por todo el país.

La foto: allí donde mires, hay un niño. Las calles están llenas de críos jugando, en el mejor de los casos supervisados por algún hermano mayor. Con una edad media inferior a los veinte años, Laos tiene la población más joven de toda Asia. A veces parece que estés paseando por Nunca Jamás.

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Día 95: Don Khon, Laos

© 2014 Miss Fogg

Ya deberíamos estar en Camboya, pero Don Khon no nos deja ir.

Lo mejor: las cataratas Khone Phapheng, la joya del Mekong. Sus diez kilómetros de longitud las convierten en las cataratas más grandes del sudeste asiático. Su fuerte caudal (cuatro veces mayor en la estación lluviosa) y la gran cantidad de obstáculos naturales hacen innavegable este tramo del Mekong.

Lo peor: la invasión de los geckos. Unos pocos no molestan, de hecho me gustan, pero es que nuestra habitación parece el festival de la lagartija. Cuando creen que dormimos salen todas a corretear como locas por el techo y las paredes.

La foto: puesta de sol desde el puente que une Don Khon y Don Det.

Día 94: Don Khon, Laos

© 2014 Miss Fogg

Hoy hemos explorado en bicicleta nuestra isla (Don Khon) y la de al lado (Don Det) junto a Mandy, una chica australiana.

Lo mejor: ver al escurridizo delfín de Irrawaddy. Son tímidos y solo salen a la superficie para respirar. Los hemos visto de lejos durante un buen rato, y yo ya he sido feliz. Pero cuando estábamos a punto de irnos uno ha decidido acercarse a la canoa y emerger un par de veces antes de desaparecer. Y aún he sido más feliz. Por desgracia, este raro delfín se encuentra en grave peligro de extinción. En el río Mekong quedan menos de cien ejemplares.

Lo peor: el aumento de precios que ha tenido lugar recientemente. Por ejemplo: ahora cruzar el puentecito que une Don Khon y Don Det son 35.000 kip por cabeza (3,5 €), entrar en las cataratas Khone Phapheng son 55.000 kip (5,5 €), y por las de Li Phi cobran 35.000 kip (3,5 €). El total por dos personas es de 250.000 kip, cuando hace a penas un par de años era de 150.000 kip.

La foto: cataratas Li Phi. A pesar de que últimamente hemos visto unas cuantas, estas son particularmente bonitas. Incluso hemos podido bañarnos en una zona en la que la corriente no era tan fuerte, todo un lujo teniendo en cuenta el calor que hacía.

Día 93: Don Khon, Laos

© 2014 Miss Fogg

No se me ocurre mejor forma de despedirnos de Laos que desde una de las 4.000 Islas de Si Phan Don, en el falso delta del Mekong.

Lo mejor: la sorpresa. Sí, Don Khon nos ha sorprendido muy gratamente. Nos ha acogido una isla verde y salvaje, con una vegetación exuberante y que aún no ha sido corrompida por el turismo. Sus habitantes viven despacio y relajados, rodeados de búfalos de agua, campos, ríos y cascadas.

Lo peor: la humedad pegajosa y los mosquitos.

La foto: madre y cría de búfalo dándose un baño en el río. Es la mejor manera de refrescarse y escapar momentáneamente de los insectos, que solo les dan tregua cuando se sumergen completamente, cabeza incluida.

 

Día 92: Meseta de Bolavén, Laos

 © 2014 Miss Fogg

Segundo día de ruta a través de uno de los lugares más salvajes de Laos.

Lo mejor: ver cómo viven los pueblos y las tribus de diferentes etnias. Aunque nos cueste distinguir los Katus de los Alaks o los Tahoys, cada uno tiene sus propias costumbres y tradiciones.

Lo peor: la mirada triste de un gibón enjaulado. Sus manitas buscando las mías, su posición encorvada y frágil, sus dedos largos intentando acariciar una herida que tengo en la rodilla… se me ha roto el corazón. El gibón de cresta negra está en peligro de extinción.

La foto: Tad Fane. Estas impresionantes cascadas caen paralelas desde una altura de 120 metros. Están ubicadas en un espacio natural protegido, escenario que las enmarca y las hace aún más espectaculares si cabe.

 

Día 91: Meseta de Bolavén, Laos

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Primer día recorriendo la meseta de Bolavén en moto junto a nuestros nuevos amigos, Yeeks y Bett. Este plateau es conocido por sus grandes cataratas, sus plantaciones de café y de té y sus pueblos rurales.

Lo mejor: los niños de Tad Lo -la aldea encantadora en la que hemos parado para dormir- riendo a carcajadas viendo una película de Chaplin al aire libre. La escena es preciosa: la luna llena, una película en blanco y negro, muda y en francés, y decenas de caritas de felicidad iluminadas por la luz del proyector sobre una gran sábana.

Lo peor: no pasar más días en Tad Lo. Este pueblecito rodeado de cascadas no puede ser más acogedor y tranquilo: animales campando a sus anchas, chicos jugando a la petanca, niños pescando, buena comida y un precioso bungalow de madera con una hamaca en el porche.

La foto: anciana fumando un cigarro de opio liado con hojas de palmera.

 

Día 90: Pakse, Laos

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El bus nocturno hasta Pakse ha sido más agradable de lo que esperábamos. Hoy toca descanso para organizar los próximos días, los últimos que pasaremos en Laos.

Lo mejor: compartir experiencias con otros viajeros de Australia, Alemania y Francia.

Lo peor: echar de menos. Los días más tranquilos son los que más tiempo dejan para pensar.

La foto: monje en uno de sus quehaceres diarios. Es habitual verlos barrer el patio del templo, podar plantas y árboles, lavar las túnicas o realizar labores de carpintería.

Día 89: Vientián, Laos

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Último día en Vientián. Esta noche cogemos un sleeper bus para cruzar Laos en dirección sur.

Lo mejor: el templo budista Wat Si Saket. Es el único templo que sobrevivió la invasión del ejército Siamés en el año 1828, lo cual lo convierte en el wat más antiguo de Vientián. Para mi gusto es el más bonito de la ciudad.

Lo peor: tener que quitarnos los zapatos antes de entrar en cada templo (y en muchos establecimientos). Aunque la costumbre nos parece muy bien, es poco práctica cuando llevas zapatillas.

La foto: el famoso That Luang. Esta estupa budista recubierta de oro es el monumento más importante de Laos y un símbolo nacional. Lo cierto es que cuando los rayos del sol la iluminan desprende un brillo bastante espectacular.

 

Día 88: Vientián, Laos

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Nos vemos obligados a quedarnos unos días en la capital para poder tramitar el visado de Vietnam. Oh sorpresa: cuanto más dólares americanos estés dispuesto a pagar, más rápidos serán los trámites.

Lo mejor: pasear tranquilamente por la orilla del Mekong al atardecer, viendo Tailandia justo al otro lado del río.

Lo peor: no poder pegar ojo porque en el local de enfrente llevan dos días celebrando una boda.

La foto: familia en moto. La madre se tapa la cara por la gran cantidad de polvo que hay en la carretera. La moto es, junto a la bicicleta, el medio de transporte oficial en Laos. Hemos llegado a ver hasta seis miembros, contando a bebés y mascotas, subidos en un mismo vehículo. Y sin cascos, aquí no hacen falta.

 

Día 87: Vientián, Laos

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De entrada parece que no hay mucho que ver en ‘la capital más tranquila del mundo’.

Lo mejor: los niños laosianos. Son increíblemente simpáticos y divertidos. Allá donde vamos nos reciben siempre con un alegre hello! o sabaidee! moviendo efusivamente la manita. Como Alyn, una preciosa niña que ha salido corriendo de su casa para regalarme su chocolatina. Yo le decía que se la quedara, pero ella seguía con su bracito tendido y su gran sonrisa. Así que la hemos compartido.

Lo peor: la corrupción. Unos policías que tomaban el sol sentados en sillas de plástico nos han parado y pedido dinero alegando que habíamos girado por donde no debíamos. Viendo que decenas de motos hacían lo mismo delante de sus narices, hemos intentado razonar con ellos, pero solo querían dinero. La gente nos susurraba que les pagásemos algo, lo que fuera, como todo el mundo hace. Como la amabilidad no han funcionado, hemos cambiado de táctica: nos hemos puesto muy bordes. Se han quedado tan desconcertados que hemos aprovechado el momento de confusión para largarnos, sin que ninguno de ellos hiciera nada para evitarlo.

La foto: Buddha Park Xieng Khuan. Este lugar es tan curioso como caótico. Cuenta con más de doscientas estatuas y esculturas budistas e hinduistas construidas a base de hormigón armado. El espectáculo es esperpéntico, con muchos Budas, pero también otros dioses, monstruos, seres mitológicos, figuras extrañas y animales esparcidos sin ton ni son.

 

Día 86: Vientián, Laos

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© 2014 Miss Fogg

Día de traslado. Dejamos atrás las montañas, los valles y los pueblos del norte y llegamos a la capital estatal, Vientián.

Lo mejor: el plácido trayecto en bus. Ni rastro de las curvas infernales del tramo anterior desde Luang Prabang.

Lo peor: el proceso de elección de alojamiento. En Vientián hemos tenido que ver más hoteles y guesthouses que de costumbre antes de decidirnos. La calidad y los precios distan mucho de la excelente oferta de Vang Vieng.

La foto: puesto de venta de libros en el gran mercado nocturno de Vientián, a orillas del río Mekong. Una pareja decide si comprar bajo la atenta mirada del Príncipe Rojo Souphanouvong, primer presidente de Laos. Precisamente hoy, 2 de diciembre, día nacional, se cumplen 39 años de la fundación de la República Democrática Popular Lao después de que el movimiento comunista del Pathet Lao, liderado por Souphanouvong, derrocara la monarquía e instaurara el régimen actual.

 

Día 85: Vang Vieng, Laos

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Vang Vieng es un exdrogadicto en proceso de rehabilitación. Hace tan solo un par de años, este pueblo era uno de los lugares más salvajes y peligrosos del sudeste asiático. Todo un honor que le debía a algo llamado tubing, una actividad que consistía en dejarse llevar por la corriente río abajo a lo largo de 4 kilómetros, flotando sobre la cámara de un neumático de tractor y parando cada pocos metros para beber whisky, drogarse o tirarse en tirolina. Ello atrajo a miles de mochileros en busca de fiesta loca, y transformó a este tranquilo pueblo en un lugar lleno de hostales con música a todo volumen, bares en los que ver Friends las veinticuatro horas del día fumando cannabis, restaurantes en los que pedir pizza de opio o batido de hongos mágicos, y turistas borrachos deambulando medio desnudos por la calle. Divertido eh? Pues para muchos era el paraíso.

Lo mejor: hacer tubing. Sí, tubing. Y es que la cosa ha cambiado mucho en los últimos dos años. Cada vez había más heridos y morían más jóvenes ahogados o por fracturas de cráneo, hasta que fue insostenible y el gobierno actuó. Se cerraron la mayoría de bares, se retiraron las tirolinas y se prohibieron las drogas. El resultado: desplome del número de visitantes y posibilidad de disfrutar realmente del tubing, deslizándonos durante dos horas por el Nam Song, completamente solos, rodeados de paisajes maravillosos. Y con una botella de agua en la mano.

Lo peor: que los laosianos cobren por todo. Vayamos donde vayamos siempre hay que pagar algo (no mucho). Para cruzar el puente de bambú, para bañarnos en la Laguna Azul, para visitar la cueva Tham Poukham, para subir a la cima de la montaña Pha Ngeum…

La foto: niñas en un poblado cercano a Vang Vieng, de camino a la Laguna Azul.

 

Día 84: Vang Vieng, Laos

© 2014 Miss Fogg

El trayecto hasta Vang Vieng ha sido maravilloso y horrible al mismo tiempo.

Lo mejor: el paisaje. Avanzamos lentamente, rodeados de un verde intenso que se pierde donde alcanza la vista, con montañas de selva envueltas en niebla y nubes bajas abrazando acantilados sin fin. Espectacular.

Lo peor: el mareo. No hay tregua: siete horas de curvas, baches y golpes de volante constantes para esquivar pollos, patos, cerdos, perros, cabras, vacas, un par de búfalos, un cangrejo y, sobre todo, niños. Muchos niños. Porque Laos está lleno de niños. De hecho, en algún poblado no veíamos a un solo adulto.

La foto: puesta de sol en Vang Vieng. Este pequeño pueblo situado junto al río Nam Song, al abrigo de caprichosas formaciones cársticas, tiene un oscuro pasado… Mañana os lo cuento.

 

Día 83: Luang Prabang, Laos

© 2014 Miss Fogg

Hoy, como cada mañana desde que estamos en Luang Prabang, nos hemos levantado antes del amanecer para asistir a la ceremonia de entrega de limosnas. El Tak Bat es una antigua y sagrada tradición budista que tiene especial relevancia en Luang Prabang.

La foto: amparados en la oscuridad, pequeños grupos de monjes salen de la treintena de templos que hay en la ciudad, ataviados en sus túnicas naranjas, descalzos y con un cesto colgado del hombro. En fila india y por orden de edad, dando pequeños pero rápidos pasos, recorren las calles de Luang Prabang mientras amanece, en un silencio sobrecogedor. A medida que avanzan, los pequeños grupos se van juntando hasta formar una larga hilera con centenares de monjes. Los habitantes del pueblo aguardan arrodillados en las aceras, solemnes, con un cesto de arroz entre las manos, listos para hacer su ofrenda diaria. Los monjes pasan veloces, abriendo el recipiente a cada vez para recibir un pequeño puñado de arroz -u otro alimento- de cada fiel. De vez en cuando, son niños muy pequeños los que esperan de rodillas, pero su cesto está vacío; entonces los monjes devuelven una pequeña parte de las ofrendas.

Lo peor: los turistas, una vez más. La belleza y el misticismo de esta tradición la han convertido en algo muy popular, tanto que en determinados tramos del recorrido parece un parque temático. Ante las continuas faltas de respeto de los guiris (hacer ruido, utilizar el flash, interponerse en el camino de los monjes, vestir inapropiadamente, intentar participar en la ceremonia sin conocerla, etc.), las autoridades han tenido que publicar unas normas de conducta. Y ni así han conseguido que los turistas se comporten.

Lo mejor: acompañar a los monjes durante todo el recorrido. Son muchos los tramos en los que el silencio aún es sepulcral y se puede sentir la solemnidad del ritual. Al finalizar la recolecta, los grupos se separan para regresar a sus respectivos templos. Uno de ellos se halla al otro lado del Mekong, así que los acompañamos hasta la orilla para ver cómo suben a sus frágiles canoas para poder cruzar el río, luchando contra la fuerte corriente, alcanzar la otra orilla y subir unas escaleras estrechas y empinadas hasta su monasterio.