Irán

Día 30: Shiraz, Irán

© 2014 Miss Fogg

Último día en Irán. Último día de velo, manga larga y censura. Último día de welcomes, sonrisas desconocidas y mezquitas encantadas. Mañana cogemos un vuelo hacia los Emiratos Árabes. Apenas una hora separa un mundo nuevo de lujo, megalomanía y ostentación, de una cultura milenaria, cálida y tradicional.

Lo mejor y lo peor: la situación de la mujer. En nuestro último día y tras mucho observar y escuchar, desde la prudencia me atrevo a hablar sobre este tema. Son muchos los tópicos y las ideas preconcebidas que se han desmontado para mi. Otras, sin embargo, se han confirmado. Aquí va mi pequeño resumen:

En el pasado, las mujeres iraníes cultas y modernas lucharon por sus derechos. Sin embargo, con la revolución islámica de 1979 los perdieron en favor del conservadurismo religioso.

El Estado dictó unos estrictos códigos que afectaron y siguen rigiendo hoy la conducta y la forma de vestir de las mujeres.

La discreción debe imperar y, por ello, en público, la mayoría viste de negro o utiliza un chador encima de su ropa. Todas sin excepción deben cubrir brazos, piernas y cabello, y deben llevar una blusa o chaqueta larga.

Pero son muchas las jóvenes que llevan estas normas al límite y se peinan con grandes y llamativos moños, exageran su maquillaje, no cubren parte del cabello, muestran los antebrazos o incluso visten ropa ajustada y tacones. Una chica nos enseñó un vídeo en su móvil en el que se veía una fiesta de mujeres, vestidas con minifalda y lentejuelas, sin velos, bailando y contoneándose.

Nos ha llamado la atención no haber visto un solo burka (el de la reja) y un único niqab (el que deja ver los ojos), de una turista de Arabia Saudí. En Irán, las mujeres utilizan el hijab (velo) o el chador (“capa” negra).

La ley iraní otorga menos derechos a las mujeres que a los hombres, y les asigna la mitad de valor. Además, una mujer necesita el permiso de su esposo para trabajar fuera de casa o salir del país. Sin embargo, hemos conocido a mujeres trabajadoras viajando al extranjero por su cuenta, o chicas paseando solas por la calle y hablando con hombres desconocidos, o incluso parejas jóvenes mostrándose afecto en público.

Observando a las jóvenes, creo que hay esperanza para ellas. Creo que, lentamente y en silencio, hace tiempo que luchan por su libertad, y que un día la conseguirán y demostrarán al mundo que la mujer iraní no tiene nada que ver con lo que este piensa de ella.

La foto: la Mezquita Nasir al-Molk. Por fuera parece una mezquita más, pero por dentro es como un mundo de fantasía. Sus vitrales de colores capturan la luz y proyectan un arcoiris que baila en el interior del templo a medida que el sol cruza el cielo.

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Día 29: Persépolis, Irán

© 2014 Miss Fogg

Hoy nos hemos escapado a Persépolis (“Ciudad Persa”), capital ceremonial del imperio persa durante la época aqueménida.

Lo mejor: ser los primeros en entrar en Persépolis y en Naqsh-e Rostam (la pequeña Petra de Irán). Y pasear completamente solos rodeados de historia y leyendas, de puertas de piedra, columnas colosales, relieves imposibles, animales mitológicos alados y tumbas reales esculpidas en la montaña. E irnos justo cuando aparecen los autocares llenos de turistas y el calor comienza a apretar.

Lo peor: la contaminación en las ciudades. En Persépolis nos hemos dado cuenta de que, de pronto y a pesar del polvo del desierto, respirábamos mejor. Y si no me equivoco tiene que ver con el embargo al que está sometido Irán que, al no poder comprar petróleo, lo fabrica de mala calidad. Ello provoca que los coches contaminen mucho más y que se note en el aire de las zonas más urbanas.

La foto: la Puerta de Xerxes. Darío I El Grande comenzó la construcción de la ciudad (o, más bien, complejo palaciego real) en el año 512 a. C., y fue ampliado posteriormente por su hijo Xerxes I (el malo de la película 300) y su nieto Artexerxes I, entre otros. En 330 a. C. Alejandro Magno ocupó y saqueó Persépolis, e incendió el Palacio de Xerxes. Se dice que, en plena borrachera, Alejandro quiso vengar así el saqueo de Atenas por Xerxes I. Con el tiempo, Persépolis fue decayendo hasta ser finalmente abandonada.

Día 28: Shiraz, Irán

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Hoy se celebra el Eid al-Adha en todo el mundo musulmán, una festividad que conmemora la intención de Abraham de sacrificar a Ismael, su hijo, pasaje recogido tanto en la Biblia como en el Corán. Finalmente, Dios interviene y un cordero es sacrificado en su lugar, tradición que se ha mantenido hasta hoy. Afortunadamente, no hemos presenciado ningún sacrificio.

Lo mejor: ver cómo una anciana adorable con bastón y dificultades para andar decide meterse, de pronto y con sorprendente agilidad, en un hueco (supongo que sagrado) de una mezquita, sin que su hijo y nuera puedan hacer nada para impedirlo. La abuelita se ha quedado allí tumbada tan contenta durante media hora, con su diminuta nietecita a su lado imitándola, mientras el resto esperaban a que se cansara y saliera de allí.

Lo peor: una vez más, las omnipresentes obras. Andamios por doquier, monumentos tapados, obreros, escombros, polvo… Es evidente que llevan tiempo así y que, al ritmo al que avanzan, así seguirán durante bastantes años.

La foto: el santuario de Shah-e Cheragh, uno de los lugares más sagrados para los chiitas en Irán. Está prohibido entrar cámaras, por lo que solo he podido tomar esta imagen a escondidas con el móvil. En teoría, los no musulmanes no podemos entrar, pero hemos ido superando todos los controles y -tras ponerme un chador floreado- nos hemos mezclado con los fieles (hombres y mujeres por separado). En el interior se encuentra la tumba de Sayyed Mir Ahmad -uno de los 17 hermanos del Imán Reza- y el fervor religioso es palpable. Pero lo más impresionante son los millones de fragmentos de espejo que adornan los techos y las paredes de este placio de oro y plata con el propósito de sobrecoger a los peregrinos con un exagerado brillo hipnótico.

Día 27: Shiraz, Irán

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Aquí estamos. En la ciudad de los poetas y las mujeres, del vino, las flores y las luciérnagas, de los jardines espléndidos, de las mezquitas exquisitas, de los ecos de la antigua sofisticación.

Lo mejor: la cara -de sorpresa, admiración, incredulidad o éxtasis- que ponen los iraníes cuando la respuesta a su pregunta “where are you from?” es “Barcelona”. De hecho, hoy nos han invitado a ver el partido de liga contra el Rayo (narrado en farsi!).

Lo peor: ciertos aspectos recurrentes de los hoteles. Los desayunos son lamentables (un huevo duro, zumo envasado y poco más), las habitaciones no tienen cortinas opacas, la ducha no está delimitada (lo cual provoca inundaciones) y el wifi es ridículo.

La foto: la Mezquita Vakil. És la única superviviente de la dinastía Zand (1750-1794), durante la cual Shiraz fue la capital de Persia. Vale la pena coger el desvío que hay dentro del Bazaar Vakil para ver sus 48 columnas y sus preciosos motivos florales y arabescos.

Día 26: Isfahán, Irán

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Último día en la ciudad de Las mil y una noches antes de seguir en dirección al Golfo Pérsico, hacia Shiraz.

Lo mejor: conocer a Kurosh. Un arquitecto iraní que ha vivido 30 años en Londres y ha regresado para dirigir un importante despacho en Teherán (y casarse, hace dos semanas!). Con él hemos hablado de política, de la situación de las mujeres, de la censura, del desarrollo nuclear, de la relación entre Irán y occidente y de cómo las clases dirigentes condicionan las opiniones de unos y otros ciudadanos.

Lo peor: la invasión china. Según Sam, hay una festividad importante en China y han venido a miles, lo cuál ha provocado que todos los hoteles estén llenos. Así que no hemos podido reservar hotel en Shiraz (y si Sam no puede, nadie puede), y cuando lleguemos deberemos hacer ruta uno a uno hasta que encontremos habitación libre. Con western toilet, por supuesto.

La foto: el bazar. El de Isfahán nos ha parecido más abarcable, menos congestionado y más ordenado que el de Teherán. Las tiendas són concretas y muy especializadas: desde alfombras hasta especias, pasando por joyas, porcelana, lámparas o relojes.

Día 25: Isfahán, Irán

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Día 1 después de conocer la definición de hospitalidad.

Lo mejor: disfrutar de uno de los famosos helados que venden en la plaza Naghsh-i Jahan y no poder caminar diez metros sin que algún iraní nos pare para conversar: algunas veces para que compremos alfombras persas, otras para practicar inglés, pero en general por el simple placer de charlar, darnos la bienvenida, preguntarnos el archirepetidísimo “where are you from?” y saber qué pensamos de su país.

Lo peor: la censura en Internet. Millones de páginas como Facebook, Twitter, Youtube o de prensa internacional están prohibidas. También lo está WordPress, por lo que escribir cada día este blog a través de un proxy en el móvil resulta muy complicado.

La foto: la plaza Naghsh-i Jahan de la que tanto hablo. Vista de la mitad sur (mide medio kilómetro) desde la terraza del palacio de Ali Qapu, donde antiguamente el rey y sus invitados presenciaban el chugãn (parecido al polo), carreras de caballos, demostraciones de tiro y luchas de animales salvajes. Al fondo, la mezquita del Shah, delante de la cual se realiza el rezo de los viernes.

Día 24: Isfahán, Irán

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Hoy ha sido un día muy especial. Y, por ello, el post de hoy también lo es.

Esta mañana, visitando la catedral ortodoxa de Vank, en el barrio armenio, hemos conocido a un matrimonio de Estambul: Javad (iraní) y Zehra (turca), a su socio y a la hija de este. Tras visitar algunos monumentos con ellos e ir a tomar algo -no nos han dejado pagar absolutamente nada-, nos han invitado a comer a casa del hermano del socio (¡no recuerdo su nombre!).

Hemos sido recibidos en una enorme y lujosa casa por 25 personas sonrientes que, sin conocernos, nos han acomodado en dos grandes butacas y han procedido a servirnos comida: fruta, dulces, té, frutos secos y otras delicias iraníes. Era el aperitivo.

Cuando la comida ha estado lista, hemos podido escoger entre más de 15 manjares típicos. Nos han instalado en el centro del comedor y, cada pocos minutos, aparecía alguien ofreciéndonos un nuevo plato con una enorme sonrisa. Todo era delicioso y, a pesar de la insistencia de nuestros anfitriones en probarlo todo, ha habido un momento en el que hemos tenido que parar de comer.

Retirados los platos, hemos tomado el té y pasado la tarde charlando con esta encantadora familia que nos ha acogido y tratado como a sultanes sin conocernos absolutamente de nada. Cuando ha llegado el momento de irnos, un taxi nos esperaba en la puerta con la indicación de dejarnos en nuestro hotel. Por supuesto, ya estaba pagado.

Habíamos sido testigos de la amabilidad iraní, pero lo de hoy ha superado todo lo imaginable. Este es el auténtico Irán.

 

Día 23: Isfahán, Irán

© 2014 Miss Fogg

Resulta sencillo comprender por qué Isfahán es conocida como ‘la perla de Persia’. Esta preciosa ciudad, ubicada a mitad de camino entre el Mar Caspio y el Golfo Pérsico, fue un centro intelectual durante nuestra era oscura, la Edad Media. Hoy hemos tenido el privilegio de formar parte de ella, de compartir la alegría y amabilidad de su gente, y de comprender un poco mejor esta cultura milenaria.

Lo mejor: Sam. El gerente de nuestro hotel es, sin lugar a dudas, una de las personas más atentas y entregadas que hemos conocido. Este iraní de facciones occidentales se desvive por sus huéspedes, explicando detalladamente todo lo que puede hacerse y verse en su ciudad, proporcionando útiles consejos y solucionando problemas constantemente, siempre con una amabilidad extrema.

Lo peor: encontrar la exquisita Mezquita del Shah (Masjed-e Jameh Abbasi), considerada una de las obras maestras de la arquitectura persa, en proceso de restauración. Según Sam, es algo que debe hacerse cada pocos años a causa de la contaminación y de la lluvia ácida, que dañan el monumento.

La foto: el corazón de Isfahán es la Plaza de Naqsh-e Yahán. Declarada Patrimonio de la Humanidad, es una de las plazas más grandes del mundo (y probablemente una de las más hermosas). Rodeada por una arcada llena de tiendas, está flanqueada por un palacio, dos mezquitas (en la foto, la de Sheikh Lutfollah) y la puerta de acceso al bazar. En ella bulle la vida, sobre todo al atardecer, cuando el calor da un respiro. Familias enteras aparecen para tumbarse en el cesped, jugar en las fuentes o sentarse en los bancos de piedra y charlar mientras los monumentos se iluminan poco a poco. Es un lugar mágico.

Día 22: Teherán, Irán

© 2014 Miss Fogg

Último día en Teherán.

Lo mejor: que un señor, en plena calle, le regale una rosa roja a Oriol acompañada de un tierno “for you”, conmigo al lado como si no existiera.

Lo peor: acabar en un vagón de hombres en el metro embutidos como sardinas, con Oriol ejerciendo de escudo humano.

La foto: numerosos murales antiamericanos que rodean la antigua embajada estadounidense en Teherán recuerdan la crisis de los rehenes que tuvo lugar durante la revolución islamista de 1979.

La recomendación: imposible no recordar Argo –la película de Ben Affleck centrada en el plan de la CIA para rescatar a los 6 diplomáticos que lograron escapar de la embajada- ganadora del Oscar a la Mejor Película en 2012.

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Día 21: Teherán, Irán

021 Teheran© 2014 Miss Fogg

Movernos por Teherán no está siendo tan fácil como pensábamos. Las enormes distancias combinadas con el intenso calor (ir con brazos, piernas y cabeza tapados no ayuda) y que los taxistas no hablen inglés y quieran cobrarnos siempre de más hace que todo sea más complicado.

Lo mejor: a pesar de la barrera del idioma, la gran amabilidad y hospitalidad de los persas.

Lo peor: la moneda. A raíz de la crisis de las armas nucleares y el pago de multas por parte del gobierno, el rial iraní desplomó su valor. Resultado: vas por la calle con los bolsillos llenos de millones y cualquier cosa (una cena o un taxi) cuesta cientos de miles de riales. Y, por si no fuera suficiente, ellos hablan de ‘tomanes’ (1 tomán = 10 riales). No es fácil acostumbrarse a los billetes y al cambio.

La foto: esta encantadora familia nos ha pedido que le hiciéramos una foto. Probablemente porque se han dado cuenta de lo mucho que los mirábamos, y es que estas dos niñas tan bien vestidas y peinadas nos han llamado muchísimo la atención.

Día 20: Teherán, Irán

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Con cierta timidez, salimos a explorar la ciudad persa. Mucha gente, muchos coches, mucho ruido y muchas miradas de curiosidad allá donde vamos.

Lo mejor: el Grand Bazaar. Y la extraña sensación de que estamos husmeando en un lugar prohibido (y no me refiero al bazar).

Lo peor: cruzar la calle. Es lo más peligroso que se puede hacer en este país, porque los coches nunca paran, bajo ningún concepto. La única forma de hacerlo y no morir en el intento es esperar a que más gente quiera cruzar para hacer piña y pasar todos juntitos: solo entonces los coches acaban frenando un poco, lo justo.

La foto: la Torre Azadi es, en el mejor de los casos, lo único que muchos conocen de Teherán. Actual emblema de la ciudad, se construyó en 1971 para conmemorar el 2.500 aniversario del Imperio Persa con el nombre de Monumento Shahyad en honor al Sah (el emperador de Irán). Tras la revolución de 1979, cambiaron el nombre por su denominación actual, que significa ‘Torre de la Libertad’ en farsi.

Día 19: Van-Teherán, Irán

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Después de más de 24 horas en el legendario TransAsia Express, llegamos a Teherán en plena noche.

Lo mejor: en un viaje tan y tan largo, son dos los momentos que destacaré. El primero: escondernos en un pequeño barracón de la estación de Van a esperar el tren y terminar apretujados tomando el té con 15 divertidos trabajadores kurdos y charlando a gritos, ellos sin saber una palabra de inglés, sobre política, fútbol, religión y Catalunya. El segundo: contar con la inestimable ayuda de la genial Tahereh, una chica iraní muy moderna que nos hizo de traductora y nos solucionó un montón de problemas en el tren.

Lo peor: algunos momentos del viaje. Que el tren haya llegado dos horas tarde, que haya estado parado de madrugada durante cinco horas en ambos lados de la frontera para revisar los pasaportes, o que nos metieran a Yuri en el camarote, un mochilero chino enclenque de pelo largo y enmarañado que se alimentaba a base de galletas, iba muy perdido, nos seguía a todas partes y olía muy mal. Sospechamos que está detrás de la misteriosa desaparición de nuestras galletas.

La foto: otros muchos momentos del viaje han sido fantásticos. Por ejemplo, comer en el vagón restaurante tomando fotos desde la ventana -como esta- del paisaje persa: desiertos, oasis, montañas, bosques, cañones, pueblos, campos…