Camboya

Día 102: Phnom Penh, Camboya

© 2014 Miss Fogg

Phnom Pehn es una capital ruidosa. La basura maloliente se amontona en las esquinas y las aceras están totalmente invadidas por los comercios y las motos. Las mujeres llevan sombrero, la gente sale a la calle en pijama y cuesta más ver a un turista que en otros lugares.

Lo mejor: tras visitar el Palacio Real (el de Bangkok es mejor) y pasear por la orilla del río Tonlé Sap, hemos llegado a un mercado de fruta, verdura, carne y pescado. Por la cara que ponían las vendedoras, pocos occidentales pasan por allí. Recorrer los mercados locales es una de las mejores formas de conocer un lugar.

Lo peor: el turismo sexual. No entraré en el de menores, porque creo que merece más que una simple mención. Me refiero a los occidentales de mediana edad acompañados de jovencitas camboyanas. No es más que otra muestra del abuso de poder de occidente hacia los países menos favorecidos. Me repugna.

La foto: este niño tan pequeño ayudaba a su padre a recoger la basura en el mercado. Apenas sabía caminar. Camboya es el país del sudeste asiático en que la pobreza se ha hecho más evidente para nosotros.

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DÍA 101: Phnom Penh, Camboya

© 2014 Miss Fogg

Hoy nos hemos sumergido en el pasado reciente de Camboya a través dos lugares escalofriantes: la cárcel de tortura Tuol Sleng y el campo de exterminio Choeung Ek. El post de hoy está dedicado al genocidio camboyano, uno de los periodos más oscuros, crueles y macabros de la historia de la humanidad.

En 1975 los Khmers rouges, liderados por un psicópata que se hacía llamar Pol Pot, tomaron Phnom Penh e instauraron un régimen comunista radical. Nacía una nueva era: el año cero. Y un nuevo país: la Kampuchea Democrática. Con un objetivo: la “purificación” de la sociedad y la instauración de una utopía agrícola. Se prohibieron y eliminaron las ciudades, las infraestructuras, la educación, las escuelas, el dinero, el comercio, los libros, la cultura, el arte, la religión… Los extranjeros fueron expulsados, se cerraron las fronteras y el país fue plagado de minas terrestres.

En pocos días, las ciudades fueron vaciadas y sus habitantes desposeídos de toda pertenencia. Las familias fueron desmembradas y dispersadas por todo el país en “granjas de trabajo”. Por el camino murieron los más débiles: niños, enfermos, ancianos… Los que sobrevivían eran esclavizados, forzados a realizar jornadas de trabajo en el campo de 16 a 18 horas sin apenas comida. Eran los afortunados.

Porque la paranoia era el motor de Pol Pot, que inició una campaña para descubrir al “enemigo oculto”. Los “sospechosos” y sus familias eran enviados a escuelas reconvertidas en cárceles como Tuol Sleng, y torturados hasta que confesaban. Pero, ¿quiénes eran esos “sospechosos”? Los que no estaban de acuerdo con el régimen. Los que podían no estarlo. Los monjes budistas. Los cristianos. Los intelectuales. Los que parecían intelectuales. La gente con estudios. Los que conocían algún idioma. Los que llevaban gafas. Los que eran demasiado blancos. Los que tenían las manos demasiado suaves. Y, por supuesto, las minorías étnicas. Especialmente los vietnamitas. O los que hablaban vietnamita. Los que conocían a algún vietnamita. Los que parecían vietnamitas…

El veredicto era siempre el mismo: culpable. Y la sentencia también: pena de muerte. El “traidor a la patria” y su familia entera (incluidos bebés y ancianos) eran enviados a alguno de los trescientos campos de la muerte que había repartidos por todo el país, como Choeung Ek. Nadie sobrevivía. Los asesinaban de noche junto a fosas comunes, con los ojos vendados y a golpes, para ahorrar munición. Estampaban a los bebés contra un árbol frente a sus madres. Ponían música del régimen a todo volumen para ahogar los gritos. Veinte mil personas murieron en Choeung Ek antes de que fuera liberado por los vietnamitas. Hoy sus calaveras están expuestas en una estupa conmemorativa (en la imagen) para que nadie olvide.

No se sabe cuantas personas murieron en los tres años, ocho meses y veinte días que duró el horror. Se estiman entre dos y tres millones: una cuarta parte de la población de Camboya.

Pero, ¿cómo fue posible? ¿Hacia dónde miraba el mundo hace cuarenta años? ¿Por qué nadie hizo nada mientras millones de inocentes eran torturados y exterminados? Porque no interesaba. Porque políticamente no convenía. Y, aún peor: el genocidio fue minimizado por occidente. De hecho, los Khmers rouges salieron impunes de sus crímenes. Y Pol Pot murió plácidamente a los 73 años, en su cama, por causas naturales.

 

Día 100: Angkor, Camboya

© 2014 Miss Fogg

Hoy, coincidiendo con el día número 100 desde que comenzó la aventura, toca despedirnos de Angkor.

Lo mejor: los pequeños gestos. Un chico nos ha pedido que le hagamos una foto con su propia polaroid. Como agradecimiento, nos ha regalado una nuestra. Bonito e inesperado recuerdo.

Lo peor: la ausencia de cuchillos en los restaurantes del sudeste asiático. Cuando pedimos uno nos traen una cuchara. Y con eso ya te apañas.

La foto: vista aérea de Angkor Wat. El 88% de lluvias cae durante el monzón, provocando fuertes inundaciones, mientras el resto del año hay sequía. Para proteger los fundamentos del templo, mantenerlo estable y evitar que acabara hundiéndose a causa del clima, los ingenieros del siglo XII idearon Angkor Wat como un barco flotando sobre un océano de agua subterránea. La parte visible del lago que rodea el templo tiene un perímetro de cinco kilómetros y una anchura de doscientos metros. Las dimensiones de este lugar son una locura. Cosas de la megalomanía.

 

Día 99: Angkor, Camboya

© 2014 Miss Fogg

Seguimos en Angkor. Esto es inabarcable!

Lo mejor: el templo Ta Prohm. A algunos les sonará porque aparece en la película Tomb Raider, pero en cualquier caso es el más famoso de entre los templos ‘no rescatados de la selva’. Este laberinto lleno de caminos obstruidos, pasadizos escondidos y árboles gigantes es uno de esos lugares en los que cualquier niño (y más de un adulto) nos gustaría perdernos. Pero hemos visto algunos trabajos de restauración en marcha; esperemos que no lo estropeen.

Lo peor: ciertas restauraciones poco afortunadas que se ven en algunos templos. Incluso en Angkor Wat las ha habido. En los años ochenta a algún genio se le ocurrió rellenar grietas con cemento, lo cual causó en poco tiempo más daños que el desgaste sufrido durante siglos.

La foto: Bayon, ‘el templo de las mil caras’. El corazón de Angkor Thom es único en el mundo y la segunda joya del parque. Aunque en realidad solo hay 216 caras, el efecto impresiona. Talladas en 54 torres mirando hacia los cuatro puntos cardinales, cada una tiene una expresión diferente a pesar de que todas tienen los rasgos del rey Jayavarman VII y todas nos sonríen de forma enigmática.

 

Día 98: Angkor, Camboya

© 2014 Miss Fogg

Segundo día entre ruinas. Podríamos estar semanas caminando y cada día descubriríamos algo nuevo y fascinante.

Lo mejor: ver Angkor Wat desde el cielo. Con un globo atado a una cuerda hemos subido doscientos metros para ver el templo al atardecer.

Lo peor: las hordas de turistas asiáticos. Son muchos, se mueven en manada, emiten sonidos fuertes para comunicarse y les encanta pasear entre una cámara y su objetivo.

La foto: templo Ta Som. Los templos más abandonados y menos restaurados son mis favoritos. Aquellos en los que la selva devora la piedra y se funden en uno solo. Y tener la extraña sensación de estar viendo qué pasaría si el ser humano desapareciera de la faz de la Tierra.

 

Día 97: Angkor, Camboya

 

© 2014 Miss Fogg

Primer día en Camboya. Comenzamos a explorar las ruinas de Angkor en bicicleta. Angkor fue la capital del antiguo imperio Khmer, y sus 400 km2 llegaron a albergar un millón de habitantes en el siglo XII. La ciudad y sus casi mil templos fueron abandonados a merced de la jungla tras ser saqueados por los siameses en 1594.

Lo mejor: el templo Preah Khan. Al no ser tan famoso como otros templos del complejo no ha sido tan restaurado ni recibe tantos visitantes. La jungla reclama sus ruinas, y entre sus cientos de rincones secretos crecen árboles cuyas raíces destruyen techos y estrangulan paredes.

Lo peor: niños vendiendo souvenirs o mendigando. En Laos ni un solo niño nos pidió dinero, por muy pobre que fuera. Llevamos un día en Camboya y ya se han acercado a nosotros decenas de ellos. Esperamos que fuera de Angkor la situación se calme un poco.

La foto: Angkor Wat, joya de la corona y corazón del imperio Khmer. Es la mayor estructura religiosa jamás construida en el mundo y uno de los tesoros arqueológicos más importantes que existen. Este templo dedicado al dios hindú Vishnu fue erigido por el rey Suryavarman II en apenas 37 años. Fue creado para ser el cielo en la tierra y albergar las cenizas del monarca para, así, poder convertirse en un dios viviente.