Bolivia

Día 256: Reserva Eduardo Avaroa, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Seguimos recorriendo la reserva, que no solo cuenta con una fauna única sino también con unos paisajes espectaculares: desiertos de colores, volcanes activos, lagunas saladas, fuentes termales, géiseres humeantes…

Lo mejor: darnos un baño en una fuente termal durante el amanecer. El frío de primera hora es terrible pero el agua tenía la temperatura perfecta, siempre que asomaran las mínimas partes del cuerpo fuera de ella.

Lo peor: la laguna verde. A los pies del volcán Licancabur, esta laguna tiene un color verde esmeralda irreal gracias a su alto contenido en minerales. Pero… solo es verde cuando hay viento. Cuando no lo hay, como era el caso hoy, no hay nada que remueva los minerales y se convierte en una laguna normal y corriente. Y ni siquiera hay flamencos como en las otras, porque es tóxica.

La foto: amanecer en el Sol de Mañana, una área desértica con una fuerte actividad volcánica. Desde la fuente termal hemos podido ver cómo los primeros rayos de luz del día se colaban entre los vapores de géiseres y fumarolas.

 

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Día 255: Reserva Eduardo Avaroa, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Dejamos atrás el salar de Uyuni y nos adentramos en la reserva nacional de fauna andina Eduardo Avaroa. Es una zona protegida escondida en la cordillera de los Andes, cerca de la frontera chilena.

Lo mejor: avistar animales del desierto. Hace unos días disfrutábamos de la fauna amazónica, y hoy hemos podido ver algunas de las especies que han conseguido adaptarse a las condiciones extremas de esta región. Nos hemos cruzado con vicuñas, llamas, zorros, vizcachas y con tres especies de flamenco. No ha habido suerte con el puma.

Lo peor: el frío glacial por las noches. Durante el día se está bien, pero cuando el sol se esconde las temperaturas caen en picado, por debajo de los cero grados.

La foto: reflejos y flamencos en la laguna Hedionda. Hoy también hemos visitado las lagunas Cañapa, Honda y Colorada. Esta última se vuelve roja con el viento debido a los sedimentos y pigmentos de algas, y es famosa por ser un lugar de cría de flamencos, que buscan a miles los minerales que hay en sus aguas. Sin embargo, no se han acercado tanto a nosotros como en la laguna Hedionda.

 

Día 254: Salar de Uyuni, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Seguimos disfrutando de uno de los paisajes más impresionantes del mundo. Es curioso cómo funciona el cerebro humano, cómo intenta buscar similitudes con paisajes que le son familiares. Para nosotros la sensación es la de estar en la nieve así que, de vez en cuando, tenemos que recordarle que a pesar del color y de la textura esto nada tiene que ver con ella.

Lo mejor: dormir en un hotel de sal. Nos ha parecido una experiencia curiosa, pues todo está construido a base de sal: las paredes, el suelo, las mesas, los bancos, las camas…

Lo peor: las mentiras. En Bolivia nos han mentido de forma reiterada. Y lo más triste es que olvidan sus propias mentiras, así que resulta muy fácil descubrirles. Cuando eso sucede, no saben como reaccionar y la escena suele ser bastante patética: a veces se esconden detrás de un objeto (de un libro, por ejemplo), otras veces llaman a alguien que pase por allá, lo ponen delante nuestro mientras escapan, o también se quedan mirando fijamente el suelo sin responder, esperando a que nos cansemos y nos vayamos.

La foto: puesta de sol en el salar. Durante la temporada seca, la superficie se endurece y las partículas de sal aglomeradas forman millones de polígonos. Me encanta pisar las líneas y escuchar el crujido.

Día 253: Salar de Uyuni, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

El salar de Uyuni es el desierto de sal más grande del mundo. Hace cuarenta mil años aquí había un gran lago llamado Minchin, que se fue secando hasta dejar un desierto con diez mil millones de toneladas de sal.

Lo mejor: recorrer la isla Incahuasi (“Casa del Inca” en quechua). Este trozo de tierra escarpado se encuentra en medio del salar, y se convierte en isla cuando este se inunda. La isla está llena de cactus gigantes centenarios que llegan a medir más de diez metros de altura.

Lo peor: por una vez, hemos lamentado no estar en temporada de lluvias. Durante el verano austral, especialmente en los meses de enero y febrero, el salar se convierte en un espejo gigantesco. El agua cubre ligeramente el desierto dando lugar a unos reflejos del cielo espectaculares.

La foto: después de mucho buscar, hemos encontrado una de las pocas zonas que han permanecido inundadas meses después de la temporada de lluvias. Pero el cielo estaba tan despejado que no hemos podido jugar con el reflejo de las nubes.

 

Día 252: Carretera de la Muerte, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Hoy nos hemos animado a descender en bicicleta la carretera más peligrosa del mundo. El camino a los Yungas, conocido mundialmente como Carretera de la Muerte, fue construido por prisioneros de guerra paraguayos en los años trenta. Con a penas cuatro metros y medio de ancho, curvas sin guardarraíles extramadamente cerradas y precipicios de centenares de metros, cuenta con uno de los balances de víctimas mas altos del mundo. Las claves para atrevernos: un buen guía, un grupo muy reducido, un poco de valentía y mucha prudencia.

Lo mejor: los paisajes. A cada curva eran más espectaculares, con cañones, barrancos y cascadas en medio de la carretera.

Lo peor: la bicicleta. Escogimos la normal en lugar de la de doble suspensión. Gran error: después de más de tres horas, llegamos abajo con los brazos temblando por el esfuerzo de mantener la bicicleta estable para compensar la tremenda vibración del manillar. Recordemos que la carretera no está asfaltada, y está llena de piedras, baches, grava, barro y ríos cruzando el camino.

La foto: la Curva del Diablo, uno de los tramos más peligrosos. A pesar del frío y de la niebla (la carretera empieza a más de 4.000 metros de altitud) hemos podido disfrutar de las fantásticas vistas durante los 64 km de descenso. De hecho, la niebla le ha dado un toque más emocionante a la aventura, y la adrenalina se ha encargado de mitigar el frío.

Día 251: Amazonia, Bolivia

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Crónicas amazónicas. Capítulo séptimo. El libro de la selva.

Aprendemos a caminar en silencio y a escuchar, a diferenciar el ruido de un ave del de un mamífero o de los árboles, a identificar la liana uña de gato y extraer su agua purificada, a buscar el nutritivo palmito de la palmera, a encontrar el árbol centenario adecuado junto al que pasar la noche, a hacer ruido si queremos ser encontrados, a distinguir plantas y cortezas medicinales, a repeler los insectos con el humo de un termitero, a identificar las lianas más resistentes y a diferenciar los tipos de árbol: la madera ligera que flota, el pegamento natural o el hogar de las hormigas de fuego. Porque la selva es un lugar brutal y salvaje donde impera la ley del más fuerte. Y para los que no lo somos, nuestra única opción es ser más listos que ella para poder sobrevivir.

 

Día 250: Amazonia, Bolivia

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Crónicas amazónicas. Capítulo sexto. Cuando ruge la marabunta.

Hoy he pisado una tarántula mientras me duchaba. Por suerte no era muy grande y llevaba mis chanclas. La selva es un lugar hostil pero no podemos estar más a gusto. Rosa cocina de maravilla y las cuatro chicas con las que compartimos el campamento son extremadamente divertidas. Cuando no caminamos por la jungla comemos y nos reímos con ellas durante horas. Al caer la noche salimos en busca del jaguar. Vemos ranas, mariposas y tarántulas pero somos atacados por una marabunta implacable de hormigas. Aunque muerden, afortunadamente no son rojas. Descubrimos huellas de tapir y de ocelote, pero buscamos algo mayor. Y aparecen: unas huellas grandes y precisas. Son frescas, así que el jaguar no puede andar lejos. A cierta distancia nos distraen unos ojos de caimán, y no nos damos cuenta de que una serpiente se acerca. Por suerte una de las chicas la ve: es una yoperojobobo, extremadamente venenosa. Reculamos despacio pero nos atacan las avispas nocturnas. Una me pica en el cuello. Esto está resultando peligroso, así que toca regresar a salvo bajo nuestras mosquiteras. Hoy no será el día en que veremos a un jaguar salvaje.

 

Día 249: Amazonia, Bolivia

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Crónicas amazónicas. Capítulo quinto. Río bravo.

Con las nubes descargadas, ha llegado el momento de ir a la selva. Un pequeño bote nos recoge junto a otras cuatro chicas: una estadounidense (Alexa) y tres indocanadiendes (Celine, Jasmeet y Ananya). Nos acompañan Zenón, nuestro guía, y Rosa, nuestra cocinera, con su hijo. Remontamos los caudalosos y agitados ríos Beni y Tuichi a contracorriente durante tres horas, y alcanzamos a ver aves, tortugas, caimanes tomando el sol en la orilla e incluso un oso perezoso. El campamento en medio de la jungla del parque nacional Madidi es muy básico y está totalmente incomunicado. El bote nos deja y nos recogerá dentro de dos días. Después de comer salimos a explorar la jungla durante horas. Poco tiene que ver con las pampas. Aquí cuesta ver animales, están escondidos y hay que rastrearlos: seguir sus huellas, buscar su olor, escuchar sus ruidos, imitar sus sonidos… Nos abrimos camino a través de plantas, helechos y lianas a golpe de machete. Zenón es bueno y conseguimos ver tucanes, monos, tairas y una manada de más de cien chanchos de tropa.

 

Día 248: Amazonia, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Crónicas amazónicas. Capítulo cuarto. Y también la lluvia.

De madrugada me despiertan ruidos fuertes fuera de la cabaña. Salgo del amparo de mi mosquitera con la linterna, enfoco las aguas que nos rodean y varios pares de ojos aparecen en la oscuridad. Están cazando. De pronto se pone a diluviar, la tormenta es tan fuerte que parece que la cabaña no vaya a aguantar. Espero que si, porque no queremos quedarnos sin techo con tanto caimán fuera. La cabaña resiste aunque la lluvia no cesa. Por la mañana salimos a buscar capibaras pero la lluvia es tan fuerte que no tardamos en regresar. El caimán de cinco metros vuelve a estar en el campamento, así que tenemos distracción mientras diluvia. Después de comer emprendemos el camino de vuelta a Rurrenabaque. Por fin ha dejado de llover, y aún podemos disfrutar de un grupo de delfines juguetones antes de llegar a tierra firme. El camino de regreso al pueblo se hace largo, pero desde el jeep alcanzamos a ver una familia de capibaras. Llegamos agotados pero eufóricos.

 

Día 247: Amazonia, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Crónicas amazónicas. Capítulo tercero. Los ríos de color púrpura. 

Salimos al río aún de noche para escuchar el ruido ensordecedor de la selva. Buscamos un lugar despejado para poder presenciar el amanecer. El agua se tiñe de rojo mientras el cielo cambia a tonalidades anaranjadas. Después seguimos en busca de pirañas. Escudriñamos en zonas apartadas poco profundas, y las encontramos rojas, blancas y amarillas. Hoy vemos más pájaros preciosos e incluso al escurridizo oso perezoso, escondido entre las ramas más altas de un árbol. El día termina como ha comenzado, con el cielo y el río de fuego. Ya de noche nos adentramos en los canales secundarios en busca de caimanes. Cientos de ojos rojos (de los caimanes pequeños) y amarillos (de los grandes) nos acechan, amparados por la oscuridad más absoluta, sin ser conscientes de lo mucho que brillan a la luz de nuestra linterna.

Día 246: Amazonia, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Crónicas amazónicas. Capítulo segundo. Bailando con lobos.

Por la mañana descubrimos un caimán de cinco metros en nuestro campamento. Es tan bonito que nos cuesta apartar la mirada de él. Después de una hora consiguen separarnos y salimos a los pantanales en busca de anacondas. Cuesta caminar y, en ocasiones, el agua nos llega por los muslos. Finalmente acabamos encontrando una pequeña anaconda de dos metros. Es preciosa, y el color de su piel y el movimiento de su cuerpo resultan hipnóticos. La seguimos y nos demuestra lo rápida que es cuando quiere. De vuelta topamos con una manada de delfines rosas juguetones. Sin pensarlo demasiado, saltamos a bailar con ellos. Resulta aterrador notar como algo te mordisquea los pies, con caimanes, serpientes y pirañas en las proximidades. El agua es turbia y hasta que no aparece la cola rosada fuera del agua no estás seguro de que sea un delfín. Busca nuestras caricias, y su piel es muy suave.

 

Día 245: Amazonia, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Crónicas amazónicas. Capítulo primero. Un viaje inesperado.

Rurrenabaque es nuestro punto de partida, un pequeño pueblo tropical más asiático que boliviano, lleno de niñas pequeñas saludando alegremente en todas las esquinas. Teníamos previsto ir hoy a la selva pero está lloviendo, así que cambiamos de rumbo y emprendemos el viaje hacia las pampas del río amazónico Yacuma. Entramos en una de las zonas con mayor biodiversidad del planeta y la fauna es abrumadora, desbordante. Desde el bote no sabemos dónde mirar: pájaros gigantes (garzas, cigüeñas, aves del paraíso, águilas, tucanes, guacamayos, loros…), tortugas tomando el sol, iguanas asustadizas, caimanes blancos y negros en las aguas poco profundas, delfines rosados siguiéndonos y manadas de monos (capuchino carablanca, ardilla amarillo, aullador rojo…). Hasta que llega la noche, e insectos y murciélagos se convierten en los dueños absolutos del lugar.

 

Día 244: La Paz, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Último día en La Paz antes de adentrarnos en la selva amazónica.

Lo mejor: los precios. Aquí todo es tan barato que podemos permitirnos de forma más frecuente ciertos caprichos y pequeños lujos.

Lo peor: tener que renunciar a descender en bicicleta la Carretera de la Muerte, “la carretera mas peligrosa del mundo”. Son 64 kilómetros de fuerte descenso a través de un camino estrecho de tierra y piedras lleno de curvas sin guardarraíles y de precipicios. Hasta 2006 morían más de cien personas al año, pero entonces construyeron una vía alternativa para los coches y la carretera antigua dejó de usarse, volviéndose mucho más segura para el descenso en bicicleta. Pero hace dos días cerraron la nueva vía por mantenimiento, así que la carretera antigua ha vuelto a los niveles de inseguridad previos al 2006. Ayer mismo cayó el primer autobús por uno de los barrancos, cobrándose varias vidas.

La foto: Bolivia es el país con mayor porcentaje de población indígena de Sudamérica. Del 62% que se estima sobre el total de la población, la mitad son quechuas y el 40% son aymaras. Sin embargo, no fue hasta el año 2006 cuando el primer hombre de origen indígena fue elegido presidente del estado. Evo Morales es un gobernante querido por el pueblo que cumple actualmente con su tercer mandato.

 

Día 243: La Paz, Bolivia

© 2015 Miss Fogg

Una vez asumido que La Paz es como muchas otras ciudades grandes y que simplemente necesitamos implementar las precauciones habituales, comenzamos a vivirla y a disfrutarla sin temor.

Lo mejor: pasear por la pequeña calle Jaen. Es sin duda una de las calles más bonitas y tranquilas de la ciudad, con sus casitas coloniales de colores perfectamente conservadas.

Lo peor: el Mercado de las Brujas. A muchos les puede parecer exótico, o místico, o cualquier otra tontería. Pero en realidad es grotesco: sus tiendas exhiben orgullosas decenas de fetos de llama disecados. Los amontonan o cuelgan de cuerdas en distintos estados de gestación. Me cuesta mucho creer que todos sean producto de abortos naturales, tal y como afirman las vendedoras. ¿Y por qué los venden? Por motivos supersticiosos: la gente cree que conseguirá buena suerte enterrándolos o quemándolos. Muy lógico.

La foto: plaza Murillo, frente a la catedral. Es la plaza principal de la ciudad y se nota. Se respira muy buen ambiente y hay gente a todas horas: niños dando de comer a las palomas, señoras vendiendo su mercancía, ejecutivos tomando un descanso, grupos de jóvenes riendo… y un par de catalanes haciendo fotos.