Marruecos

Día 345: Fez, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Ha llegado el día. El último día. Último día en Marruecos. Último día en África. Último día del viaje de nuestras vidas. Sabíamos que llegaría pero no tan pronto, no tan rápido. Porque aunque hemos visto tanto, sigue habiendo tanto por ver. Aunque hemos conocido tantos países, sigue habiendo tantos por conocer. Y aunque hemos vivido tanto, sigue habiendo tanto por vivir. Nuestras mentes ya imaginan una segunda vuelta al mundo, incluso una tercera. Quizás así nos resulta más sencillo asimilar la vuelta, quizá nos engañamos pensando que la aventura no ha terminado. Porque cuando viajamos es cuando somos nosotros mismos, cuando somos felices, cuando somos libres.

La última foto: este anciano descansa en su tienda de artesanía. Sus hijos y nietos lo veneran. Ahora les toca a ellos tirar adelante el negocio familiar. ‘Merecido descanso’, parecen decir los ojos de todos.

Anuncios

Día 344: Fez, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Habíamos leído que pasear por la medina de Fez era como retroceder en el tiempo, y es cierto. Poco parecen haber cambiado sus calles, sus bazares y la forma de vida de sus habitantes en los últimos siglos. Hasta que llegas a la zona donde se amontonan los turistas como ovejitas indefensas y te das cuenta de cuán perjudiciales resultan.

La foto: curtidurías de Derb Chouwara. Estas tenerías medievales en las que se trabajan las pieles bereberes son las más importantes del norte de África. En estas poceras se curten y tiñen las pieles de dromedario y cabra (consideradas de mayor calidad) y las de vaca y oveja (menos valoradas por los artesanos marroquíes). Para curtirlas se sumergen en una mezcla de agua, orina de vaca y excremento de paloma, lo que produce un olor terrible.

Lo peor: el acoso de los caza-turistas. Para llegar a las azoteas desde las cuales divisar las curtidurías hay que cruzar tiendas de pieles. Por cada guiri que un caza-turista consigue llevar a una tienda, este recibe cinco dirham (cincuenta céntimos de euro). El resultado: cuando paseas cerca de la zona cero estas garrapatas te atosigarán sin piedad y harán lo imposible para marcarse el tanto, como si fueras una pelota de baloncesto.

Lo mejor: la buena gente y el fuerte sentimiento de “comunidad”. No son tan ruidosos ni evidentes como los caza-turistas, pero sin duda son mayoría. Algunos ejemplos. Un chico ha pasado frente a nuestra cámara y se ha puesto como una furia; enseguida ha aparecido un hombre para calmarlo y apartarlo de nosotros. Hemos ayudado a ancianos y niños en diferentes ocasiones; al no recibir respuesta, a cada vez ha aparecido una tercera persona para darnos las gracias. Queríamos fotografiar una mezquita pero unos hombres se han opuesto; un tercero ha intervenido para decirles que no hacíamos ningún daño haciéndolo. Unos niñatos nos han insultado de forma totalmente gratuita; un hombre joven muy ofendido nos ha pedido disculpas por ello. Y, así, una y otra vez.

 

Día 343: Fez, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Fez es otra de las ciudades imperiales de Marruecos, así como su centro religioso y cultural. Su impresionante medina es una de las zonas peatonales y emplazamientos medievales más grandes del mundo.

Lo mejor: perdernos, literalmente, por la medina. No hemos ido a ver las mezquitas, ni los palacios, ni los museos. Hemos caminado mucho, nos hemos adentrado en centenares de retorcidos callejones, retrocedido cuando no podíamos seguir (hay más de mil callejones sin salida), jugado con niños y gatitos, descubierto mercados de fruta y verdura, esquivado a los grupos de turistas (todos con guía) y sorprendido al darnos cuenta de que al final del día habíamos conocido una parte minúscula del casco antiguo.

Lo peor: el exceso de gatos callejeros. En Marruecos no hemos visto prácticamente a ningún perro, pero sí centenares de gatos vagabundos. Y es que a los marroquíes les gustan estos felinos. Por su asociación a Mahoma, porque para el Islam son animales puros, porque son limpios y porque mantienen las ratas a ralla. Los gatos no son de nadie; son de todos y la gente los cuida y les deja comida. Pero a muchos de ellos se les ve en mal estado, y eso nos da mucha pena.

La foto: mujer esperando a su marido frente a un agujero de la muralla. En realidad, contrariamente a lo que parece en la imagen, tanto las fabulosas puertas como los muros que rodean la ciudad antigua están sorprendentemente bien conservados.

Día 342: Fez, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Llegamos cansados a Fez. Los buses marroquíes no son tan cómodos como los sudamericanos, así que no hemos dormido demasiado esta noche.

Lo mejor: el precio de los taxis. Aquí están obligados a utilizar el taxímetro, así que pagamos lo mismo que cualquier local. Y la tarifa ha resultado ser ridícula: quince minutos de trayecto cuestan menos de diez dírham (un euro).

Lo peor: deambular por la medina, un complejísimo y gigantesco labertino, en busca de un riad sobre el que teníamos referencias. Era muy temprano por lo que a penas había gente en la calle, pero algunos en vez de ayudarnos solo insistían en llevarnos a sus propios hoteles. Agotados por las mochilas, en algún momento hemos tomado la decisión de quedarnos en el próximo que viéramos, pero entonces no aparecía ninguno. Es curioso, pues el último alojamiento del viaje ha resultado ser el más difícil de encontrar.

La foto: vistas sobre Fez. Subir a una de las montañas colindantes es la mejor forma de comprender la magnitud de Fez y de hacerse una idea de lo complicado que resulta el entramado de callejones de la medina.

Día 341: Marrakech, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Último día en Marrakech. Esta noche tomaremos un bus nocturno que nos llevará hasta la última parada en este viaje: Fez.

Lo mejor: recorrer los bazares laberínticos e infinitos que rodean Djemaa El Fna. Marrakech posee el mercadillo más grande del país; puedes estar horas recorriéndolo, saltando de un zoco a otro sin darte cuenta, perderte mil veces, ver algo que te gusta y no volver a verlo jamás, encontrar de todo y de nada al mismo tiempo.

Lo peor: el acoso de los vendedores. Si miras algo (aunque sea de reojo), si estableces contacto visual (aunque sea sin querer), si señalas algo (aunque sea con la cabeza), si desaceleras el paso (aunque sea para atarte los cordones del zapato)… has begut oli (estás perdido). Se tirarán encima tuyo cual hienas sobre gacela herida.

La foto: tienda de frutos secos en uno de los zocos. Aunque no lo parezca, el vendedor llega desde su reducido espacio de trabajo a cualquiera de sus mercancías. De hecho lo comprobamos: pedimos unas nueces y el buen hombre sacó un palo largo con el que cogió un puñado de ellas.

Día 340: Marrakech, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Marrakech está resultando ser extremadamente agotador.

Lo mejor: alejarnos de las zonas más frecuentadas por turistas. Ha sido la única manera de poder respirar y hacer algunas fotografías sin que se nos tiren a la yugular.

Lo peor: que intenten constantemente decirnos por dónde debemos ir. Muchos hombres (siempre son hombres) tienen interés en que los turistas vayan a determinados lugares. Así que cuando nos salimos del circuito insisten en que la calle hacia la que vamos está cerrada, o que está prohibido que vayamos por ahí, o que les sigamos porque muy cerca siempre hay algo muy interesante.

La foto: Djemaa El Fna, una de las plazas más concurridas del mundo. Este lugar es una locura, puedes encontrar de todo: vendedores ambulantes, músicos y bailarines, tatuadoras de henna, repartidores de agua, monos encadenados con vestidos rosas, cobras y todo tipo de serpientes, halcones atados a cuerdas, jaulas con camaleones, iguanas y tortugas, acróbatas y cuenta-cuentos, combates de boxeo, señores que se pasean con un minigolf portátil, una báscula o un espejo, tarotistas y videntes, puestos de comida, puestos de zumo de naranja… La lista es infinita, y no estoy exagerando.

Día 339: Marrakech, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Por primera vez desde que emprendimos este viaje me ha sido de utilidad hablar francés. Y es que se trata de uno de los idiomas oficiales del país, fruto del período colonial. Prácticamente todo el mundo lo habla, lo cual facilita muchísimo la comunicación.

Lo mejor: descubrir dónde se encuentra la mejor comida. Suelen venderla en pequeños puestos callejeros escondidos, populares entre los locales, regentados por gente honesta y poco atractivos para los turistas. Son muchísimo más baratos que cualquier lugar frecuentado por guiris y su comida resulta infinitamente más sabrosa.

Lo peor: ser sorprendidos por una tormenta de arena. Estábamos en la plaza cuando de pronto ha comenzado a soplar un viento muy fuerte. Los objetos salían volando, la arena se colaba en los ojos y la boca y la gente corría asustada. Nos hemos refugiado en un bazar cuando han estallado los truenos y ha comenzado a diluviar. Un comerciante nos ha obligado a refugiarnos en su tienda de babuchas, justo a tiempo para no quedar empapados o que no nos golpeara alguno de los objetos que salían volando.

La foto: a pesar de los esfuerzos de la profesora, esta niña parece muy poco interesada en la clase de Corán. Los niños del fondo trafican con caramelos, las niñas de detrás susurran sin cesar y mientras, ella, permanece pensativa ajena a nosotros y al resto del mundo.

Día 338: Marrakech, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Marrakech, fundada en 1062 por nómadas bereberes, fue la capital del Imperio Islámico. Es una de las cuatro ciudades imperiales y el lugar más visitado de Marruecos.

Lo mejor: alojarnos en un precioso riad. Estos pequeños palacios son residencias tradicionales situadas en las medinas de Marruecos. Escondidas tras fachadas toscas (en la cultura árabe la belleza se guarda de puertas para adentro), al cruzar la puerta aparece un gran patio, luminoso y fresco, con un jardín, una piscina o una fuente. La decoración de la habitación nos transportaba a los cuentos de Las mil y una noches, con sus cortinas rojas, sus puertas de madera tallada, sus marcos redondeados, sus grabados y dibujos árabes y sus lámparas de colores.

Lo peor: intentar tomar fotos. En ningún lugar del mundo nos ha pasado algo similar. Al hacer un retrato aparece siempre una tercera persona gritándonos para que escondamos la cámara. Si fotografiamos una calle, la gente que pasa por allí se tapa bruscamente la cara. Si por casualidad alguien se cruza frente a nuestro objetivo, puede ponerse violento e intentar obligarnos a borrar la foto.

La foto: hombre paseando por uno de los callejones de la medina, el barrio histórico y el antiguo núcleo principal de las ciudades árabes. Deambulando sin rumbo hemos ido topando con varias mezquitas, la famosa Madraza (escuela), un par de palacios y el zoco.

Día 337: Casablanca, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Casablanca es la ciudad más grande de Marruecos, así como su principal centro económico y financiero. Se hizo muy popular a partir de 1942 a raíz de la película homónima protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.

Lo mejor: la red de transporte público. Hemos utilizado el tren, el tranvía y el bus, y todos ellos han resultado ser cómodos y baratos.

Lo peor: el calor. Estamos a más de cuarenta grados. El aire quema, como si un dragón nos soplara constantemente en la cara. Es insoportable.

La foto: esta chica confecciona chilabas para mujer en un pequeño taller. La jellaba es la túnica larga tradicional que llevan por la calle los marroquíes encima de la ropa de casa o de fiesta. Las prendas femeninas son más ajustadas y suelen llevar más bordados que las masculinas.

Día 336: Casablanca, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Nuevo país, nuevo continente. Aunque no teníamos pensado pasar por África, encontramos un vuelo barato de São Paulo a Barcelona con escala en Casablanca, y hemos decidido perder la conexión y terminar nuestro viaje en Marruecos.

Lo mejor: pasear por la medina antigua antes de que despierte la ciudad. No es ni tan famosa ni tan bonita como las de Marrakech y Fez, motivo por el cual no hay tantos turistas. Y eso siempre es bueno.

Lo peor: la suciedad. La basura se acumula en los rincones, atrayendo a gatos, moscas y otros insectos. Pero lo peor de todo es el olor.

La foto: mezquita Hassan II. Este templo musulmán moderno, inaugurado en 1993, es el más alto del mundo (su minarete mide doscientos metros) y el segundo más grande (después de la mezquita de La Meca). El rey Hassan II mandó construirla sobre el océano inspirado por el versículo del Corán “El trono de Alá se hallaba sobre el agua”.