Día 342: Fez, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Llegamos cansados a Fez. Los buses marroquíes no son tan cómodos como los sudamericanos, así que no hemos dormido demasiado esta noche.

Lo mejor: el precio de los taxis. Aquí están obligados a utilizar el taxímetro, así que pagamos lo mismo que cualquier local. Y la tarifa ha resultado ser ridícula: quince minutos de trayecto cuestan menos de diez dírham (un euro).

Lo peor: deambular por la medina, un complejísimo y gigantesco labertino, en busca de un riad sobre el que teníamos referencias. Era muy temprano por lo que a penas había gente en la calle, pero algunos en vez de ayudarnos solo insistían en llevarnos a sus propios hoteles. Agotados por las mochilas, en algún momento hemos tomado la decisión de quedarnos en el próximo que viéramos, pero entonces no aparecía ninguno. Es curioso, pues el último alojamiento del viaje ha resultado ser el más difícil de encontrar.

La foto: vistas sobre Fez. Subir a una de las montañas colindantes es la mejor forma de comprender la magnitud de Fez y de hacerse una idea de lo complicado que resulta el entramado de callejones de la medina.

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