Día 339: Marrakech, Marruecos

© 2015 Miss Fogg

Por primera vez desde que emprendimos este viaje me ha sido de utilidad hablar francés. Y es que se trata de uno de los idiomas oficiales del país, fruto del período colonial. Prácticamente todo el mundo lo habla, lo cual facilita muchísimo la comunicación.

Lo mejor: descubrir dónde se encuentra la mejor comida. Suelen venderla en pequeños puestos callejeros escondidos, populares entre los locales, regentados por gente honesta y poco atractivos para los turistas. Son muchísimo más baratos que cualquier lugar frecuentado por guiris y su comida resulta infinitamente más sabrosa.

Lo peor: ser sorprendidos por una tormenta de arena. Estábamos en la plaza cuando de pronto ha comenzado a soplar un viento muy fuerte. Los objetos salían volando, la arena se colaba en los ojos y la boca y la gente corría asustada. Nos hemos refugiado en un bazar cuando han estallado los truenos y ha comenzado a diluviar. Un comerciante nos ha obligado a refugiarnos en su tienda de babuchas, justo a tiempo para no quedar empapados o que no nos golpeara alguno de los objetos que salían volando.

La foto: a pesar de los esfuerzos de la profesora, esta niña parece muy poco interesada en la clase de Corán. Los niños del fondo trafican con caramelos, las niñas de detrás susurran sin cesar y mientras, ella, permanece pensativa ajena a nosotros y al resto del mundo.

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