Día 83: Luang Prabang, Laos

© 2014 Miss Fogg

Hoy, como cada mañana desde que estamos en Luang Prabang, nos hemos levantado antes del amanecer para asistir a la ceremonia de entrega de limosnas. El Tak Bat es una antigua y sagrada tradición budista que tiene especial relevancia en Luang Prabang.

La foto: amparados en la oscuridad, pequeños grupos de monjes salen de la treintena de templos que hay en la ciudad, ataviados en sus túnicas naranjas, descalzos y con un cesto colgado del hombro. En fila india y por orden de edad, dando pequeños pero rápidos pasos, recorren las calles de Luang Prabang mientras amanece, en un silencio sobrecogedor. A medida que avanzan, los pequeños grupos se van juntando hasta formar una larga hilera con centenares de monjes. Los habitantes del pueblo aguardan arrodillados en las aceras, solemnes, con un cesto de arroz entre las manos, listos para hacer su ofrenda diaria. Los monjes pasan veloces, abriendo el recipiente a cada vez para recibir un pequeño puñado de arroz -u otro alimento- de cada fiel. De vez en cuando, son niños muy pequeños los que esperan de rodillas, pero su cesto está vacío; entonces los monjes devuelven una pequeña parte de las ofrendas.

Lo peor: los turistas, una vez más. La belleza y el misticismo de esta tradición la han convertido en algo muy popular, tanto que en determinados tramos del recorrido parece un parque temático. Ante las continuas faltas de respeto de los guiris (hacer ruido, utilizar el flash, interponerse en el camino de los monjes, vestir inapropiadamente, intentar participar en la ceremonia sin conocerla, etc.), las autoridades han tenido que publicar unas normas de conducta. Y ni así han conseguido que los turistas se comporten.

Lo mejor: acompañar a los monjes durante todo el recorrido. Son muchos los tramos en los que el silencio aún es sepulcral y se puede sentir la solemnidad del ritual. Al finalizar la recolecta, los grupos se separan para regresar a sus respectivos templos. Uno de ellos se halla al otro lado del Mekong, así que los acompañamos hasta la orilla para ver cómo suben a sus frágiles canoas para poder cruzar el río, luchando contra la fuerte corriente, alcanzar la otra orilla y subir unas escaleras estrechas y empinadas hasta su monasterio.

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